La Profecía de los Elegidos

7. Eres

Sus miradas no se despegaban. Era como si se hubiesen conocido desde hace mucho y el solo instante en el que se miraron recordaron todo. Después de unos minutos, Aris volvió en sí y su rostro se tiño de rojo al recordar que aún seguía encima del muchacho. Se levantó más rápido que un rayo y se giró para no ver al chico. Por su parte, el joven se levantó y se sacudió el pasto que se pegó a su cuerpo al momento de caer.

—¿E-estás bien? —preguntó una avergonzada Arisbeth.

—Sí, no te preocupes... ¿qué te pasó?

La castaña recordó cómo el agua se había levantado y le había empujado, pero no quiso decirle a ese extraño la verdad, la tacharía de loca.

—Me caí en la fuente y al salir me resbalé —fue lo único que se le ocurrió.

Sin querer, se dio la vuelta y lo observó. Sus ojos eran color marrón, como los troncos de los árboles. Su piel un poco bronceada por el sol lo hacía ver muy guapo. Su cabello castaño desarreglado y quebrado le daba un look de chico rebelde. Lo que llamó su atención es que a pesar de la vergonzosa situación, el joven mostraba una sonrisa blanquecina y perfecta, que puso a la castaña más nerviosa de lo que ya estaba. Bajó hasta su cuerpo y miró que el chico era fuerte y alto, mucho más alto que ella.

—Pero no estás mojada del todo. Vamos chica, ¿qué fue lo que te pasó?

Al oír eso, miró su propio cuerpo y se dio cuenta que el agua había hecho un poco más transparente su ropa. Con la cara totalmente roja se giró de nuevo y pensó en algo que decirle, pero su mente se puso en blanco y no se le ocurría nada.

—Y-ya te dije, eso fue lo que me pasó. N-no me importa si n-no me crees —Aris se abrazó a sí misma para no sentir frío.

—¿Qué está pasando aquí?

Una voz que venía del fondo hizo que los dos chicos dieran un brinco del susto. Una mujer delgada y bajita se acercó hacia ellos.

—Profesora Cassandra, no ha pasado nada, vine aquí por unas plantas para mi experimento y... —respondió el joven seriamente pero la mujer lo calló.

—No hablo con usted García. Rápido niña, responda.

La castaña miró a Cassandra y vio la expresión seria de su rostro. Era muy bonita, a diferencia de su actitud. Su cara afilada, su cabello castaño corto y suelto, sus labios pequeños y pintados de vino y sus ojos marrones hacían un porte fino en ella. Sin duda era una persona muy estricta. Se había percatado de su pelo y su ropa mojada.

—Pues yo...me caí a la fuente y cuando salí sin querer me tropecé con el chico —trató de sonar lo más normal posible.

—No la conozco ¿estudia aquí? Nunca la había visto pero me es extrañamente familiar —respondió la mujer entrecerrando los ojos.

—Soy la chica que viene a visitar la escuela esta semana, la hija de...

—Sí, sí, ya se... Es increíble, ni siquiera ha entrado y ya causa problemas —un tono de queja vino de la voz de la mujer. La castaña no podía creer lo frívola que era.

—Yo... —Arisbeth quiso hablar pero Cassandra la cortó de tajo.

—Más vale que se vaya aplacando señorita, aquí la disciplina es indispensable para permanecer vivo, no puede ir por allá haciendo quién sabe qué como si nada. Ya veremos qué tal le va el próximo semestre. —La maestra miró al joven y dio una pequeña risa burlona—. Y usted, tiene clase conmigo, así que vaya al salón o lo dejo sin derecho.

Cassandra miró de nuevo a Arisbeth y después se giró para alejarse de ellos. Un aire tenso se creó en ese momento.

—No te preocupes, ella es así, medio amargada y todo —soltó el joven de repente.

—Si... Yo... —la chica no podía hablar de los nervios.

El joven miró su reloj y vio que la clase de Cassandra estaba por comenzar, y después de esa conversación, no quería hacerla enojar.

—Me tengo que ir, tengo clase con la bru...digo, con la profa Cassandra, y no quiero que se desespere... —el joven también se había puesto nervioso—. M-me llamo Dante.

Arisbeth lo miró de nuevo y quiso decirle su nombre, por cordialidad y justo sonó la campana de cambio de clase y el chico se alejó corriendo, no sin antes despedirse.

—¡Nos vemos después! —le gritó mientras se alejaba.

El corazón de la castaña comenzó a latir desesperadamente, un sin fin de emociones le invadieron y lo único que pudo hacer en ese instante fue dar una pequeña sonrisa.

—Dante... —susurró para sí. No sabía lo que pasaba, pero lo único que anhelaba era volverlo a ver.

******

El rizado se detuvo una cuadra antes de llegar al instituto. Desde aquel percance se había puesto a correr hasta alejarse lo suficiente de ese lugar. Estaba confundido y quería olvidar todo.

Respiró violentamente mientras se reincorporaba, no sabía cuánto había corrido.



Alex Romanni

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En el texto hay: amor juvenil, mexico, magia y amor

Editado: 27.03.2021

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