La Profecía del Regreso - Libro 2 de la Saga Del CÍrculo

SEGUNDA PARTE: El Doctor - CAPÍTULO 46

Respondiendo a su pedido, vuelvo. Llego mañana 8:00 a.m.

 

                                                                       Juliana

 

            —¡Mercuccio!— llamé a gritos.

            —¿Doctor?— preguntó él, asomando la cabeza por la puerta que daba a la biblioteca desde el patio trasero.

            —¿Enviaste algún mensaje a Juliana?— dije, señalando la pantalla de la computadora con aquel corto y enigmático mensaje.

            —¿Mensaje? No. ¿Por qué habría de enviarle un mensaje?

            —¿Y Nora?— insití.

            —No.

            —¿Estás seguro?

            —Absolutamente.

            —¿Tienes alguna idea de dónde está Juliana?

            —Que yo sepa, ella partió hacia Italia, yo mismo le reservé el vuelo.

            —Algo no está bien.

—¿Cuál es el problema?

            —Mercuccio, este es un mensaje de Juliana— dije, señalando la pantalla frente a sus ojos— y es la respuesta a un mensaje mío; un mensaje que yo jamás envié.

            —¿Quién más sabe que Juliana está en Italia?

            —Juliana no está en Italia, está en Israel— corregí—. Solo hay dos personas que saben dónde está ella realmente. Ni siquiera ustedes dos lo sabían. Solo Luigi y yo.

            —Tal vez Luigi envió el mensaje— ofreció Mercuccio.

            —No, el mensaje está dirigido a mí, Luigi no se haría pasar por mí.

            Corrí al teléfono y llamé al hotel King David. Juliana había abandonado el hotel hacía horas. Colgué y comencé a caminar de un lado a otro por la biblioteca con las manos sobre la cabeza, tratando de pensar, tratando de imaginar quién... ¡Por supuesto! ¡Había una persona más que sabía donde ella estaba! Una persona que yo había enviado para cuidarla. Tomé otra vez el teléfono.

            —No, yo no he enviado ningún mensaje— negó Bruno del otro lado de la línea—. Es más, ignoro dónde se encuentra su damita.

            —Creí haberte dicho que la cuidaras.

            —Y así lo intenté, pero ella me rechazó rotundamente. Dijo que no necesitaba niñera. Le expliqué que yo seguía sus órdenes. Se puso furiosa, y me dijo que si la seguía vigilando me haría arrestar con la policía. Como no le hice caso, cumplió su amenaza. Durante las horas que estuve bajo custodia, tratando de explicar que no estaba acechando a nadie, le perdí el rastro. Lo siento. Igualmente, creo que no es una chica tan indefensa como usted cree. Me pareció una mujer muy desenvuelta, y además se veía que no era la primera vez que estaba en un país extranjero.

            —Sí— admití—, es bastante terca. Lamento que te haya hecho arrestar. Te compensaré por todo, y agradezco tus servicios de todas formas.

            —Siempre es un placer trabajar para usted, doctor. ¿Y cuando se dará una vuelta por la mejor ciudad del mundo?— preguntó Bruno.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundos paralelos, portales

Editado: 12.10.2019

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