La Misma Vieja Parrilla

La unidireccionalidad del tiempo.

Según Heráclito, todo está en constante movimiento; el cambio como el principio de la vida. Lo que es en este momento nunca más lo volverá a ser y lo que fue en su momento, nunca más lo será. Lo frio se calienta y lo caliente se enfría. Heráclito posiblemente veía en la realidad un flujo eterno unidireccional. Si especializamos la mirada de lo real al tiempo podríamos apreciar esta dirección estática y constante. Avanzamos sin piedad con el enfoque para deshacer las definiciones presentes, lentamente y en tenuidad, hasta que se distancian a un nivel irreparable del origen.  

Crecemos en base del tiempo, pero el tiempo por sí solo no marca el cambio, sino el contexto donde este tiempo se emplea. A nivel individual semejamos a un árbol de navidad pues, en base podemos ser similares entre nosotros, pero las decoraciones nos dan un enfoque distinto. Estas esferas, figuras, serpentinas y de más adornos para el árbol se traducen como las sensaciones, situaciones, lecturas, canciones, interacciones que topan la vida de un ser al momento de estar creciendo, todo mientras el tiempo avanza contante y perpetuo. Esto naturalmente nos embarca el derecho al error, una decisión, o un momento que genere en algún cambio desagradable o inconfortable no puede ser corregido. Todo esto está en nuestra realidad, pero la memoria no pertenece al mismo plano real que nuestra conciencia. Aquí empieza a saborear el dilema de la melancolía; recreamos las experiencias y los momentos de un tiempo perdido para saborear de nuevo todo el contexto que nos pudo ofrecer la situación, deseamos retomar ciertas actitudes, personas o lugares, incluso objetos, pero entendemos también que el tiempo es duro y la unidireccionalidad del mismo no nos permitiría retomar lo perdido. Un conflicto devastador, pero el humano mismo prefiere existir bajo el cálido techo del dolor y por eso toma cada conflicto emocional posible y lo abraza, se aferra y lo disfruta en agonía.  

En nuestra construcción de decoraciones para aquel árbol de navidad, los valores sociales y los discursos moralizantes son esferas gigantes y rojas que compartimos normalmente con personas cercanas a nuestra vida. En la escuela nos enseñan el amor a la patria y en casa el respeto a los padres y esas esferas son muy visibles en nuestra estructura de personalidad mientras las no las enterremos en algunos otros adornos o las mismas ramas de nuestra mente.  

A diferencia del tiempo, la construcción de nuestro ser no es unidireccional, si algo está en desarmonía con el entorno que nos desenvolvemos o nuestras ideas, podemos remover el factor maléfico. No es tarea fácil, pero es posible remover elementos de nuestra personalidad, aunque aquí es donde Heráclito vuelve a resonar con sus palabras “Lo que es en este momento nunca más lo volverá a ser y lo que fue en su momento, nunca más lo será.” y aunque las estructuras negativas (o incluso las positivas) seas suprimida de nuestra personalidad, es muy difícil regresar a un punto anterior.  La construcción de nuestra identidad no es unidireccional ni bidireccional, no solo avanza, llega a buscar rutas, giros, saltos para transformarse según lo necesitemos, pero a pesar de no ser unidireccional como el tiempo, al igual que este, nunca rebobinamos. 

En el viaje de la existencia, en el vehículo de lo real, con rumbo unidireccional al frente, no es posible tampoco superar el paso serio, disciplinado e invariable del tiempo, por eso alardeamos de nuestra imaginativa al pronosticar, desear, pensar y prometer; estas acciones son una respuesta de las ansias por el futuro. Estas ideas hijas de la ansiedad por adelantarse, generan sentimientos, como la ilusión o el temor.  
No aterrizo si es tristeza o alegría que nuestra vida se resuma en promedio a los 76 años (al menos en México 2018) pero en este lapso ya es bien conocida la vejes y lo que esta trae consigo, la perdida de capacidades físicas y mentales que influyen directamente en lo que hemos construido desde que empezamos a hablar. Ahí es donde el conflicto de la melancolía rompe a su máximo punto para desbordar la consecuencia al éxtasis

del futuro: El deseo de morir. Esto claro que no pasa sin pesar, pues genera en el joven o adulto un miedo tremendo a la vejez, en parte por no querer perder su identidad y en otra por no querer desear la muerte.  

El deportista es consciente de esto, su estructura como ser depende mucho de su nivel físico: La juventud. Es por eso que el miedo a la vejez tiene niveles más altos en los deportistas que en el humano quien no depende su pasión por las capacidades físicas efímeras que la bella juventud explora. Es por eso que trata de aprovechar todo el tiempo posible, porque la unidireccionalidad no le permitirá volver a ser deportista, porque su árbol de navidad perderá mucha decoración por tarde a los 35 años, por temprano a los 25, es obligatorio para el desenredar el miedo a la unidireccionalidad, para aceptarlo, para disfrutarlo, porque más adelante, cuando levantan la cabeza, ya no están en la cancha jugando y nunca más lo harán.  

 



Vico Vieyra

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En el texto hay: football

Editado: 22.01.2019

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