La redención de Liam [serie Ice Daggers 5]

Capítulo 20

 

 

 

Sigilo

 

Se detuvo al pie de un alto ciprés, miró sobre sus hombros sólo para comprobar que nadie lo estaba siguiendo. Se sentía incómodo, tenso, nervioso, y apenas empezaba su tarea.

Los olores extraños ponían sus sentidos en alerta máxima, y el hecho de que debía trabajar con cautela y lentitud no ayudaba a disminuir la necesidad de volver a territorio conocido.

Pero tenía un trabajo que hacer, definitivamente no era un cobarde.

Distorsionando sus huellas en la fina capa de nieve, siguió avanzando mientras la luz desaparecía para dar paso a la oscuridad de la noche.

Sus órdenes eran precisas, infiltrarse en territorio Red Gire y averiguar dónde estaban los niños Moon Fighters. No era tarea sencilla, ni siquiera para él, que era experto en el arte del sigilo. Un error, una huella reconocible o el cambio más sutil en la dirección del viento podía arruinarlo todo, y acabar con su vida.

El riesgo era muy alto, el castigo a los intrusos indeseados y solitarios era mortal. Aria sabía eso, pero confiaba en él lo suficiente como para creer que no lo descubrirían. Y eso era lo que Liam rogaba que no sucediera.

No por miedo a morir, sino porque al descubrirlo, los leopardos tendrían a su clan como su principal objetivo de ataque.

Las huellas en la nieve lo llevaron hasta el final del valle, él había tomado el camino forestal que lo rodeaba, legalmente tanto el valle como el bosque circundante era territorio Moon Fighter, el territorio real de los leopardos recién comenzaba al final de ese valle.

Saltó entre las rocas, dio un par de vueltas, pasó por varios arbustos, no confiaba en que la menta silvestre sobre la que se había revolcado antes de salir fuese suficiente para camuflar su olor. Por eso debía estar cambiando de dirección, rodear diferentes tramos, pasar por lugares aleatorios, todo para confundir y distraer.

El terreno se volvió mas llano, y los árboles mucho más altos, el sol se había ocultado completamente para cuando se dio cuenta de que estaba internado en el corazón del territorio Red Fire.

Tarah le había dado buenas especificaciones, por lo que supo utilizar el terreno a su favor para acercarse a la cabaña del alfa sin ser visto. Usó las ramas altas y gruesas de los pinos para viajar por la altura, de esa forma su olor no sería detectado con facilidad, arriesgado, porque un mal cálculo en sus movimientos, saltos y objetivos terminaría en una caída fatal.

Suerte que para él, su habilidad de gato trepador se había desarrollado a la perfección.

Saltó de rama en rama con precisión, hasta llegar a un roble cercano a una cabaña de dos pisos.

Sofía Blackwell debía estar adentro.

Esperó, hasta que todo se oscureciera aún más, centrandose en los sonidos a su alrededor, antes de continuar tenía que asegurarse que no hubiesen guardianes merodiando cerca de la cabaña. Por desgracia encontró a cuatri hombres rodeando la estructura para entrar.

Le parecía extraño que dispusiera de tanta seguridad sobre una sola persona, Aria nunca les exigió vigilancia especial para ella.

Con la protección de la noche y al ver la luz iluminar una ventana, Liam se aventuró a descender del árbol, el felino se revolvió, inquieto, ante la abrumadora presencia de enemigos.

Unas sombras se proyectaron desde esa gran ventana cubierta por cortinas blancas, se dirigió ahí, con la esperanza de poder oír algo útil, agazapado se pegó a la pared de madera, agudizó sus oídos y se mantuvo quieto. El silencio nocturno lo volvía más nervioso, Liam parecía ver las siluetas de los leopardos aparecer desde cualquier rincón del bosque.

—Los niños no han comido desde que los sacamos de ahí— escuchó decir a un hombre, que por el tono de su voz supo que era mayor— debemos alimentarlos.

—Aún no— respondió una mujer.

—Pero... Son niños...

—¡Aún no!

—Sofía, no pensarás matarlos ¿Verdad?— escuchó decir a otro hombre.

—Creo que nos sobrepasamos con el anterior— habló otro— deberíamos acelerar las cosas.

—Nadie va a mover ni un solo músculo hasta que yo lo ordene— espetó la mujer.

—Pero...

—¿Quién toma las decisiones, Samuel? ¿Tú o yo?

—Tú— murmuró este.

—Nos tomaremos el tiempo necesario, los haremos esperar, hasta que esos perros sarnosos vengan a nosotros con la cola entre las patas.

Liam reprimió el instinto corrosivo que lo tentaba a interrumpir a la mujer y liberar de inmediato a esas desdichadas criaturas. Retrajo las garras.

—Estamos siendo demasiado crueles— habló el hombre mayor.

—¿Acaso has olvidado lo que nos hicieron? Nos redujeron de setenta y cinco a una veintena, mi deber es reconstruir lo que queda del clan, haré lo que sea necesario y necesito de su apoyo.

Que equivocada estaba, pensó, ella debería centrar sus esfuerzos en mantenerlos seguros y a salvo, no conducirlos a una rápida destrucción.




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