La redención de Liam [serie Ice Daggers 5]

Capítulo 5

 

 

 

Aiden no es tu tipo

 

—Gimnasio Ice Daggers— leyó Shelly— no es un nombre muy original.

—No te traje para que critiques su nombre— Connor cruzó sus brazos sobre su pecho y la miró divertido— ¿Segura que quieres hacerlo?

—Si voy a unirme al clan debo estar a la par de ustedes, físicamente.

Él esbozó una sonrisa de aprobación. Le agradaba su forma de ser, tan resuelta, apacible, tranquila, Connor era un chico fácil de conocer y tratar.

Le resultaba demasiado fácil confiar en él, por eso cuando llegó junto con Jake al atardecer le pidió que le ayudara a ponerse en forma. Por alguna razón no se propuso para la tarea, sino que, le prometió que la llevaría al gimnasio del clan en la ciudad de Lake Saint Jerome.

Y ahí estaban, frente a las puertas del edificio revocado en piedra lisa de color gris, con un enorme cartel de neón que exhibía su nombre.

—Bien ¿Qué esperamos?— dijo con la intención de entrar.

Pero el leopardo se quedó en su lugar.

—Debemos esperar a que llegue tu preparador físico.

—Por favor, no me digas que es Liam.

Connor rió.

—No, él no viene aquí, al que esperamos es a Aiden— giró su vista hacia la esquina de la cuadra— Oh, ahí viene.

Shelly vio con amplios ojos al hombre que caminaba a paso tranquilo por la vereda, era alto, fuerte y bien parecido. Tenía el pelo liso de color marrón oscuro, ojos celestes, y piel apenas blanca.

Llevaba colgando de un hombro una mochila negra que hacía juego con su conjunto de ropa deportiva que traía puesta.

—¿Tú eres Shelly?— preguntó al llegar a la entrada, su voz era serena— es más pequeña de lo que pensé— le dijo a Connor.

"No soportaré comentarios racistas de otro tipo"

—Es un gusto conocerte— extendió su mano y la miró con ojos amables— Soy Aiden.

Cualquier crítica que pudiese haberle dicho, se esfumó por su actitud inocente. Tan solo mirarlo le produjo confianza, y le contrajo el estómago. Era lindo.

—Bien señorita Shelly, la dejo en buenas manos— dijo Connor haciendo una reverencia que la hizo reír y luego se dirigió a Aiden— nos vemos después.

Aiden asintió.

—Entremos.

Máquinas, a la derecha, a la izquierda, en el centro y en el fondo. De todos los tamaños, tipos y formas. El negro de los cojines contrastaba con el gris de los fierros, resaltaba contra el piso de parqué color marrón claro. No había ni un solo espejo en todo el lugar y los parlantes dejaban sonar una música apta para el deporte.

—Entonces ¿Para qué quieres entrenar?

Shelly lo miró algo confundida.

—¿Quieres tonificar tu cuerpo, perder peso, formar tu figura o aumentar tu masa corporal?

Lejos de aclarar su mente, la confundió más.

—Necesito estar a la par de ustedes— dijo con prisa— ya sabes, para poder integrarme al clan tengo que tener fuerza, resistencia y cualquier otra habilidad que ustedes necesiten.


—No sabía que te unirías a nosotros.

Aiden la miró de arriba a abajo, analizando su perfil mientras se tomaba el mentón con los dedos. Su mirada clara era tan tranquila que no podía descifrar la expresión de su rostro.

Aiden era lo opuesto a Liam. Estaba dispuesto a hablar y  era muy amable. Pero a pesar de que llevaban pocos minutos juntos, Shelly notó cada una de las diferencias.

Aiden era tranquilo, mientras que Liam siempre parecía nervioso. Aiden tenía una mirada suave, la de Liam era dura e imponente. Eran distintos en todos los aspectos, el cabello de Liam era marrón oscuro con retazos de negro, su piel era más bronceada y sus ojos eran de un vivo color verde, Aiden tenía el cabello marrón, su piel era pálida y sus ojos eran de un intenso color azul.

¿Por qué los comparaba? No lo sabía.

—Tengo que decirte la verdad— le dijo — no será fácil obtener lo que quieres, es muy complicado para un humano competir contra un cambiante.

Eso ya se lo remarcaron muchas veces, pero esta vez no generó ninguna ofensa. Aiden le estaba advirtiendo, y Shelly estaba dispuesta a escuchar a alguien que no le resaltaba sus orígenes a la primera.

—Quiero hacerlo— dijo con determinación.

Aiden esbozó media sonrisa y asintió.

—De acuerdo. Vamos a las cintas.

La dirigió hasta el fondo del local donde cinco cintas de correr estaban encendidas esperando ponerse en marcha.

—¿Cuánto sueles correr?— le preguntó mientras ajustaba una de ellas para que pudiese ponerse en posición.

—Em... En realidad no he hecho deporte desde que terminé la secundaria.

Esperó una crítica mordaz, pero en su lugar se encontró con esa mirada tranquilizadora. Bonitos ojos azules, pero por alguna insensata razón ella prefería los verdes, tan intensos como los de cierto hombre.




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