Los pasos subían lentamente desde el sótano.
Pesados.
Arrastrándose.
Como si aquello que venía hacia ellos hubiera estado enterrado durante años.
Nadie se movía.
Nadie respiraba.
El único sonido era el crujido de la madera bajo aquellas pisadas imposibles.
Gabriel tomó una pala que estaba junto a la chimenea.
—Si eso sube… no dejaré que toque a nadie.
La falsa Valeria sonrió de nuevo.
Pero ya no parecía humana.
Sus ojos eran completamente negros ahora.
Y su piel comenzaba a agrietarse alrededor de la boca.
—No puedes detenerlo.
BAM.
Otro golpe sacudió el sótano.
Entonces apareció una mano sobre la escalera.
Una mano gris.
Larga.
Con uñas negras y huesos deformes.
Varios habitantes comenzaron a gritar.
La señora Miriam cayó de rodillas rezando desesperadamente.
Y lentamente…
La criatura terminó de subir.
Valeria sintió que el alma se le congelaba.
Tenía forma humana… pero estaba torcida de manera antinatural.
Demasiado alta.
Demasiado delgada.
Su rostro parecía cubierto por piel estirada como una máscara mal puesta.
Y lo peor eran sus ojos.
No tenía pupilas.
Solo oscuridad.
La criatura giró lentamente la cabeza hacia las gemelas.
Y sonrió.
Exactamente igual que Elena.
—Mis niñas… —susurró con una voz húmeda y rota.
La falsa Valeria avanzó hacia ella.
Como una hija obediente.
—Me prometiste que volveríamos a estar juntas.
Gabriel miró horrorizado a Valeria.
—¿Qué es esa cosa?
Valeria apenas podía hablar.
Los recuerdos seguían regresando.
Ahora lo veía claramente.
Cuando eran niñas, Elena bajaba todas las noches al sótano.
Le llevaba comida.
Animales muertos.
A veces… sangre.
Y siempre hablaba con alguien detrás de la puerta metálica.
Un día Valeria la siguió.
Y vio aquellos ojos observándola desde la oscuridad.
La criatura sonrió mostrando dientes demasiado largos.
—La pequeña Elena sí me escuchaba…
La voz parecía entrar directamente en sus cabezas.
La señora Miriam comenzó a llorar.
—Tu abuelo encontró esa cosa debajo de la casa hace décadas…
Todos la miraron.
La anciana temblaba.
—Había una mina abandonada bajo el pueblo… y allí descubrieron algo enterrado… algo antiguo.
La criatura soltó una risa horrible.
—Me dejaron solo mucho tiempo.
Entonces miró directamente a Valeria.
—Pero tú… tú intentaste matarla.
Valeria retrocedió aterrada.
—Ella quería hacerme daño…
La criatura inclinó la cabeza.
—Porque Elena me pertenecía.
La falsa Valeria comenzó a reír suavemente.
Y su cuerpo empezó a deformarse.
La piel de su rostro se abrió lentamente.
Como si hubiera otra cosa debajo intentando salir.
Gabriel levantó la pala.
—¡Aléjate de ella!
Pero la criatura apenas lo miró.
Y Gabriel salió despedido contra la pared con una fuerza brutal.
Valeria gritó.
Los habitantes comenzaron a correr desesperados hacia la salida.
Entonces las puertas de la casa se cerraron solas.
Todas.
Las ventanas explotaron.
Y la criatura sonrió ampliamente.
—Nadie se irá esta noche.