La reina del cementerio

Capitulo 4

El taxi estaba corriendo por las calles nocturnas.

     Ricchi observaba ésta nueva ciudad donde tuvo una aventura increíble. Y que el destino lo juntó con una chica tan maravillosa como Ela.

     Él se sentía cómodo y tranquilo. Parecía que todos los problemas se quedaron atrás. Por un momento pensó que había algo raro en ella. No se dejó tocar.

     Todo esto se le cruzó por la mente.

     Y ahora él va en un taxi, a su casa. Una leve sospecha le pinchó el cerebro. Ricchi empezó mirar con más atención a las calles. ¿Cómo será el barrio adónde van?

     En otro momento el trataría liberarse del taxi, pero ahora no le quedó dinero, y el taxímetro ya marcaba un buen valor. Ricchi no quería tener problemas con el taxista, y además ¿adónde ir ahora? eran las 3 de la madrugada.

    "Bueno, llegaremos al lugar y vemos. Yo siempre pude defenderme, bueno excepto hoy en la estación…bueno…excepto de mi padre".

    Entraron a un barrio lujoso. El taxi ya se movía más lento, el chofer estaba buscando la dirección. Por fin se detuvo en frente de una casa grande.

    Tenía un predio muy vistoso. Pero era la única de la cuadra con luces prendidas en todas las ventanas. ¿Que estará haciendo esta gente despierta a esta hora? Después se acordó que Ela estaba vestida de fiesta. ¿Que estarán festejando? Pero no se escuchaba la música.

    En un momento Ricchi pensó que es probable que Ela estuvo en la fiesta y discutió con su novio. Por eso estaba tan triste. Ahora él miró a la casa con otros ojos. No tenía ganas meterse a las discusiones ajenas. Pero tomó la posta y salió del auto.

Espéreme por favor, enseguida vuelvo - dijo Ricchi al taxista - voy a pedir que me pagan el viaje.

     El taxista asomó con la cabeza.

     Ricchi se dirigió a la entrada. Pisó algo raro en la vereda y sintió una cosa blanda bajo sus zapatos.

     Eran flores, desparramados por toda la vereda. Claveles haciendo camino a lo largo de la calle.

     Un presentimiento raro le dio vuelta el estómago.

     La puerta de la casa estaba abierta de par en par. Adentro se veía todo iluminado. Y lo más raro – ningún sonido.

     Ricchi se acercó y golpeo el marco. Nadie respondió, aunque ahora desde adentro se escuchaban las voces de la gente hablando en voz baja.

     Despacio el chico entró a la casa.

     De repente vio todo el panorama.

     En un comedor amplio había una mesa larga, servida para la cena. Los platos con restos de la comida, ensaladeras vacías, botellas llenos por la mitad. Unas veinte personas, hombres, mujeres, niños y adolescentes.

    Ricchi observo a todos con una mirada rápida. Le llamó atención una mujer como de 50 años, sentada en la punta de la mesa.

Estaba vestida de negro, con ojos hinchados del llanto. Al lado de ella había un hombre de la misma edad, muy robusto, vestido de traje negro. Tenía una barba negra.

     De repente todos cortaron la conversación y miraron a Ricchi.

     - Hola, - dijo Ricchi, completamente desorientado y muy incómodo.

     Todos lo miraron con atención. El hombre de barba se levantó de la mesa y lentamente se acercó al chico.

     - ¿Cómo estás? siéntate.

     - Ah, gracias. Allí afuera está el taxi, no lo pude pagar.

     - Está bien - dijo el hombre - ahora yo lo pago.

     Le hizo al chico un gesto invitándolo a la mesa y se dirigió a la puerta.

    Ricchi caminó hacia la mesa.

     - Gracias, sabe. Me llamo Richard. Ela me dijo que puedo quedarme unos días - dijo Ricchi acomodándose en la mesa - ella no quiso venir ahora conmigo.

     Todos se quedaron quietos y miraron a él con ojos abiertos al máximo.

     El hombre de barba se detuvo en la puerta al medio salir.

     El silencio rompió la bocina del taxi. Parece que chofer ya perdía paciencia.

     Primero reaccionó el hombre de barba.

     - ¿Que dijiste?

     - Yo digo, - la voz de Ricchi empezó a temblar, - que Ela me mando acá. Recién se quedó en la estación de tren.

     La mujer de negro se largó a llorar. El hombre de barba se acercó rápidamente a Ricchi y con un gesto brusco, lo agarró de la remera.

     - ¿Cómo te atreves, venir acá y decir esto? - la cara del hombre se retorcía de rabia - ¡yo soy el padre de Ela!  ¡Mi hija está muerta! ¡Y la acabamos de sepultar hoy!

     De repente Ricchi vio que todo el mundo alrededor se puso negro.  

 

 

                                                    
 



Vitto De Leone

Editado: 27.09.2019

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