La Secretaria Muda Del Ceo

Capítulo 26: La conspiración del despecho

El restaurante del exclusivo club privado Los Altiplanos ofrecía la privacidad absoluta que la alta sociedad buscaba para sus negocios más oscuros. Ubicado en una terraza discreta rodeada de vegetación exuberante y cristales polarizados, el lugar garantizaba que ninguna cámara de prensa ni oídos curiosos pudieran interceptar las conversaciones de sus comensales.

Alrededor de una mesa redonda de mármol negro se encontraban sentados Raúl, Eugenia, Lorenzo e Isabella. Los cuatro vestían ropas de marca —adquiridas a crédito o rescatadas de sus antiguos tiempos de bonanza— en un intento desesperado por mantener la apariencia de estatus que la presidencia de Mariangel les había arrebatado.

En la cabecera de la mesa, con unas gafas de sol oscuras que ocultaban la rabia contenida en sus ojos, se encontraba Victoria Sterling. Sobre la mesa, una copa de champán rosado permanecía intacta mientras la mujer tamborileaba sus uñas acrílicas de color carmesí contra la superficie de mármol, produciendo un chasquido rítmico y exasperado.

—¡Aquello fue una humillación infame! —estalló Victoria con la voz sofocada por la ira, quitándose las gafas de golpe y arrojándolas sobre la mesa—. ¡La mudo-hablante me dejó en ridículo frente a mi propio padre y ante media cúpula empresarial del país! ¡Mi padre se pasó toda la mañana elogiando la "dignidad y visión ejecutiva" de esa inválida!

Eugenia, sentada a su derecha, se apresuró a inclinar el cuerpo hacia adelante, adoptando una postura servil y aduladora. Fue ella quien, dos semanas atrás, tras rastrear obsesivamente la vida pasada de Marcos Vane en la prensa internacional, descubrió el antiguo romance del magnate con la hija del inversor neoyorquino y gestionó el contacto secreto a través de un intermediario.

—Calma, mi querida Victoria —dijo Eugenia con una sonrisa serpenteante y un tono de voz empalagoso—. Lo de anoche solo fue una pequeña batalla ganada por la suerte. No había sido una coincidencia que ayer fueras a la oficina de Marcos; nosotros te dimos los horarios exactos para que la encontraras a solas con él. Sabíamos que Mariangel iría a buscarlo después de su terapia. Pero jamás imaginamos que Marcos tendría la audacia de llevarla a la cena de tu padre.

—Esa chica es una astuta manipuladora —añadió Raúl, ajustándose el cuello de la camisa con amargura mientras recordaba su puesto degradado en la empresa—. Ha estado usando a Marcos como su perro de pelea para quitarnos todo lo que por derecho es nuestro. Nos tiene viviendo en cuartos de servicio en nuestra propia mansión, cobrando sueldos de empleados comunes. ¡Ella no es más que una niña mimada que no sabe nada de la vida!

—¡A mí me provocó náuseas ver el diamante que llevaba en el dedo! —intervino Isabella, apretando los puños con los nudillos blancos—. Ese anillo debía ser para alguien con verdadera elegancia, no para una chica que solo sabe mover los dedos como una marioneta. Victoria, tú eres mil veces más hermosa, más educada y más adecuada para Marcos. Él solo está deslumbrado por el capricho de jugar al héroe rescatador.

Victoria tomó un sorbo rápido de champán, intentando aplacar el ardor de su orgullo herido. La velada de la noche anterior había dejado una marca profunda en su ego. Durante años, Victoria asumió que Marcos Vane terminaría regresando a ella cuando buscara una esposa de su nivel social. Ver la forma en que los ojos azules del CEO brillaban de devoción hacia Mariangel —una devoción posesiva, intensa y absolutamente real— la había enloquecido de celos.

—Marcos no es un hombre de emociones baratas —sentenció Victoria, cruzando las piernas con frialdad—. Si está con ella, es porque esa niña logró despertar en él un instinto de protección obsesivo. Se siente su dueño, su salvador. Pero si le demostramos que esa muñequita perfecta le está ocultando secretos o que su imperio Valverde es una bomba de tiempo financiera, Marcos la desechará sin dudarlo. Él odia la traición y la mentira por encima de cualquier cosa.

—Por eso te buscamos, Victoria —dijo Lorenzo, tomando la palabra por primera vez mientras saboreaba un trago de whisky—. Nosotros conocemos cada rincón de esa casa, conocemos sus debilidades y los traumas de Mariangel. Ella está yendo a un terapeuta vocal tres veces por semana. Está intentando recuperar la voz. Si esa chica llega a hablar, Marcos la va a poner en un altar aún más alto. Tenemos que destruirla ahora, antes de que fortalezca más su posición.

Eugenia sonrió, deslizando una carpeta de cuero negro por el centro de la mesa hacia Victoria.

—¿Qué es esto? —preguntó la rubia, arqueando una ceja con intriga.

—Información confidencial —respondió Eugenia con un brillo malévolo en la mirada—. Raúl logró fotografiar varios documentos antiguos del archivo privado de la empresa antes de que Marcos cambiara las cerraduras de la oficina presidencial. Hay contratos de transferencias inconclusas, firmas dudosas y nombres de antiguos proveedores internacionales que quebraron en circunstancias extrañas durante la gestión de Mario Valverde, el padre de Mariangel.

Victoria abrió la carpeta y comenzó a hojear las copias de los documentos. Sus ojos fríos leyeron las cifras y las fechas con rápida astucia ejecutiva.

—¿Están diciendo que el padre de Mariangel no era el santo empresarial que todos creen? —inquirió Victoria con una sonrisa calculadora comenzando a dibujarse en sus labios.

—Mario Valverde era un hombre impecable —admitió Raúl con rabia en la voz—, pero durante los últimos meses antes del accidente de su esposa, realizó movimientos financieros muy arriesgados en el extranjero para financiar las investigaciones médicas de la madre de Mariangel. Si esa información se saca de contexto y se filtra a la prensa con la narrativa correcta, parecerá que la fortuna de los Valverde se construyó sobre un fraude fiscal multimillonario.

—Y no solo eso —agregó Eugenia, acercándose más a Victoria para susurrar con veneno—: si logramos sembrar la duda de que Mariangel sabía de estas irregularidades y se las ocultó a Marcos para que él pagara las deudas con el dinero del Grupo Vane, la confianza entre ellos se romperá en mil pedazos. Marcos sentirá que fue utilizado como un simple chequero por una chica que se hacía la víctima.




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