La Secretaria Muda Del Ceo

Capítulo 25: Firmeza, verdades y el veneno de la duda

El sonido del portazo de Victoria Sterling aún retumbaba en las paredes del ostentoso despacho de la Torre Vane. El aire dentro del recinto era denso, sofocante, cargado de un malestar que jamás se había presentado entre ellos.

Mariangel permanecía inmóvil a un par de metros de distancia. Sus dedos, helados por la impresión, apretaban con fuerza la correa de su bolso de mano. Aquella mujer rubia, alta, despampanante y dueña de una voz educada en las escuelas más sofisticadas de Nueva York, encarnaba todo lo que la mente de Mariangel, en sus momentos más oscuros de vulnerabilidad, le hacía temer: el estándar perfecto de la alta sociedad que siempre había rodeado a Marcos Vane.

Marcos intentó dar un paso hacia ella, extendiendo una mano con una mirada llena de preocupación.

—Mariangel... déjame explicarte —dijo él, bajando el tono de su voz a una frecuencia grave, serena y profundamente protectora.

Sin embargo, Mariangel dio un paso involuntario hacia atrás. Negó lentamente con la cabeza, sintiendo que un nudo amargo se le formaba en la garganta. Levantó las manos y sus dedos comenzaron a moverse a una velocidad frenética, revelando la tormenta que se desataba en su interior:

"¿Tu exnovia, Marcos? ¿Una mujer de tu mundo, rica, hermosa, que habla tu mismo idioma? ¿Por qué nunca me contaste de ella? Ella estaba aquí, inclina sobre tu escritorio, riéndose como si este espacio todavía le perteneciera... ¡Se presentó como tu pareja!".

Marcos arrugó la frente, dolido por el matiz de inseguridad que leía en los movimientos de su esposa. Se negó a mantener la distancia. Cruzó el espacio entre ellos en dos zancadas firmes, ignorando el leve retroceso de Mariangel, y tomó sus muñecas con delicadeza pero con una firmeza absoluta, obligándola a detener sus manos y a mirarlo fijamente a los ojos.

—Mírame, Mariangel. Escúchame con atención —ordenó Marcos, sosteniendo su mirada azul sobre los ojos avellana de ella, que comenzaban a cristalizarse por las lágrimas contenidas—. Victoria Sterling no es nadie en mi vida. Es la hija de un socio inversor estadounidense con el que el Grupo Vane tiene convenios desde hace cinco años. Tuvimos una relación breve, superficial y vacía hace más de cuatro años, mucho antes de que yo te volviera a encontrar. Terminó porque es una mujer calculadora, interesada y manipuladora que solo busca alianzas de poder.

Mariangel intentó zafarse de su agarre, pero Marcos la atrajo hacia su pecho, rodeando su cintura con ambos brazos de forma tan posesiva que ella no tuvo más remedio que sentir la fuerza de sus latidos.

—Jamás en la vida he sentido por Victoria, ni por ninguna otra mujer en este mundo, lo que siento por ti —continuó Marcos, ahuecando su rostro entre sus manos grandes y cálidas—. No permitas que una provocación barata te haga dudar de lo que construimos. Tú eres mi esposa. La Sra. Vane. La única mujer que reina en este despacho, en mi casa y en mi vida.

Mariangel inhaló hondo, sintiendo el calor del aliento de Marcos en su frente. La convicción en la voz del magnate era incontestable. A pesar del dolor venenoso de los celos que la invadían, sabía que Marcos no le mentía. Él no era un hombre de medias tintas ni de engaños. Si no quisiera estar con ella, no habría removido cielo y tierra para devolverle su patrimonio y casarse ante la ley y la sociedad.

Lentamente, Mariangel apoyó sus manos sobre el pecho de Marcos. El ritmo acelerado del corazón del empresario reflejaba que la idea de perder su confianza lo alteraba infinitamente más que cualquier crisis financiera de la bolsa de valores.

Mariangel bajó la mirada un segundo, tomó aire para calmar sus pensamientos y levantó los dedos frente a él, esta vez con movimientos más pausados pero cargados de una profunda honestidad:

"No dudo de ti, Marcos. Dudo de mí. Ella es tan adecuada para tu mundo... Habla, interactúa, te da estatus. Yo a veces siento que soy solo una carga con un pasado trágico que necesita traductores y especialistas para tener una voz".

A Marcos se le oprimió el pecho al leer aquellas señas. La ira contra Victoria Sterling creció en su interior multiplicada por cien. Esa mujer había venido a su oficina a depositar dudas en el espíritu de Mariangel, justamente cuando su esposa estaba floreciendo y recuperando su seguridad tras años de abuso a manos de Raúl y Eugenia.

Marcos apretó la mandíbula, acercó sus labios a la oreja de Mariangel y le susurró con una devoción feroz:

—No vuelvas a decir eso. Victoria no te llega ni a los talones. Tú has reconstruido un imperio en un mes, has cerrado tratos internacionales por mérito propio y posees un alma pura que ninguna de esas personas de la alta sociedad podría soñar con tener. Eres mi igual, Mariangel. Eres la presidenta de tu propio imperio. Y esta noche, en esa cena de negocios a la que Victoria cree que asistiré solo para hacer tratos, tú irás a mi lado como la dueña absoluta de mi representación.

Mariangel lo miró, notando el brillo oscuro y decidido en los ojos de su esposo. El miedo comenzó a disiparse, reemplazado por un destello de orgullo y valentía. Si Victoria Sterling quería jugar a la alta sociedad para intimidarla, se encontraría con una mujer muy diferente a la joven asustada que habitaba el sótano de la mansión Valverde.

"Iré contigo" —firmó Mariangel con la cabeza en alto—. "Y le dejaré muy claro a esa mujer quién es la que está a tu lado".

Marcos sonrió, complacido por la chispa de fuego que veía nacer en los ojos avellana de su esposa. Se inclinó y la besó en los labios con lentitud y posesión, sellando un pacto no escrito.

A las ocho de la noche, el restaurante más exclusivo de la zona bancaria resplandecía con luces cálidas, arreglos florales importados y las personalidades más influyentes del sector financiero nacional e internacional. Las mesas de caoba y manteles de lino albergaban a presidentes de bancos, inversionistas de Wall Street y embajadores comerciales.




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