La Profecía Rota - Libro 3 de la Saga De Lug

SEGUNDA PARTE: El Fugitivo - CAPÍTULO 66

Al llegar a Polaros, Guilder encontró a un grupo de sacerdotes asustados como niñas, y cuando pidió una explicación, todos hablaban al mismo tiempo, y era imposible entender una sola palabra. Entonces, Guilder se enfureció por la actitud infantil de sus esbirros y se retiró del Templo. Sus sirvientes personales lo siguieron solícitos:

            —¿Su Señoría desea alguna cosa en particular?

            Guilder lanzó un gruñido:

            —Por ahora deseo comer y darme un baño.

            —Hay facilidades en las dependencias del Templo... —comenzó uno de los sirvientes, pero Guilder no le prestaba la más mínima atención pues observaba con interés un edificio al otro lado de la calle. Estaba pintado de azul, y un viejo cartel de chapa que rechinaba al moverse por la acción del viento, colgaba de la puerta.

            Su sirviente siguió hablando de las bondades del Templo de Polaros, pero el Supremo no lo escuchaba. Se acercó al edificio azul y pudo distinguir en la pintura desgastada del cartel, el dibujo de una rosa.

            —¿Qué es este lugar?— preguntó el Supremo.

            El sirviente interrumpió su perorata, sorprendido:

            —¿Perdón?

            —¿Qué es este lugar?— repitió Guilder, impaciente.

            —¿Cómo saberlo, Su Ilustrísima?

            —Llama al sacerdote encargado del Templo y dile que se reúna conmigo aquí.

            —¿Aquí, señor?— dudó el sirviente.

            —¿Eres sordo?— gruñó Guilder.

            —No, señor. Sus órdenes serán cumplidas de inmediato, señor.

            A veces, Guilder se sentía asqueado de tanto servilismo.

            El encargado del Templo, (Guilder sentía cierta reticencia a llamarlo “Supremo de Polaros” y permitirle imaginar que era algo así como su igual),  llegó corriendo a toda velocidad, pues sabía que el Supremo de Cryma estaba de mal humor, y no deseaba empeorar la situación demorándose.

            —Mandad, vuestra Ilustrísima— dijo entre jadeos, tratando de recobrar el ritmo normal de su respiración.

            —¿Qué es ese edificio?— preguntó Guilder.

            —Es la posada, Señor. La posada de la que os hemos hablado.

            —¿Hablado? ¿Es que debo considerar ese griterío infernal como un acto de habla civilizado?

            —Lo siento, Señor.

            —Ya, ya— dijo Guilder, haciendo un gesto desdeñoso con la mano—. Explícamelo y ya.

            —Sí, Señor. Esta es la posada “La Rosa”. Pertenece a un hereje que los sacerdotes han estado persiguiendo desde hace mucho.

            —Frido— gruñó Guilder entre dientes.

            —Así es, Señor. Huyó y dejó a cargo a su sobrino Akir.

            —¿Y por qué no arrestaron a ese Akir y lo hicieron hablar?

            —Se nos ordenó que no lo hiciéramos, Señor. El muchacho era inocente...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.