La Secretaria Muda Del Ceo

Capítulo 23: Fuego en la penumbra

La noche posterior a la firma de la alianza estratégica y la cena de gala se sentía distinta a cualquier otra. Tras liberarse finalmente de los compromisos con la junta directiva y los inversionistas internacionales, Marcos y Mariangel regresaron a la privacidad de su suite en el Copacabana Palace.

La brisa marina de Río de Janeiro entraba por los grandes ventanales del balcón, haciendo ondular las pesadas cortinas de seda blanca. Al fondo, la luz dorada de la costa chocaba contra la oscuridad del océano, pero dentro de la suite solo reinaba una luz tenue, cálida y envolvente, emanada por un par de lámparas de pie y las sombras de la noche.

Mariangel estaba de pie frente al espejo de caoba del vestidor, quitándose los pendientes de diamantes. Vestía un elegante vestido de noche en tono vino tinto, ajustado al cuerpo, que moldeaba la curva de sus caderas y dejaba al descubierto sus hombros y su espalda.

A través del cristal, vio a Marcos avanzar hacia ella. Se había quitado la chaqueta y la corbata; los primeros botones de su camisa de lino blanco estaban desabrochados, dejando al descubierto el inicio de su pecho. Sus ojos azules, habitualmente gélidos y calculadores en el mundo corporativo, ardían ahora con una intensidad pura, oscura y devota.

Marcos se detuvo a un paso de ella. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron sobre la piel desnuda de los hombros de Mariangel, enviando una chispa eléctrica por toda su columna. Bajó despacio, rozando sus brazos hasta alcanzar el cierre metálico en la parte posterior del vestido.

—Llevo toda la noche deseando esto... —murmuró Marcos con una voz baja, rasposa y cargada de una contención que empezaba a romperse—. Viéndote brillar frente a todos, pero sabiendo que al final del día solo eras para mí.

El susurro del cierre deslizándose rompió el silencio. La tela de seda roja cayó lentamente hasta el suelo, quedando Mariangel expuesta en un delicado conjunto de encaje negro.

Un estremecimiento inevitable recorrió la piel de Mariangel. Aunque su corazón latía desbocado en su pecho, no había un solo rastro de miedo en ella. La vulnerabilidad que antes la aterraba se había transformado en un deseo profundo de entregarse al único hombre que la había tratado con dignidad, respeto y adoración.

Se giró lentamente sobre sus talones para encararlo.

Marcos contuvo el aliento. Sus ojos recorrieron cada centímetro de su figura: la blancura de su piel, el ritmo acelerado de su respiración y la mirada avellana que lo contemplaba con una confianza absoluta. Con paciencia reverencial, Marcos acunó el rostro de Mariangel entre sus manos, delineando con el pulgar la curva de sus pómulos y la suavidad de sus labios.

—Mariangel... mírame —le pidió con ternura, buscando una confirmación final—. No hay prisa. Si quieres que vayamos despacio, si prefieres esperar... dímelo.

Mariangel no lo dejó continuar. Llevó sus manos directamente al pecho de Marcos, sintiendo la fuerza y el galope acelerado de su corazón bajo la tela de la camisa. Se alzó sobre la punta de sus pies, rodeó su cuello con los brazos y presionó sus labios contra los de él en un beso hambriento, cálido y profundo, respondiendo a su duda con una entrega implacable.

Marcos soltó un gruñido bajo contra su boca. Perdió la poca contención que le quedaba; la tomó por la cintura con firmeza, levantándola levemente del suelo, y la guio hacia la imponente cama King size.

Ambos cayeron sobre las sábanas de hilo fresco. El contraste entre la fuerza imponente de Marcos y la fragilidad aparente de Mariangel se disolvió en cuanto él comenzó a desvestirse y a quitarle con extrema delicadeza las últimas prendas a ella.

La penumbra de la habitación se llenó del aroma a jazmín de la piel de Mariangel y del perfume amaderado de Marcos. Él se tomó el tiempo necesario para explorar cada rincón de su cuerpo, usando sus labios, sus manos y su aliento cálido. Besó la comisura de sus labios, bajó por la línea del cuello, se detuvo en la delicada curva de su clavícula y continuó descendiendo hasta la firmeza de sus pechos, acariciándolos con la yema de los dedos mientras su boca le arrancaba suaves y contenidos jadeos.

Mariangel enredó las manos en el cabello espeso de su esposo, arqueando la espalda ante un torrente de sensaciones desconocidas y abrumadoras. Cada caricia de Marcos encendía un fuego líquido que corría por sus venas, eliminando los recuerdos amargos del pasado para reemplazarlos con la quemadura del placer.

La masculinidad imponente de Marcos se posicionó sobre ella. A pesar de la urgencia del momento, sus ojos azules se mantuvieron fijos en los de ella, buscando asegurarse de que no hubiera dolor, solo deseo.

—Vas a ser mía, Mariangel... completamente mía —susurró Marcos, sosteniendo las caderas de su esposa con firmeza.

Ella asintió, con la respiración entrecortada y los labios entreabiertos.

Con lentitud, cuidado y una paciencia estudiada, Marcos comenzó a unirse a ella. Al encontrar la sutil resistencia de su virginidad, el cuerpo de Mariangel se tensó ligeramente por el pellizco inicial. Marcos se detuvo de inmediato, hundiéndose solo lo suficiente, y apoyó su frente contra la de ella. Le besó los párpados y la mejilla, hablándole al oído con voz sumisa y protectora:

—Tranquila, mi amor... Respira conmigo. Ya pasó.

Mariangel exhaló despacio, relajando los hombros mientras la molestia desaparecía para dar paso a una sensación de plenitud cálida, profunda y abrumadora. Mariangel apretó sus piernas alrededor de las caderas de Marcos y apoyó las manos en la espalda musculosa de él, indicándole con un leve movimiento de su cuerpo que no se detuviera.

Entendiendo la señal, Marcos comenzó a moverse. Primero con embestidas lentas, largas y profundas, asegurándose de adaptar su ritmo a la sensibilidad de ella. Cada penetración era recibida con un roce exacto que hacía que Mariangel contuviera el aliento.




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