El silencio dentro de la casa era insoportable.
Las dos hermanas seguían sonriendo exactamente igual.
Misma expresión.
Mismos ojos.
Misma inclinación de cabeza.
Los habitantes del pueblo comenzaron a retroceder lentamente.
Algunos hacían la señal de la cruz.
Otros evitaban mirar directamente a las gemelas.
Porque algo no estaba bien.
Algo profundamente humano… y monstruoso.
Gabriel observaba aterrado.
—Esto no puede estar pasando…
La señora Miriam levantó el rosario con manos temblorosas.
—Una de ustedes murió aquella noche.
Las dos hablaron al mismo tiempo:
—¿Y si no fue así?
Un murmullo de miedo recorrió la sala.
Valeria sintió un dolor insoportable en la cabeza.
Imágenes comenzaron a aparecer nuevamente.
El sótano.
Elena riendo.
Sangre sobre el piso.
Y una puerta.
Una pequeña puerta metálica escondida detrás de unas cajas.
Nunca había recordado eso antes.
Pero ahora sí.
Elena la abrió aquella noche.
Y había algo dentro.
Algo vivo.
Valeria cayó de rodillas sujetándose la cabeza.
Gabriel corrió hacia ella.
—¡¿Qué pasa?!
Ella comenzó a llorar.
—Había alguien más…
La falsa Valeria dejó de sonreír.
Por primera vez, algo parecido a rabia apareció en su rostro.
—No recuerdes eso.
La voz ya no sonaba humana.
Era más grave.
Más profunda.
Como varias voces hablando al mismo tiempo.
La señora Miriam palideció inmediatamente.
—Dios santo…
La otra Valeria avanzó lentamente.
—Debieron dejar las cosas enterradas.
Las luces explotaron.
Los vidrios de la casa comenzaron a vibrar violentamente.
Y entonces…
Todos escucharon golpes.
Desde abajo.
Desde el sótano.
BAM.
BAM.
BAM.
Como si algo estuviera intentando salir.
Varias personas gritaron aterradas.
Gabriel retrocedió.
—¿Qué demonios hay ahí abajo?
La señora Miriam comenzó a rezar desesperadamente.
—No… no… eso no…
Valeria levantó lentamente la mirada.
Y recordó finalmente la verdad.
La noche del accidente, Elena no estaba sola en el sótano.
Le hablaba a algo oculto detrás de aquella puerta metálica.
Algo que le susurraba cosas.
Algo que conocía su nombre.
—Ella decía que tenía un amigo… —murmuró Valeria.
La falsa sonrisa de la otra desapareció completamente.
Ahora parecía furiosa.
—CÁLLATE.
La voz hizo temblar toda la casa.
Los golpes en el sótano se hicieron más fuertes.
BAM.
BAM.
BAM.
La puerta metálica comenzó a abrirse lentamente por sí sola.
Y un olor horrible llenó la casa.
Humedad.
Tierra mojada.
Carne podrida.
Entonces todas las luces murieron.
Y desde la oscuridad del sótano…
Algo comenzó a subir las escaleras.