La luz cálida del atardecer filtraba una atmósfera pacífica dentro del consultorio del Dr. Ramos, el reconocido terapeuta e fonoaudiólogo de Mariangel. El espacio, aislado acústicamente del bullicio de la ciudad, estaba diseñado para transmitir serenidad.
Mariangel se encontraba sentada en un cómodo sillón de piel frente al especialista. Durante las últimas semanas, los ejercicios de respiración diafragmática, la desensibilización del trauma y la estimulación de las cuerdas vocales habían preparado el camino, pero el verdadero obstáculo siempre había sido el bloqueo emocional: el nudo invisible que el miedo y los abusos de su infancia habían atado en su garganta.
—Mariangel —habló el Dr. Ramos con voz suave, colocando un espejo pequeño frente a ella—. Olvídate por un momento de la técnica. Piensa en el lugar donde te sientes más segura en este mundo. Piensa en la persona que te ha dado la fuerza para ponerte de pie frente a todos.
Mariangel cerró los ojos avellana. En su mente no aparecieron los fantasmas del pasado ni las humillaciones de Eugenia. Apareció la figura de Marcos Vane: su mirada azul llena de devoción, la firmeza de sus manos sosteniendo las suyas, el calor de sus abrazos en la suite de Brasil y la forma en que él la miraba como si fuera el tesoro más valioso del universo.
El calor de ese amor disipó la última sombra de miedo en su pecho. Mariangel abrió los ojos, inhaló aire profundamente llenando sus pulmones y relajó la mandíbula. El doctor la observó en silencio, notando la transformación en su rostro.
Mariangel entreabrió los labios. La vibración comenzó en su diafragma, subió por su garganta sin tropezar con ningún nudo y atravesó el aire del consultorio.
—Mar... cos —susurró.
La palabra salió en un hilo de voz suave, áspero por los años de desuso, pero completamente claro, melódico y nítido.
El Dr. Ramos no pudo contener una sonrisa de profunda emoción y asintió con entusiasmo. Mariangel se llevó ambas manos a la boca, con los ojos llenos de lágrimas de absoluta felicidad. ¡Lo había logrado! Después de quince años de un silencio forzado por el dolor, la primera palabra que salía de sus labios era el nombre del hombre que le había devuelto la vida.
Mientras tanto, en la oficina de alta seguridad de la Torre Vane, la atmósfera era sumamente distinta.
Las luces de la sala de control estaban atenuadas. Marcos se encontraba sentado frente a una gran consola de audio, flanqueado por Héctor, su jefe de seguridad corporativa, y dos analistas de inteligencia. Sobre el escritorio reposaba una carpeta con la fotografía de Victoria Sterling, Raúl, Eugenia, Lorenzo e Isabella reunidos en la terraza del club Los Altiplanos.
Héctor presionó un botón en la pantalla táctil y el altavoz central reprodujo el audio capturado horas atrás por el agente encubierto que seguía los pasos de Raúl. La voz chillona de Victoria y la conspiración maquiavélica de Eugenia resonaron con absoluta claridad en la habitación:
«...si logramos sembrar la duda de que Mariangel sabía de estas irregularidades y se las ocultó a Marcos para que él pagara las deudas con el dinero del Grupo Vane, la confianza entre ellos se romperá en mil pedazos... Mi padre tiene contactos con los periódicos financieros... La portada será el Gran Fraude del Imperio Valverde...»
El audio terminó con el sonido sutil de las copas chocando en aquel brindis lleno de veneno.
Héctor miró a su jefe, esperando una orden inmediata de arresto o una demanda por difamación.
—Señor Vane —intervino Héctor con tono rígido—, tenemos las grabaciones limpias, las identidades confirmadas y los documentos que intentaron fotografiar. Puedo enviar a la policía ahora mismo a la mansión para detener a Raúl por intento de fraude y revelación de secretos industriales.
Marcos permaneció en silencio durante unos segundos. Apoyó los codos sobre el escritorio y entrelazó los dedos, mientras una sonrisa fría, calculadora y despiadada se dibujaba en sus labios. Sus ojos azules brillaban con una inteligencia superior.
—No todavía, Héctor —respondió Marcos con una tranquilidad que helaba la sangre—. Que ejecuten su plan. Dejemos que Victoria envíe los documentos a la prensa y que Raúl crea que finalmente ha ganado. Quiero que inviertan su dinero, sus contactos y su última carta en este ataque.
—¿Quiere dejarlos avanzar? —preguntó Héctor con sorpresa.
—Exacto —sentenció Marcos con voz autoritaria—. Cuando la trampa esté completamente armada y crean que nos tienen acorralados, intervendremos públicamente para destruirlos no solo legalmente, sino social y financieramente de forma definitiva. Victoria perderá el respaldo de su padre, y Raúl y Eugenia terminarán en prisión sin posibilidad de fianza. Mantén al equipo de vigilancia alerta las veinticuatro horas.
Cayó la noche en la ciudad. Pasadas las diez de la noche, el automóvil blindado de Marcos cruzó los portones de hierro de la Mansión Valverde.
Sin embargo, en lugar de la paz y el silencio característicos de la propiedad, un escándalo ensordecedor retumbaba desde la fachada principal. Luces de colores parpadeaban a través de los grandes ventanales del primer piso, el retumbar de los bajos de la música hacía vibrar los cristales y decenas de jóvenes de la alta sociedad —amigos superficiales de Lorenzo e Isabella— consumían alcohol y reían ruidosamente en la sala de estar principal y los pasillos.
La mandíbula de Marcos se apretó instantáneamente. La falta de respeto hacia la casa de Mariangel era inaceptable.
Bajó del vehículo con paso firme y rápido, cruzando la entrada sin que los jóvenes borrachos siquiera notaran la presencia del dueño del Grupo Vane. Marcos ignoró el caos del primer piso y subió a grandes zancadas las escaleras hacia el ala privada de la suite principal.
Al abrir la puerta de la habitación, el contraste fue inmediato. Mariangel estaba sentada en la orilla de la gran cama, vistiendo un camisón de seda blanco, frotándose las sienes con ambas manos en un gesto de evidente fatiga y molestia por la migraña que el retumbo de la música le estaba provocando.