La mañana en São Paulo amaneció fresca y despejada. Los grandes ventanales del piso 40 de la sede de la siderúrgica brasileña ofrecían una vista panorámica del corazón financiero de la ciudad.
Mariangel vestía un impecable traje sastre blanco de corte ejecutivo que resaltaba su elegancia natural. A su lado, Marcos lucía un traje azul marino que proyectaba una autoridad aplastante. Aunque la tensión de los celos de la noche anterior se había transformado en una complicidad aún más íntima entre ellos, la actitud de Marcos hacia el entorno corporativo continuaba siendo fría y vigilante.
Al entrar a la imponente sala de juntas, Thiago Moretti ya los esperaba de pie junto a una mesa de caoba ovalada.
—Buenos días, Mariangel, Marcos —saludó Thiago con profesionalismo refinado—. Bienvenidos a la junta general de accionistas.
Mariangel notó de inmediato que, a un costado de la mesa, se encontraba una joven elegantemente vestida con una libreta y las manos dispuestas para comunicarse.
—Antes de comenzar —explicó Thiago, mirando a Mariangel con un profundo respeto profesional—, me tomé la libertad de contratar a Renata, una de las mejores traductoras e intérpretes oficiales de Lengua de Señas del país. Quiero asegurarme de que la voz de Mariangel sea escuchada con total fluidez en esta mesa, sin intermediarios ni demoras.
Mariangel parpadeó, gratamente sorprendida por la consideración. Miró a Renata, quien le dedicó una sonrisa cálida y le realizó la seña de bienvenida: "Un placer trabajar para usted hoy, Sra. Vane". Mariangel le devolvió el saludo con un gesto de genuino agradecimiento.
Marcos asintió levemente con la cabeza, reconociendo el buen gesto ejecutivo de Thiago, aunque sin bajar la guardia.
—Pero hay algo más que quiero que sepas, Mariangel —continuó Thiago, indicándoles que tomaran asiento—. No eres la única en este consejo que utiliza la comunicación gestual. Te presento al Sr. Rodrigo Da Silva, uno de nuestros directivos fundadores y dueño del 15% de la compañía.
En el otro extremo de la mesa, un hombre de unos cincuenta años, de cabello cano y rostro afable, se puso de pie. Rodrigo miró a Mariangel con los ojos brillantes de emoción y, sin necesidad de intérprete, levantó las manos para hablarle directamente en lenguaje de señas internacional:
"Bienvenida, Mariangel. Soy sordo de nacimiento. Es un verdadero honor tener en esta mesa a la hija de Mario Valverde. Tu padre fue un visionario que siempre promovió la inclusión en nuestras plantas industriales".
Mariangel sintió que un calor reconfortante le inundaba el pecho. La tensión que solía sentir en reuniones ejecutivas desapareció por completo. Con una sonrisa radiante y una soltura impresionante, le respondió directamente a Rodrigo:
"El honor es mío, Sr. Da Silva. Me alegra profundamente estar aquí".
Renata tradujo con voz clara y pausada cada movimiento de los dedos de Mariangel para el resto de los ejecutivos presentes, mientras Rodrigo asentía con entusiasmo, encantado de ver la destreza y seguridad de la joven presidenta.
Marcos observaba la escena desde su asiento, al lado de su esposa. Una chispa de orgullo incontenible brillaba en sus ojos azules. Al ver a Mariangel desenvolverse con tanta soltura, firmeza y gracia frente a los magnates brasileños, confirmó que ella no solo era la dueña legítima de esa fortuna, sino una verdadera líder nata.
Thiago carraspeó suavemente y dio la señal a los asistentes para apagar las luces principales y encender la pantalla interactiva.
—Bien —declaró Thiago, abriendo una carpeta dorada sobre la mesa—. Entremos en materia. Vamos a revisar los estados financieros del 30% del fideicomiso Valverde, el fondo acumulado durante los últimos quince años y la propuesta formal sobre el futuro de la siderúrgica.