La Profecía de los Elegidos

3. Cumpliendo la profecía

—¡Feliz cumpleaños a ti! —pronunciaba una extraña voz que Aris no reconocía.

¿Quién anda ahí? —preguntó ella muy confundida, escuchando un eco inminente.

La chica se encontraba en una cueva o al menos eso parecía. No había luz que iluminara salvo una muy pequeña que provenía de su cuello, aunque no sabía el porqué de aquello.

¡Feliz cumpleaños a ti! —repite la misma voz que parecía estar más y más cerca.

Arisbeth empezaba a asustarse, pues desconocía ese horrible lugar y el cómo había llegado ahí.

¡Responde! ¡¿Quién eres?! —cuestionó sin respuesta alguna.

Elevó sus manos al cuello tratando de tocar la débil luz que de ahí salía. Sintió un pequeño bulto muy duro y sin pensarlo, lo arrancó. Rápidamente observó de qué se trataba. Un collar de una piedra azul que aumentaba su brillo mientras más tiempo le veía.

En ese instante, sintió que algo estaba atrás de ella. El miedo la paralizó y no quiso voltear a ver qué era, pero en un momento de valor, se giró y...

¡No!

Un horrendo rostro saltó sobre ella, causando que se hundiera hacia un vacío que no parecía tener fin. Por el miedo soltó el collar que cayó más rápido que Aris, haciéndole ver lo profundo de aquella inmensidad. Cerró los ojos mientras gritaba fuertemente para no seguir viendo cómo era tragada por esa oscuridad.

—¡Hija, despierta! —exclamaba Aimeé mientras zarandeaba a su pequeña para darle fin a la pesadilla que estaba sufriendo.

La chica abrió los ojos mientras daba un débil grito. Acto seguido abrazó a su madre para tranquilizarse y recuperar el aliento.

—¿Qué estabas soñando? -—preguntó la mujer mientras acariciaba el pelo de su hija.

—Era horrible, mamá. Caía en un pozo sin fondo... ¡Y esa cara! ¡Era espantosa! —escupía la joven muy agitada, que se recuperaba de aquella situación.

—Ya, ya... Ya pasó... Todo está bien —recitaba Aimeé en un tono muy relajado, tratando de calmar a la pobre niña.

Lucas entró a la habitación, los quejidos de Aris lo despertaron y quiso ver qué sucedía.

—¿Estás bien? —dijo el hombre, mientras se acomodaba el suéter que acababa de ponerse.

—Si, está mejor. Sólo tuvo una pesadilla —habló la madre en vez de la hija.

—Menos mal se trataba sólo de eso... —dijo Lucas aliviado.

—¿Qué hora es?

—Las ocho, ¿por? —respondieron los dos adultos al mismo tiempo.

—Quedé con Alex que iría con él a una cafetería que visitaba, para ir por comida para ver el eclipse —Arisbeth quería salir de la casa y explorar la ciudad, no tenía que perder el tiempo y deseaba ir y conocer todas los lugares.

—Sigue dormido, creo que iré a despertarlo, es capaz de seguir derecho y levantarse hasta las dos de la tarde —masculló Lucas graciosamente mientras salía de la habitación.

—Bien, te dejo... Por cierto ¡Feliz cumpleaños! —Aimeé abrazó muy tiernamente a su hija, mientras ésta le correspondía el mismo.

—Gracias mamá, espero hoy sea un buen día —la mujer salió de la habitación.

No dejaría que un sueño tonto le arruinara su día especial, esperaba que todo fuese como lo planeaba, junto a Alex, su mamá y su abuelo, las personas que más amaba en este mundo.

******

El día era hermoso, y a pesar de que la Ciudad de México no era la más espectacular, era especial. Una que otra nube se pintaba en el cielo, la temperatura era muy fresca, los árboles color ámbar y naranja daban un toque otoñal a la ciudad. Era perfecto para observar el tan esperado fenómeno.

Faltaba una hora para que el eclipse comenzara, y los dos chicos salieron en coche para comprar algo de comer y regresar a observar todo desde la mansión.

Mientras iban en el coche, Aris y Alex platicaban acerca de los planes que tenían para ese día. Primero, irían a la cafetería a comprar comida y un pastel para celebrar. Después verían películas en la tarde y en la noche harían una fiesta de pijamas. No planeaban hacer esto sólos. Alex le contó a ella de sus amigos y que los había invitado para que la conocieran y pudiera socializar con más personas de la ciudad.

—De verdad, tienes que hablarles, son grandiosos y de seguro te amarán como tú a ellos.

—¿Crees que les agrade? Digo, no se ni qué decirles, no se cómo empezar una conversación decente con alguien más que tú —y era verdad. Aris no era buena socializando, era un poco tímida y retraída.

—Nah, son buenos, no muerden y si lo hacen, sólo déjamelos a mi —le advirtió Alex. Los dos siguieron hablando hasta que el chofer los interrumpió.



Alex Romanni

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En el texto hay: amor juvenil, mexico, magia y amor

Editado: 27.03.2021

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