La Secretaria Muda Del Ceo

Capítulo 31: Un latido, un nuevo comienzo

El baño privado del Café de la Paix estaba sumido en un silencio tenso. Mariangel permanecía inclinada sobre el lavabo de mármol, lavándose el rostro con agua fría mientras respiraba con dificultad. El mareo comenzaba a ceder lentamente, pero una extraña sensación de calidez y plenitud recorría la parte baja de su vientre.

Camila y Sofía estaban a su lado, sosteniéndole el cabello con preocupación y pasándole toallas de papel secas.

—Mari, ¿cómo te sientes? —preguntó Sofía con voz suave, acariciándole la espalda—. ¿Llamamos a una ambulancia o a tu médico?

Mariangel se erguía despacio, mirándose al espejo. Su rostro, aunque aún un poco pálido, reflejaba una serenidad repentina. Se llevó una mano al vientre de manera instintiva. En su mente comenzaron a encajar las piezas de los últimos días: el cansancio inusual por las tardes, su sensibilidad a ciertos olores que antes le fascinaban y el leve retraso en su ciclo que no había tomado en cuenta debido al ajetreo de los juicios.

—No... no hace falta una ambulancia —dijo Mariangel con una voz suave pero sorprendentemente clara, haciendo un esfuerzo consciente por hablar.

Camila la miró fijamente a los ojos. Una chispa de intuición femenina cruzó por la mente de su amiga.

—Mari... ese pastel de chocolate era tu debilidad absoluta —comentó Camila con una sonrisa astuta y los ojos muy abiertos—. Y este mareo repentino... Mariangel, ¿cuándo fue la última vez que revisaste tu calendario?

Los ojos avellana de Mariangel se iluminaron con una mezcla de asombro y emoción pura. No hizo falta que respondiera con palabras; el rubor cálido que volvió a sus mejillas y la sonrisa radiante que se dibujó en sus labios fueron respuesta suficiente.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Sofía, llevándose las manos a las mejillas para ahogar un grito de alegría—. ¡Mari! ¿Estás pensando lo mismo que yo?

Mariangel levantó las manos y firmó rápidamente con los dedos temblando de felicidad: "Tenemos que ir a una farmacia... ahora mismo".

Veinte minutos después, en el baño de la suite principal de la Mansión Valverde, Mariangel esperaba en silencio.

Sobre la cubierta de mármol del tocador reposaba una pequeña prueba de embarazo digital. A su lado, Camila y Sofía aguardaban abrazadas con la respiración contenida.

El temporizador del dispositivo llegó a cero. Mariangel caminó a paso lento hacia el tocador con el corazón latiéndole desbocado en el pecho. Al inclinarse para ver la pequeña pantalla de cristal líquido, dos palabras en español brillaron con una claridad absoluta:

EMBARAZADA (2-3 SEMANAS)

Una lágrima de felicidad pura rodó por la mejilla de Mariangel. Soltó un suspiro de júbilo y se llevó ambas manos al pecho. Camila y Sofía gritaron de emoción y se abalanzaron sobre ella para envolverla en un abrazo apretado lleno de risas y lágrimas.

—¡Vas a ser mamá, Mari! —chilló Camila con alegría—. ¡Un bebé Vane Valverde!

—Marcos se va a volver loco de felicidad —añadió Sofía, limpiándose los ojos—. Tienes que decírselo hoy mismo.

Mariangel miró la prueba en su mano. Una emoción abrumadora la invadió al pensar en el hombre que la había rescatado de la penumbra. Marcos, el hombre imponente y frío frente al mundo, pero el esposo más dulce, posesivo y protector en la intimidad, se convertiría en padre.

A las siete de la tarde, la luz del atardecer teñía de tonos dorados y violetas los amplios ventanales del despacho principal en la Mansión Valverde.

Marcos había regresado de la Torre Vane mucho antes de lo habitual. Héctor le había informado discretamente sobre el mareo de Mariangel en el centro comercial, y el magnate había dejado inconclusas dos reuniones ejecutivas para volar hacia la propiedad, lleno de angustia y preocupación por la salud de su esposa.

Marcos caminaba a grandes zancadas por el pasillo del segundo piso cuando la puerta de la suite principal se abrió.

Mariangel salió a su encuentro. Lucía un vestido blanco de seda, sencillo pero majestuoso, y sus ojos avellana brillaban con una luz tan intensa que Marcos se detuvo en seco.

—Mariangel... —dijo Marcos con la voz agitada, acortando la distancia para tomar su rostro entre sus manos grandes y cálidas—. Héctor me dijo que te sentiste mal en la cafetería. ¿Qué ocurrió? ¿Te duele algo? Ya llamé al Dr. Ramos y al especialista para que vengan a examinarte...

Mariangel sonrió con infinita dulzura. Le tomó las manos y las alejó suavemente de su rostro. Sosteniendo su mirada azul, comenzó a firmar despacio, combinando el movimiento de sus dedos con su voz que cada día ganaba más fuerza y belleza:

"No estoy enferma, mi amor..." —dijo Mariangel, pronunciando cada sílaba con nitidez—. "Estoy... muy bien".

—¿Entonces por qué tuviste esos náuseas? —pregunto Marcos, confundido y con el ceño fruncido por la preocupación.

Mariangel no respondió con palabras. Tomó la mano derecha de Marcos, grande y firme, y la guio lentamente hasta posarla sobre su vientre plano.

Marcos se congeló. Su respiración se detuvo por completo. Los ojos azules del empresario más poderoso del país se abrieron de par en par mientras la mirada bajaba hacia la mano que reposaba sobre el abdomen de su esposa.

Mariangel sacó de su bolsillo una pequeña caja de terciopelo azul y se la entregó.

Con dedos que por primera vez en su vida temblaban de emoción, Marcos abrió la cajita. En el centro, descansaba la prueba digital con el resultado positivo, acompañada por un pequeño par de zapatitos de lana tejida en color blanco que Camila le había ayudado a comprar minutos atrás.

El silencio en el pasillo se volvió sagrado.

Marcos se quedó inmóvil contemplando el pequeño objeto. El hombre que jamás había mostrado debilidad ni duda ante nada en la vida, sintió que un nudo de profunda y abrumadora emoción se le formaba en la garganta. Levanto la mirada hacia Mariangel; sus ojos azules estaban cristalizados por lágrimas de pura felicidad.




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