La Profecía del Regreso - Libro 2 de la Saga Del CÍrculo

PRIMERA PARTE: El Refugiado - CAPÍTULO 9

            El bosque. Extendí sobre el suelo una manta que encontré en uno de los bolsos, y me acosté boca arriba, cerrando los ojos. Respiré lentamente, concentrándome, relajándome, escuchando. La tibieza del sol me acariciaba el rostro. El olor fresco de los eucaliptos evocaba una sensación de serenidad, de felicidad. Los familiares sonidos del bosque me tranquilizaron. El susurrar de las hojas de los árboles con la brisa, el canto de los pájaros, el murmullo del agua que corría en un arroyo cercano... Todos aquellos sonidos me hicieron olvidar todo: la muerte de Strabons, el hecho de que Nora y Mercuccio estaban en peligro por mi culpa, el hecho de que alguien estaba tras de mí. Inclusive olvidé que ya no estaba más en el Círculo. Disfruté las sensaciones del bosque a mi alrededor. Me concentré más, tratando de sentir en mi mente, la vida que me rodeaba, pero el sentir del bosque no pasó más allá de mis cinco sentidos. Intenté otra vez, solo necesitaba concentrarme más. La íntima conexión que había disfrutado antes con la vida que me rodeaba no fue posible. Podía escuchar los pájaros, pero no podía sentir el placer de su vuelo, de su libertad. Podía escuchar las hojas rozar unas con otras, pero no podía sentir su lucha y su fuerza por llegar al sol.

            No sé cuánto tiempo estuve intentando. Finalmente, frustrado, abrí los ojos. Volví a la realidad, y comprendí. No estaba en el Círculo, mi habilidad no tenía ningún efecto aquí. La epifanía ahondó la soledad. No solo estaba separado de mis amigos, sino que estaba separado de mi más profunda conexión con el mundo. Una vez había deseado con todo mi ser deshacerme de mi habilidad, inclusive había llegado a considerar la muerte para liberarme de ella. Ahora, su ausencia me hacía sentir una soledad inconmensurable, un vacío insoportable. La falta de mi habilidad acentuaba el sentimiento de no pertenecer a este mundo, de no poder conectarme con él.

            Ahora que Strabons había muerto, tal vez nunca más lograra sentir la pertenencia a un lugar, a mi lugar, al Círculo. Estuve un rato más allí, tirado en el suelo, lamentándome. Finalmente, me obligué a levantarme. Debía dejar de tener lástima de mi mismo y tomar las riendas de mi destino, eso es lo que Dana me hubiera dicho.

            Armé la tienda. Revisé las demás cosas que Mercuccio había traído. Encontré más mantas, una colchoneta, una mesa plegable, un calentador a gas, platos, vasos, cubiertos, y otros utensilios de cocina, una pala, martillo, sogas, una linterna a batería y una conservadora con abundantes frutas, vegetales y bebidas.

Después de un rato de estudiar el calentador y descubrir cómo funcionaba, me puse a cocinar. La hora del almuerzo había pasado hacía horas, y no me había dado cuenta de lo hambriento que estaba hasta que no comencé a sentir el olor de la comida cocinándose en la olla. Comí un poco y guardé el resto para la noche.

            Después de comer, decidí salir a explorar. Me dirigí hacia donde escuchaba sonido de agua. Pronto encontré un arroyo que corría vertiginoso entre unas rocas. Las ramas de unos sauces colgaban lánguidas sobre las cristalinas aguas. Crucé con cuidado por las resbaladizas rocas y encontré un sendero del otro lado, que se internaba hacia el oeste. Estuve caminando por un buen rato entre la vegetación que cada vez se hacía más cerrada. Cuando vi que el sol ya estaba bajando en el horizonte, emprendí el regreso hasta el arroyo y me senté a la orilla del agua a disfrutar su relajante murmullo. Podía ver pequeños peces pasando presurosos por encima de los guijarros que cubrían el fondo. Probablemente, Strabons mismo se había sentado allí a disfrutar del paisaje.

Strabons. Cómo me hubiera gustado conocerlo mejor, compartir con él todas las cosas que había vivido. Él era el único en este mundo que podía comprenderme. No podía imaginar lo que significaba para él que yo me hubiera cruzado en su camino después de tantos años de búsqueda. El destino le había hecho una jugada cruel: alcanzar el objetivo por el que había luchado toda su vida lo había llevado a una muerte prematura.

            Me invadió otra vez la preocupación de cómo encontrar el camino de regreso sin su ayuda. Notas. Strabons había dicho que tenía mapas y notas sobre los portales. Eso es. Tal vez la información que necesitaba estaba en aquella inmensa biblioteca. ¿Pero podría realizar la investigación que a Strabons le había llevado más de cincuenta años en solo diez? Tendría que hacerlo. Strabons ya había allanado el camino, yo solo tenía que seguir donde él había dejado. Aquella reflexión levantó un poco la pesadumbre de mi corazón. Cuando Mercuccio volviera, le diría que necesitaba los libros y las notas del doctor. Si no podíamos volver a la casa, tendríamos que sacarlos de alguna forma y trasladarlos a un lugar seguro. Había que hacerlo cuanto antes, no quería pensar lo que pasaría si Hermes encontraba la información primero... Me sentí como un tonto: ¿cómo no lo había pensado antes? Había vuelto a mis viejos hábitos de sentir lástima por mí mismo en vez de pensar con claridad en una solución a mis problemas. Imaginé la mirada de reproche de Dana: “Creo que ya es tiempo de que dejes de sentir lástima por ti mismo y tomes las riendas de tu destino. Eres un tonto cabeza dura, pero tal vez aún haya esperanza.”



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundos paralelos, portales

Editado: 12.10.2019

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