La Profecía Rota - Libro 3 de la Saga Del CÍrculo

PRIMERA PARTE: El Prisionero - CAPÍTULO 7

Marta tomó una bandeja con un plato con estofado, un tenedor, un vaso y una jarra de agua, y se la dio a Ana. Ana frunció el ceño, interrogando a Marta con la mirada.

            —El Supremo ordenó que el prisionero sea alimentado— fue la explicación de Marta.

            Ana apoyó la bandeja en la mesa, negando con la cabeza.

            —Este no es mi trabajo, esto es trabajo de Jory— protestó.

            A Ana no le gustaba tratar con los prisioneros. Las pocas veces que había llevado comida a los cautivos, ellos le habían respondido con insultos, miradas lascivas y una gran variedad de obscenidades. Algunos hasta habían intentado manosearla.

            Aunque sentía cierta curiosidad por conocer a aquel prisionero hereje del que Marta hablaba, su curiosidad no era suficiente para decidir arriesgarse a ser maltratada e injuriada por aquel hombre. Además, si se creía tan poderoso como Marta lo describía, buscaría lo que todos los hombres con poder buscaban de ella: usarla y humillarla.

            —Jory salió a hacer unos mandados para el Supremo, es posible que no vuelva hasta mañana.

            —Entonces el prisionero comerá mañana— declaró Ana tercamente.

            —El prisionero comerá hoy— dijo Marta con firmeza—. Son las órdenes del Supremo. Si no quieres cumplir con las órdenes, irás tú misma a explicárselo a él.

            Ana miró la bandeja de soslayo con aprensión.

            —Ana— comenzó Marta con un tono más suave—, solo debes dejarle la bandeja y venir, no es nada del otro mundo.

            Ana largó el aire por la nariz con los labios apretados y tomó nuevamente la bandeja.

            —Cuando vuelva Jory, dile que me debe una— dijo, y salió de la cocina.

            Ana atravesó el salón principal por un costado. Sus pasos retumbaron en el amplio recinto de piedra. Solo esperaba no cruzarse con ninguno de los sacerdotes, no estaba de humor para mostrarse sumisa y respetuosa. Pasó por al lado de los sitiales de piedra y bajó la escalera que llevaba al sótano donde estaban las celdas. El estrecho y oscuro pasillo estaba iluminado por antorchas fijadas a la pared a intervalos de tres metros. Ana sabía que la celda especial de madera roja estaba al final del largo pasillo. Apuró el paso para llegar lo antes posible, y así poder salir de aquel asfixiante lugar cuanto antes. En el último tramo, escuchó voces.

Ana se detuvo un momento, escuchando. Reconoció las voces de dos de los sacerdotes. Pero, ¿qué hacían aquí abajo? Ana siguió caminando con su bandeja, y pronto los vio: eran Mandel y Goster. Estaban haciendo guardia fuera de la celda roja. Aquello no era normal, nunca había guardias apostados en las puertas de las celdas. Aquel prisionero debía ser en verdad peligroso. Ana estaba cada vez más arrepentida de haber aceptado traer la comida al prisionero.

Lo rostros aburridos de Mandel y Goster se iluminaron con una sonrisa lasciva al verla. Ana los miró con desprecio. Si bien Mandel y Goster eran sacerdotes de la Nueva Religión, eran solo novatos que habían llegado a Cryma hacía un par de meses desde otro Templo, y habían probado sobradamente que no tenían cerebro suficiente ni para palear estiércol. El propio Supremo apenas los toleraba, y hasta Marta, que respetaba a los sacerdotes como hombres santos, frecuentemente perdía la paciencia con estos dos. Varias veces los había echado de su cocina y había llevado quejas al Supremo sobre su comportamiento impropio. El Supremo, que no quería ser molestado con conflictos domésticos, le había dado a Marta carta libre para reprenderlos e inclusive castigarlos si lo consideraba apropiado.

—¿Qué tenemos aquí?— dijo Goster, relamiéndose los labios como un gato mirando al ratón que se acerca a su guarida.

—Es la comida para el prisionero— dijo Ana fríamente.

Dejó la bandeja en el suelo y se dio media vuelta para irse antes de que alguno de los dos pudiera reaccionar.

—Solo estamos de guardia, no nos corresponde darle la comida— dijo Goster a sus espaldas.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundos paralelos, fantasiaepica

Editado: 12.10.2019

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