La Profecía del Regreso - Libro 2 de la Saga Del CÍrculo

CUARTA PARTE: El Viajero - CAPÍTULO 72

Con las manos temblorosas, me agarré la cabeza. El hilo de esperanza de que Dana estuviera con vida volvió a cortarse, esta vez, para siempre. Humberto había arruinado mis planes. Humberto la había matado. Un fuego de furia me invadió el cuerpo. Maldito décimo Antiguo, se suponía que debía ayudarme, guiarme hacia la Luz, y todo lo que hizo fue quitarme lo que más me importaba en la vida.

Levanté la vista con los ojos llorosos y lo vi allí sentado, impasible, los dedos entrelazados, las manos apoyadas sobre la mesa, me miraba sin emoción. Maldito. En un arranque de ira, me levanté y fui hasta la vitrina. Saqué la espada y giré, desenvainándola en un solo movimiento. Apoye la afilada hoja sobre el costado de su cuello. Mi mano izquierda temblaba cerrada en un puño, pero mi mano derecha apretaba la empuñadura de la espada, sosteniéndola firmemente, lista para cortar a aquel maldito.

En contraste con mi agitada respiración, la de él era tranquila. Bajó los ojos hacia la mesa, y se mantuvo allí, inmóvil, en silencio, sin intentar suplicar, sin intentar detenerme. Su actitud solo me enfurecía más. Presioné más la hoja contra el costado de su cuello.

—Si crees que merezco morir, hazlo— me dijo, cerrando los ojos—, pero eso no va a revivirla.

—Tú la mataste— dije con los dientes apretados, el corazón latiendo furioso, la mano apretando la empuñadura tan fuerte que me dolía.

—No confundas las cosas, el que la mató fue Bress— dijo él con calma.

—Pero tú dejaste que ella cayera en sus manos. Tú permitiste que él la torturara y la matara— le retruqué.

—¿Estás seguro? Creo que ese fuiste tú— respondió él, levantando su mirada impasible hacia mí.

Con un grito separé la hoja de su cuello, y tomando impulso, sostuve la espada con las dos manos dispuesto a decapitarlo, tal como lo había hecho con Bress. Bajé la espada con todas mis fuerzas hacia su cabeza. Él no se movió un solo centímetro, solo respiró hondo y cerró los ojos. En el último segundo, cambié el ángulo del golpe. La hoja de la espada pasó limpiamente por encima de su cabeza. El movimiento imparable siguió su curso, mis brazos muertos hicieron peso hacia abajo, cambiando el ángulo del movimiento de manera que la espada terminó golpeando la enorme mesa. Temblando de pies a cabeza, solté la espada y me desplomé sobre mi silla.

Humberto tenía razón, Dana estaba muerta por mi culpa, porque yo había roto la promesa de confiar en ella, de protegerla. Agarrándome nuevamente la cabeza, lloré amargamente.

Nora entró corriendo por la puerta que venía de la sala. Seguramente, había escuchado el grito y el golpe. Miró de soslayo a Humberto y se arrodilló junto a mí.

—¿Se encuentra bien?— me preguntó.

—Dana está muerta, Nora— le dije llorando. Ella me abrazó con ternura y me besó la cabeza.

—Cuánto lo siento— me murmuró al oído—, cuánto lo siento.

Después de un rato, logré calmarme un poco y me sequé las lágrimas. Humberto había permanecido todo el tiempo allí sentado en silencio, esperando. Nora me soltó de sus brazos y me miró a los ojos.

—Iré a traerle un poco de té— me dijo suavemente.

—No hay té en el mundo que pueda arreglar esto— murmuré con amargura.

—Lo sé, querido, lo sé— me dijo ella, y se fue a la cocina a preparar el té de todas formas.

—Lo lamento— habló Humberto al fin.

—No es cierto— dije con frialdad.

—Cree lo que quieras, estás en tu derecho. Pero ahora debes concentrarte en tu regreso, en terminar tu misión.

—¿Para qué?— dije, sombrío—. No hay nada allá para mí.

—El Círculo es tu lugar, ¿vas a dejar que todo se destruya?

—No me importa— murmuré, cabizbajo.

—Tu dolor pasará, y luego te arrepentirás de no haber aprovechado el portal. Has esperado diez años por este momento, no puedes darle la espalda al Círculo ahora.

Levanté la vista hacia él de repente. Se me ocurrió que tal vez...

—Ayúdame— le dije.

—¿Qué?

—Esa es tu función, ¿no? Ayúdame.

—¿Qué quieres de mí?

—Ven conmigo a Irlanda, al segundo portal. Cuando se abra y tu habilidad regrese, manipula el tiempo una vez más.

—No puedo hacer eso...

—Envíame antes, permite que la salve.

—Lug no puedo...

—No necesito mucho tiempo, solo unas horas antes, tal vez un día como máximo—  le rogué.

—Lug...

—No me cruzaré con mi otro yo, llegaré a la isla por otra vía. Él nunca me verá, nunca sabrá— le dije, frenético.

—Lug, no entiendes...

—No, tú no entiendes, Dana no puede morir, tengo que salvarla, no voy a dejar que muera otra vez.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundos paralelos, portales

Editado: 12.10.2019

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