La Rosa y la estaca

☨♱♰♱♰ Parte Ⅱ ☨♱♰♱♰

☨♱♰♱♰Días después☨♱♰♱♰

Entré con Salmo y Yara al amplio salón de una tienda cuyas paredes de piedra y madera albergaban hileras de perchas atiborradas. Mi gato me seguía discretamente entre las vigas gruesas del techo y las lámparas de aceite, que bañaban el lugar con una luz más clara de lo habitual. Apenas me detuve a mirar; las telas allí eran suaves, de una calidad muy superior a la de los mercaderes comunes.

—Salmo, ¿crees que este me quedaría bien? —preguntó Yara, sosteniendo un vestido de encaje blanco frente a sí.

El gato saltó ágilmente sobre la mesa. Rodeó la prenda olisqueándola y terminó frotándose contra la pierna de ella.

—Parece que tienes su aprobación, Yara . Él siempre sabe lo que nos queda bien en esta familia, ¿verdad, pequeño?—reí.

Salmo maulló con obediencia y se acomodó entre cajas de zapatos y cintas. Desde allí nos patrullaba mientras mi cuñada seguía probándose vestidos, obsesionada con que cada detalle fuera perfecto para el día más importante de su vida.

«Qué extraño es cómo un solo día puede sentirse tan vital», pensé. «Y, sin embargo, no sería lo mismo sin él. Incluso como dama de honor, comprendo que la verdadera distinción está en cómo vivimos estos segundos, no solo en cómo vestimos».

—Voy a elegir mi vestido de dama de honor, ya que estamos aquí —anuncié.

—¿Cómo me quedaba el anterior? —insistió Yara, dando pequeños pasos rápidos.

—Estabas radiante. Yo dejaría de buscar; ese es el indicado y Salmo ya te ha dado su aquiescencia.

La dependienta se acercó con paso ligero.

—¡Bienvenidas! ¿Buscan algo en particular o solo echan un vistazo?

—Me llevaré este para mi boda —respondió Yara—, y mi cuñada busca uno de dama de honor.

—Algo ceremonial y elegante me sentaría de muerte—añadí, guiñándole un ojo a mi cuñada.

En uno de los percheros de madera encontré un vestido largo de lino morado. Lo desenganché para probármelo y me encerré en el vestidor. La tela se escurría entre mis dedos, fría y noble. Me quité la ropa con cuidado y me deslicé dentro de la prenda; el lino helado me abrazó los hombros con un escalofrío.

—Te queda sublime. ¡Es como si estuviera hecho para ti! —gritó Yara desde afuera, golpeando la puerta.

Se escuchó un porrazo más fuerte seguido de su risa, que rebotaba contra las paredes. La sacudida hizo titilar el probador; sentí que la sangre me subía a la cara y un cosquilleo cálido me recorrió desde el cuello hasta las orejas.

—¡Relájate un poco! —solté una carcajada, bufando.

Tras decidirnos, volvimos con la ropa de calle y los vestidos doblados en nuestras limosneras de piel de dragón.

—Pagaré yo —le dije a la vendedora—. Invito a ambos.

—Gracias, Belladona, pero no hace falta —protestó ella.

—Es tu día especial, disfrútalo. Llevas semanas sin dormir revisando listas y proveedores. No tienes que hacerlo todo sola.

Tras un momento de duda, aceptó. Saqué mi monedero de seda con hilos de oro que llevaba al cinturón. Al abrirlo, el canto de los sangreal al chocar entre sí llenó el aire; era un tintineo metálico y claro, con cada moneda luciendo su valor grabado. Pagué los 780 y salimos de la tienda.

Atrapé a Salmo en mis brazos para cumplir el encargo que mi padre, Phillip, me había dado esa mañana.

Flashback:

—Antes de salir, vas a conseguir una cosa más —dijo mi padre, apoyando una mano sobre la mesa.

—Quiero que me compres una poción de sangre carmesí; se consiguen en mercaderías de la calle o en tiendas mágicas y de brujas. También hay tiendas de pócimas físicas en establecimientos en una esquina, traspasando una pared —continuó mi padre.

—¿Comprarla? Pensé que… —no terminé la frase.

—No la fabriques. Ni la improvises. Ni aceptes una barata de los artesanos —me interrumpió.

—En los comercios encontrarás distintas calidades de la pócima que busco. Quiero una de calidad verdadera —prosiguió Phillip—. Si el precio te parece alto, sabrás que es la correcta. Lo barato, en este caso, es una trampa.

Phillip tomó un pequeño pergamino y escribió algo con rapidez; luego, lo guardó en mi monedero.

—No la muestres a cualquiera. Pregunta con discreción. Y si el comerciante duda, te vas —sentenció.

—Confío en que sabrás elegir —añadió finalmente.

Presente:

Al salir del comercio, Yara y yo marchamos hacia la zona de los alquimistas con Salmo entre mis brazos.

Las calles se iban estrechando a medida que avanzábamos y el ambiente cambiaba, volviéndose más denso. Al doblar una esquina a la izquierda, la vi: la tienda de pócimas.

Tenía las ventanas oscurecidas y los frascos distribuidos en un orden preciso sobre una mesa de madera rústica. Dos postes sostenían una lona de rayas rojas y blancas, decorada con escudos heráldicos de madera. Sobre el mostrador de este pequeño puesto de mercadillo, un mantel de tejido basto de cáñamo arropaba la mercancía.

En un rincón alcancé a ver barriles de vino, cajas de fruta, vajillas de barro y jarras de peltre. Había cueros repujados repartidos por toda la mesa junto a los brebajes, algunos de los cuales también asomaban desde las estanterías situadas a espaldas del mercader. Me acerqué al puesto. El vendedor, con las manos cuajadas de anillos, agitó un frasco antes de ofrecérmelo.

Cerca de mí, otros mercaderes pregonaban sus productos: curas milagrosas, tónicos de fuerza y elixires para la fortuna. El aire era una mezcla de olores dulces, amargos y picantes, con ráfagas de hierbas secas y humo de antorchas. Cada pócima prometía un milagro, pero yo no estaba allí para dejarme engañar, sino para elegir con cuidado.

—¿Qué poción vienen a comprar? —preguntó el mercader.

—Busco la pócima de sanación mayor carmesí de sangre consagrada. ¿Comercia con este brebaje mágico en su puesto? —respondí.




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