Si alguien le hubiera dicho a Marcos Vane —el ejecutivo más implacable del sector financiero, el hombre que mantenía a raya a las juntas directivas más voraces de Wall Street y que cotizaba en la bolsa internacional con paso firme— que su mayor desafío no sería una recesión económica, sino encontrar helado de pistacho con chile en polvo a las tres y media de la mañana, se habría reído en su cara.
Pero la paternidad tenía sus propias leyes, y en la Mansión Valverde, la ley la dictaba Mariangel.
A las seis semanas de confirmarse el embarazo de la pequeña princesa, el cuerpo y las hormonas de la joven presidenta habían decidido iniciar una revolución biológica de proporciones épicas. Los primeros meses habían sido relativamente tranquilos, pero al cruzar la barrera del quinto mes, la dulzura habitual de Mariangel había comenzado a alternarse con una montaña rusa de emociones tan impredecibles como intensas. Y Marcos, con una devoción casi sobrehumana, estaba en la primera fila de la atracción.
Era un martes por la tarde en el despacho de la suite principal. Mariangel estaba sentada en un gran sillón de lectura, vistiendo un cómodo vestido de maternidad en tono rosa pálido que marcaba a la perfección su curvado abdomen. A su lado, sobre una mesa auxiliar, reposaban tres carpetas corporativas con los informes del balance trimestral de las Empresas Valverde.
Marcos acababa de entrar tras finalizar una llamada de conferencia con los inversionistas de Londres. Se quitó la chaqueta del traje, se aflojó la corbata de seda y caminó hacia ella con una sonrisa cálida, listo para besar a su esposa.
—Hola, mi reina —murmuró Marcos con voz profunda, inclinándose para depositar un tierno beso en sus labios.
Mariangel, sin embargo, se echó hacia atrás de golpe. Su rostro, que un segundo antes lucía sereno, se contrajo en una expresión de absoluto dramatismo. Los ojos avellana se le llenaron de lágrimas en cuestión de dos segundos.
Marcos se congeló en seco, con el pulso acelerándosele al instante.
—Mariangel... ¿qué ocurre? ¿Te duele algo? ¿Llamo al doctor? —preguntó preocupado, arrodillándose a su lado de inmediato.
Mariangel llevó las manos a su rostro y comenzó a sollozar de forma desconsolada.
—¡Ya no me amas! —exclamó Mariangel con su dulce voz, aunque sofocada por el llanto genuino.
Marcos parpadeó, completamente desorientado. Miró a su alrededor buscando una respuesta lógica en las paredes de la habitación.
—¿Qué? Mi amor, ¿de qué estás hablando? Te amo más que a mi propia vida.
Mariangel se destapó la cara, mirándolo con un puchero trágico y los ojos cristalizados por el llanto.
—Llegaste del trabajo, te quitaste la chaqueta primero y tardaste exactamente cuatro pasos en venir a besarme. ¡Antes venías directo hacia mí! ¡Es porque estoy gorda y ya no te parezco hermosa! —protestó Mariangel, combinando su voz con señas frenéticas y exageradas: "¡Cuatro pasos, Marcos! ¡Los conté!".
El imponente CEO del Grupo Vane se quedó petrificado. Si uno de sus directores de finanzas le hubiera presentado un argumento tan disparatado en una reunión de negocios, lo habría despedido en el acto. Pero frente a la mujer de su vida, cuyo vientre albergaba a su primera hija, la lógica corporativa no tenía ningún valor.
Marcos tragó saliva, tomó las manos de Mariangel y se las llevó a los labios, mirando a su esposa con una mezcla de absoluta ternura y contenida diversión.
—Mi vida... tardé cuatro pasos porque dejé el teléfono sobre la mesa para que nadie nos interrumpiera —explicó Marcos con una paciencia infinita y una seriedad casi cómica—. Y no estás gorda. Estás llevando a nuestra hija. Estás más radiante, hermosa y deslumbrante que nunca. Si no voy directo a ti a cada segundo es porque tengo miedo de romperte de lo perfecta que te ves.
Mariangel lo miró fijamente. El llanto cesó de manera tan repentina como había comenzado. Se limpió una lágrima con el dorso de la mano, procesó las palabras de su esposo y, de un segundo a otro, una sonrisa radiante y luminosa se dibujó en sus labios.
—Awww... qué tierno eres, mi amor —dijo Mariangel con una voz angelical, acariciándole la mejilla como si nada hubiera pasado—. ¿Me traes un pedazo de queso gouda con mermelada de mora?
Marcos soltó un suspiro contenido, entre la risa y el alivio.
—Por supuesto, mi reina. Lo que tú pidas.
A las ocho de la noche, la Mansión Valverde recibió una visita que terminó de armar el cuadro de comedia de la jornada. Gabriel Vane, el hermano menor de Marcos, había pasado por la propiedad para entregar unos planos de remodelación que Mariangel le había pedido para la habitación de la bebé.
Se encontraban los tres en el comedor principal. Gabriel disfrutaba de un plato de cenar mientras observaba con atención la combinación culinaria que la servidumbre le había preparado a su cuñada por orden expresa de ella: un plato de pasta con salsa blanca, acompañado de rodajas de pepinillos en vinagre y una taza de chocolate caliente.
Gabriel se quedó mirando el plato de Mariangel con la ceja arqueada y una mueca de evidente desconcierto.
—Cuñadita... no es por nada, pero si yo me como eso, paso tres días en emergencias médicas —bromeó Gabriel, sirviéndose una copa de agua—. ¿De verdad te sabe rico combinar pasta con vinagre y chocolate?
Mariangel se congeló con el tenedor a medio camino de la boca. Miró a Gabriel. Luego miró su plato. Y de pronto, la calma volvió a evaporarse. Su rostro se volvió gélido, emulando la mejor de las miradas amenazantes que solía poner su esposo en el mundo de los negocios.
—¿Estás juzgando la dieta de tu sobrina, Gabriel Vane? —preguntó Mariangel con un tono grave y calmado que hizo que Gabriel tragara saliva con dificultad.
—No, no... para nada, Mariangel, yo solo decía que...