El pozo rugía.
La oscuridad se retorcía alrededor de Elena mientras era arrastrada lentamente hacia las profundidades.
La criatura gritaba.
No de dolor.
De miedo.
Por primera vez desde que había despertado bajo el pueblo.
Tenía miedo.
Valeria intentó avanzar.
Intentó alcanzarla.
Pero el círculo ardía con una luz tan intensa que nadie podía cruzarlo.
—¡ELENA!
Su hermana abrió los ojos una última vez.
Y sonrió.
No era la sonrisa cruel de los últimos años.
No era la sonrisa perturbadora que aterrorizaba a todos.
Era la sonrisa de la niña que compartía cuentos con ella bajo las sábanas durante las tormentas.
La niña que una vez la tomó de la mano el primer día de escuela.
La niña que existió antes de que la oscuridad la encontrara.
—Te quiero, hermana...
Valeria sintió que el corazón se le partía.
—Yo también te quiero...
La criatura rugió dentro de Elena.
Sombras negras comenzaron a salir de su cuerpo como humo.
El sello brilló aún más.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Miles de luces pequeñas comenzaron a elevarse desde el pozo.
Como luciérnagas.
Como estrellas.
Las almas de las personas desaparecidas.
Los rostros atrapados durante años comenzaron a aparecer alrededor del círculo.
Sonreían.
Libres al fin.
La señora Miriam cayó de rodillas llorando.
—Los está soltando...
La oscuridad seguía siendo arrastrada hacia el abismo.
Cada vez más rápido.
Cada vez más fuerte.
Y la casa comenzó a derrumbarse.
Vigas cayendo.
Paredes rompiéndose.
El fin estaba cerca.
Gabriel tomó a Valeria.
—¡Tenemos que salir!
Ella negó desesperadamente.
—¡No sin Elena!
Pero Elena ya sabía que no había vuelta atrás.
—Escúchame...
Valeria la miró entre lágrimas.
—Cuando todo termine... vive.
—No...
—Vive por las dos.
La criatura lanzó un último rugido.
Un sonido tan terrible que pareció atravesar el cielo mismo.
Entonces el sello terminó de cerrarse.
La luz explotó.
El pozo colapsó.
Y Elena desapareció junto con la oscuridad.
Para siempre.
Un silencio absoluto llenó el sótano.
Valeria quedó inmóvil.
Incapaz de aceptar lo ocurrido.
Gabriel prácticamente tuvo que arrastrarla hacia las escaleras.
Detrás de ellos, la casa comenzaba a hundirse sobre sí misma.
Corrieron.
Subieron.
Atravesaron los pasillos agrietados.
Y salieron justo cuando la vieja mansión se derrumbó en medio de una nube de polvo y cenizas.
Todo había terminado.
O al menos...
Eso parecía.
Porque mientras Valeria observaba las ruinas bajo la luz del amanecer, algo brilló entre los escombros.
Una cinta roja.
La misma que Elena llevaba la noche de su muerte.
Movida suavemente por el viento.
Y por un instante...
Valeria creyó escuchar una voz familiar.
Muy suave.
Muy lejana.
—Ya no tengo miedo de las tormentas.