La niña sagrada

6.-EL APOYO DEL REINO MARA

DIMENSIÓN: X0053061-A

LUGAR: Palacio, Reino Mara.

HORA: Momento del Tucúquer.

Recién comienza a anochecer cuando llegan al centro de la ciudadela, donde más de alguien voltea a mirarlos con tremenda curiosidad. Bajándose de los caballos frente al palacio entregan los animales y Dante se presenta como el príncipe que es, informando que ha regresado. En una sala con jardines interiores, espera les permitan ingresar o aparezca el Rey del terreno que pisan, luego de explicarle a la chica que no es necesario sacarse abrigos ni zapatos.

Durante la espera, tanto Dante como Hana toman asiento en una mesa dispuesta para algunos invitados, sin embargo, el guerrero se mantiene en pie y ante la confusión de Hana explica que él sí conoce las normas reales.

—Se llama Leónidas III y se casó con la prima segunda de mi padre, finge que sabes quién es o al menos que conoces de su grandeza. Su familia es de las más antiguas —aconseja Dante en voz baja mientras esperan.

—Soy de otro mundo, ¿cómo podría conocerlo?

—Por favor, Hana, te lo pido.

—¿Por qué? Si no lo conozco, jamás había oído de él —reclama confundida.

¿Qué lógica habría? Mentir sería algo tonto.

—Je je, je… Verás, Hana, el Rey Leónidas es muy egocéntrico y orgulloso. Si dañas ese orgullo podría ser perjudicial —explica el fiel guerrero Emeterio, y una vez que vuelve a soltar una carcajada agrega—: Ahora él es nuestra única ayuda. Si alimentas su ego se sentirá complacido de apoyarnos.

—No entiendo. —Admite con mirada sombría.

—Hana, te explicaré después, pero por favor. —Dante se calla al ver acercarse al Rey por una gran entrada de madera—. Te lo ruego, hazme caso— susurra finalmente poniéndose de pie, y hace una reverencia al hombre—. ¡Tío, he traído de vuelta su corcel!

—Dante, lo importante es que hayas regresado tú —sonríe el Rey, aprisionándolo en un abrazo—. ¿Has conseguido lo que deseabas?

—Y aún más, Emeterio ha venido también. Me pregunto si lo recuerdas.

—Por supuesto —afirma, saludando al hombre con una mirada firme y lejana de color claro, y espera que la chica le reverencie tal como lo hizo el guerrero—. Pensé que estaría retirado —comenta, dando una mirada fugaz a la pequeña, quien observa a todos en silencio sin atinar a nada, fijándose en su barba rojiza.

—Así como estoy dispuesto a pelear por el Rey de Mara que me permite vivir en sus tierras, debo mi vida a la familia Von, Señor.

—Me honra tener un guerrero tan valioso en mi Reino, por favor cuida como se debe al príncipe.

—Será un honor.

Por más que Dante observa a Hana significativamente, la jovencita no comprende sus mensajes, pues está concentrada en observar la conversación del caballero, y su admiración por aquella devoción es tal que se olvida de estar presente y no frente a un televisor.

—Tío, ella es la maga de la que le hablé —dice al fin, estirando su mano para indicarla y dándole pie para presentarse, pero al ver que no reacciona de inmediato, agrega—. Pertenece a un mundo muy diferente, y ha comentado que en él también hay reyes. ¿Verdad, Hana?

—¡Ah!, Sí, lo siento. —dice, pestañeando como si recién despertara de una siesta, y haciendo una reverencia al estilo de su nación comenta sin demora—: Es un honor estar frente a alguien tan importante. De donde vengo son escasos los hombres de su categoría.

—¡Qué encanto de criatura! Cuando dijiste traer un mago creí que traerías a alguien mayor.

—Será una buena estrategia. Hana posee más poder que “Alma”, puede creerme. Y estoy seguro de que ella tampoco se lo espera —sus palabras toman sentido en la cabeza de la chica.

¡Dante espera que le gane a un mago! ¡A un mago! Como imágenes de una película, los recuerdos de lo vivido en Canel pasan por su mente y dos momentos claves hacen gala en presentarse:

“Se acercó al agua frente a sus ojos y observó un lindo conejo de pelaje blanco con celeste y ojos del mismo color, al tocar sus orejas y ver sus manos se dio cuenta de ser un conejo, gritó y tocó el colgante que cumpliría lo que deseara “deseo ser humana.” Pensó con concentración, pero nada sucedió.”

“—…En esta escuela te enseñaremos de magia, la gran debilidad de tu poder... ¿No lo sabías, verdad? —Había dicho el director Teodoro.”

¿Cómo podrá ayudar a Dante a enfrentarse a alguien contra quien nada puede hacer? Esta perdida, pero no debe decirlo frente a ese hombre. “Tengo que encontrar como hablar con él a solas…”, piensa asustada, pero se endereza ante un leve gesto de Dante, y toma asiento cuando este mueve su silla.

—¿Entonces trabajabas para algún Rey en la tierra de que vienes? —Consulta Leónidas III con curiosidad.

—No, señor. Los Reyes de mi mundo no son tan grandes como usted, y han ido perdiendo sus tierras —halaga de inmediato, ganando una mirada absorta de Dante, que no sabe si criticar tal actitud o alabarla—. De hecho, nací en una nación sin reyes.

—¿Y quién gobierna aquellas tierras si no tienen un Rey? ¿Qué clase de nación puede ser?




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