La Secretaria Muda Del Ceo

Capítulo 33: Rosas, azules y el caos de las tías

Habían transcurrido casi cuatro meses desde aquella inolvidable primera ecografía. La Mansión Valverde resplandecía bajo el sol de la mañana; tras la partida definitiva de la mala vibra de Eugenia y Raúl, la propiedad familiar de Mariangel había recuperado la luz, llenándose de risas, flores frescas y los preparativos para el futuro.

El vientre de Mariangel ya lucía una hermosa y evidente curvatura de casi cinco meses de gestación. Su recuperación vocal era un éxito rotundo: hablaba con soltura, gracia y una voz dulce que llenaba de calidez cada rincón de la casa, aunque de vez en cuando le gustaba usar las señas con Marcos como un código secreto de amor.

En la última consulta médica, la ginecóloga había logrado confirmar con absoluta claridad el sexo del bebé. Sin embargo, respetando el pacto sagrado, colocó el resultado dentro de un sobre dorado sellado y se lo entregó directamente a Camila y Sofía. Ellas dos, en su papel de "tías oficiales y coordinadoras absolutas", eran las únicas en todo el país que sabían la gran verdad y estaban a cargo de organizar la gran revelación en los jardines de la mansión.

A las siete de la mañana del día del evento, el jardín principal de la Mansión Valverde era un hervidero de actividad. Decenas de globos gigantes, centros de mesa con flores importadas, una estación de repostería fina y un gran pastel central decorado en tonos neutros ocupaban el césped.

Sofía llegó luciendo impecable, pero arrastrando literalmente del brazo a Mateo, su novio desde hacía dos años. Mateo, un joven arquitecto de carácter afable y pacífico, llevaba los brazos cargados con tres cajas gigantescas llenas de serpentinas, cañones de humo y luces LED.

—¡Mateo, por favor, cuidado con los globos de helio! —ordenó Sofía con voz de mando y las manos en la cintura, girando sobre sus talones—. Si se me vuela uno solo de los ositos de peluche, te juro que no hay cena este fin de semana. Pon esas cajas junto al escenario principal y luego ve a ayudar a los decoradores con la cortina de flores. ¡Movimiento!

El pobre Mateo suspiró con resignación, intentando no tropezar con su propio cargamento mientras miraba al cielo.

—Sí, mi amor... lo que tú digas, mi amor —murmuró Mateo, cargando una estruendosa caja de madera mientras intentaba secarse el sudor de la frente.

Desde la terraza de la cocina, Gabriel Vane, el hermano menor de Marcos, observaba la escena riendo a carcajadas con un vaso de jugo de naranja en la mano. Gabriel era un joven arquitecto de veintiséis años, carismático, relajado y divertido, que aún vivía en la Mansión Vane junto a los padres de Marcos. Había llegado temprano a la propiedad de su cuñada exclusivamente para no perderse el evento de su futuro sobrino.

A su lado, Camila ajustaba la lista de pendientes en su tableta digital.

—No te rías del pobre Mateo, Gabriel —dijo Camila lanzándole una mirada juguetona—. Sofía lleva tres semanas planeando esto. Si algo sale mal, nos va a mandar a fusilar a todos.

Gabriel dio un paso hacia ella, apoyando el codo en el pasamanos con una sonrisa encantadora que hizo sonreír a Camila. Desde que se conocieron días atrás, la química entre el hermano menor de Marcos y la mejor amiga de Mariangel había sido instantánea y chispeante.

—A mí no me asusta tu amiga —bromeó Gabriel con una guiño pícaro—. Además, yo vine a ponerme a tus órdenes, capitana. ¿Qué necesitas que cargue, arme o monte para que esta fiesta sea perfecta? Porque si hay algo que los hermanos Vane sabemos hacer, es tomar el control.

—Vaya, qué modesto saliste —respondió Camila entre risas, entregándole una enorme pancarta decorativa—. Está bien, voluntario. Ayúdame a colgar este letrero gigante en el arco principal. Y ni se te ocurra dejarlo torcido, porque Sofía nos destruye.

—Tus deseos son órdenes, futura tía —le devolvió Gabriel, tomándole la pancarta y rozándole los dedos "sin querer", haciendo que a Camila se le subieran los colores a las mejillas.

Mientras afuera el caos organizado avanzaba a paso firme con un Mateo sudando la gota gorda y un Gabriel coqueteando abiertamente con Camila mientras colgaba guirnaldas, en el interior de la suite principal de la Mansión Valverde se respiraba una atmósfera de absoluta paz y romanticismo.

Mariangel vestía un impresionante vestido materno de gasa en tono blanco marfil, con los hombros al descubierto y una caída fluida que acentuaba la hermosa forma de su panza. Estaba sentada frente al peinador terminando de colocarse unos pendientes de perlas.

Marcos caminó hacia ella por la espalda. Lucía impecable con una camisa de lino azul claro con las mangas arremangadas hasta los antebrazos y pantalones oscuros. Se inclinó por detrás, rodeando con delicadeza la cintura de su esposa y posando ambas manos sobre su vientre, apoyando la barbilla en su hombro.

—Estás bellísima, mi reina —murmuró Marcos con su voz grave, besándole la mejilla con ternura.

Mariangel sonrió, girando levemente la cabeza para mirarlo a los ojos.

Gracias, mi amor —dijo Mariangel con su dulce voz real, fluida y melódica—. Aunque afuera me parece que Sofía tiene a tu hermano y a Mateo trabajando como en un campo de entrenamiento.

Marcos soltó una risa baja y varonil, algo que solo Mariangel lograba sacarle con tanta soltura.

—A Gabriel le hace falta trabajar un poco para variar —bromeó Marcos—. Y respecto al novio de Sofía... le compadezco, pero admiro su paciencia. Por cierto, ¿ya intentaste sobornarlas para que te digan qué es?

Mariangel soltó una risita encantadora, levantando las manos para hacerle señas divertidas: "Lo intenté tres veces ayer. Les ofrecí el mejor paquete de spa de la ciudad, pero Camila dijo que Sofía juró sobre la tumba de su honor que nadie sabrá nada hasta que estalle la bomba de humo".




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