Había transcurrido una semana desde su regreso de Brasil. La alianza internacional entre ambas siderúrgicas ya era un hecho oficial y las acciones del Grupo Valverde se habían disparado en el mercado.
Sin embargo, para Mariangel, el cambio más importante no estaba en los números financieros, sino en su interior. Desde hacía un mes, y por sugerencia amorosa de Marcos, acudía tres veces por semana a terapia con un reconocido especialista en traumas vocales y del habla. El médico trabajaba pacientemente para ayudarla a superar el bloqueo psicológico que la había dejado en silencio tras el doloroso diagnóstico y la pérdida de su madre en la infancia, sumado a los años de maltrato.
Aquel miércoles por la tarde, Mariangel salió de su sesión con el terapeuta sintiéndose extrañamente ligera. Con una sonrisa radiante, decidió darle una sorpresa a Marcos.
Subió a su camioneta con la escolta que Marcos le había asignado y se dirigió a la Torre Vane. Al llegar, el personal de recepción y los guardias le abrieron paso con profundas inclinaciones de respeto. Mariangel ya no necesitaba registrarse; era la Sra. Vane y la dueña absoluta del corazón del hombre más poderoso de la ciudad.
Tomó el ascensor privado directamente hacia el piso ejecutivo. La secretaria de Marcos se levantó a toda prisa al verla llegar.
—Buenas tardes, Sra. Vane —saludó la secretaria con una sonrisa amable—. El Sr. Marcos está en su despacho...
Mariangel le hizo una seña amable indicándole que no hacía falta que la anunciara, pues estaba acostumbrada a entrar libremente a la oficina de su esposo para sorprenderlo.
Ajustó su bolso, caminó hacia las dobles puertas de madera noble y las empujó con suavidad.
Sin embargo, la escena que encontró al cruzar el umbral congeló la sonrisa en sus labios.
Marcos no estaba solo. De pie frente a su gran escritorio de cristal se encontraba una mujer despampanante. Vestía un traje de diseñador ajustado de color rojo pasión, lucía una melena rubia perfectamente peinada y portaba una actitud de absoluta confianza. La mujer estaba inclinada sobre el escritorio, demasiado cerca de Marcos, riendo de forma coqueta mientras hojeaba unos documentos.
Marcos, quien se encontraba revisando unas carpetas, levantó la mirada de inmediato al escuchar la puerta. Al ver a Mariangel, la frialdad de su rostro fue reemplazada al instante por un destello de sorpresa y calidez.
—Mariangel... —dijo Marcos, poniéndose de pie de inmediato.
La mujer rubia se giró despacio. Sus ojos fríos y calculadores recorrieron a Mariangel de pies a cabeza con una mirada cargada de condescendencia y un velado desdén.
—Vaya, pero si es la flamante esposa —dijo la mujer con una voz chillona y empalagosa, dando un par de pasos hacia Mariangel sin que nadie se lo pidiera—. Mucho gusto, querida. Soy Victoria Sterling. Mi padre es el socio principal de la firma de inversiones Sterling en Nueva York... y bueno, Marcos y yo nos conocemos desde hace años. Fuimos pareja durante un buen tiempo antes de que él decidiera "sentar cabeza".
Mariangel sintió como si le hubieran arrojado un balde de agua helada sobre el pecho. La forma en que Victoria pronunció la palabra "pareja" y el tono burlón con el que la miraba no dejaban lugar a dudas de sus intenciones.
Marcos frunció el ceño con una dureza implacable y caminó a gran velocidad para ponerse al lado de Mariangel, rodeando su cintura con firmeza para marcar su lugar.
—Victoria —interrumpió Marcos con una voz tan gélida que cortaba el aire—, el acuerdo comercial con tu padre ya está revisado. La reunión terminó. Te sugiero que te retires.
Victoria arqueó una ceja, lanzándole una sonrisa hipócrita a Mariangel antes de tomar su bolso de marca.
—Por supuesto, Marquitos... Nos veremos en la cena de negocios de esta noche. Fue un placer conocer a tu... tierna esposa —añadió Victoria con ironía antes de salir del despacho con paso firme sobre sus tacones.
Cuando la puerta se cerró, el silencio en la oficina se volvió denso. Mariangel se soltó suavemente del agarre de Marcos y dio un paso atrás, con los ojos avellana fijos en él y el corazón latiéndole con una mezcla de desconcierto y celos dolorosos.