La Profecía Rota - Libro 3 de la Saga Del CÍrculo

TERCERA PARTE: El Sujetador de Demonios - CAPÍTULO 117

            Randall soltó a Ana, y ella le dio un empujón que casi lo hizo caer de espaldas. Estaba furiosa.

            —Nunca voy a perdonarte esto, Randall— le gruñó.

            Randall abrió la boca para contestarle, pero ella no le dio tiempo. Le dio una fuerte bofetada, y luego le dio la espalda, corriendo hacia la muralla. Enseguida vio que no podría abrir las puertas por sí misma y ninguno de aquellos cobardes la ayudaría, entonces subió por una escalerilla a la derecha de las puertas que llevaba a un camino de ronda en la parte superior de la muralla. La muralla sobrepasaba su altura aun desde el camino de ronda, pero Ana encontró el nicho de una tronera y espió por allí. Randall no tardó en alcanzarla y ponerse a su lado en la pequeña rendija en la piedra.

            Ana y Randall vieron a Lug de rodillas sobre el suelo polvoriento, a unos cincuenta metros de la muralla. Había desenvainado su espada y la sostenía con las dos manos, los ojos cerrados, la hoja de la espada apoyada de plano sobre su frente. Con el corazón encogido y lágrimas en los ojos, Ana observó cómo los fomores se acercaban a toda carrera. Lo habían visto y se dirigían inequívocamente hacia donde estaba hincado en la tierra.

            —¿Qué está haciendo? ¿Por qué no pelea? ¿Por qué va a dejarse matar así?— sollozó Ana.

            —Debe tener algún plan...— ofreció Randall para darle algo de esperanza a Ana. Pero en el fondo, sabía que no era posible que Lug pudiera sobrevivir a un ataque semejante.

            Ana y Randall observaron espantados cómo los fomores achicaban la distancia a pasos agigantados, enardecidos ante el prospecto del festín de devorar a Lug.

            Randall envolvió a Ana entre sus brazos y le apretó la cara contra su pecho.

            —No mires, mi amor— le dijo al oído. Ella forcejeó un momento, pero luego cedió, enterrando el rostro en el pecho de él, llorando desconsolada.

            Randall le besó la roja cabellera mientras trataba de no dejar escapar sus propias lágrimas, y echó una última mirada por la tronera. Vio a Lug, aun arrodillado, aun con los ojos cerrados, levantar la espada con las dos manos hacia el cielo, su rostro impasible, concentrado, su mente desconectada del miedo de la muerte inminente. Y luego todo ocurrió tan rápido que Randall no pudo comprender lo que había pasado. Solo vio una luz cegadora emanando de la espada y al momento siguiente... silencio. No más gritos de fomores, no más traqueteo de armaduras, hachas y palos, no más pasos precipitados y torpes.

            Ana despegó la cabeza del pecho de Randall y se asomó a la tronera, sorprendida por el repentino silencio. Vio a Lug, desvanecido en medio de un mar de miles y miles de fomores inertes.

            —¿Qué pasó?— murmuró, secándose las lágrimas.

            —No tengo ni la menor idea— respondió Randall, aun azorado.

            Sin perder tiempo, Ana bajó corriendo la escalerilla de la muralla y urgió a Verles y a los demás a que abrieran las puertas para traer a Lug adentro. Ante la explicación de Randall de lo que habían visto a través de la tronera en la muralla, Verles corrió a las puertas y las abrió con ayuda de sus hombres. Ana y Randall salieron corriendo a buscar a Lug, seguidos de Colib. Esquivando los numerosos fomores caídos, llegaron hasta el inconsciente Lug y lo cargaron rápidamente hasta adentro de la ciudadela. Mientras lo apoyaban suavemente en el suelo, Verles y los demás cerraron nuevamente las puertas.

            —¿Lug? ¡Lug!— lo llamaba Ana, dándole palmaditas en la mejilla.

            Después de unos momentos, Lug abrió apenas los ojos. Se lo veía abatido y sin fuerzas.

            —Estoy vivo— dijo con una sonrisa—, entonces funcionó.

            —¿Qué fue lo que hizo?— preguntó Ana.



Adriana Wiegand

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En el texto hay: mundos paralelos, fantasiaepica

Editado: 12.10.2019

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