Faltaban solo un par de semanas para la fecha estimada del parto. La Mansión Valverde estaba sumida en el silencio más absoluto de las tres y cuarenta y siete de la mañana. Todo en la propiedad estaba meticulosamente preparado: los bolsos del bebé llevaban un mes empacados en la entrada, la habitación de la princesa estaba lista y los protocolos de emergencia estaban revisados al detalle.
Sin embargo, como en toda gran historia, los bebés no leen agendas ejecutivas.
En la penumbra de la suite principal, Mariangel sintió una punzada violenta en la espalda baja, seguida inmediatamente de una sensación cálida que humedeció las sábanas de seda. Se incorporó en la cama con los ojos abiertos de par en par, procesando lo que acababa de suceder.
La fuente se le había roto. Su hija venía en camino ahora.
—¡Marcos! —gritó Mariangel, sacudiendo a su esposo del hombro—. ¡Marcos, despierta!
Marcos Vane, acostumbrado a conciliar el sueño profundamente tras largas jornadas, apenas balbuceó algo ininteligible en medio de un trance de sueño pesado:
—Mmm... no, Héctor... la reunión de Londres es a las diez... déjame los balances en la mesa...
—¡Marcos! ¡Se me rompió la fuente! ¡La bebé va a nacer! —exclamó Mariangel, dándole empujones más fuertes, pero el empresario simplemente se acurrucó más en la almohada.
La paciencia de la futura madre, alterada por una contracción intensa que le recorrió el vientre, se agotó en un milisegundo. Mariangel alzó la mano derecha y, sin pensarlo dos veces, le asestó una sonora y contundente bofetada directo en la mejilla.
¡ZAS!
El chasquido del golpe resonó en toda la habitación.
Marcos se sentó de golpe en la cama como si le hubieran disparado con una pistola eléctrica. Se llevó la mano a la mejilla encendida, con los ojos inyectados en sangre por el susto y mirando desorientado a su alrededor.
—¡¿Qué?! ¡¿Quién entra?! ¡¿Quién ataca?! —exclamó Marcos en guardia, buscando un enemigo invisible.
—¡Nadie ataca, imbécil! ¡Es nuestra hija! ¡Se me rompió la fuente, Marcos Vane! —le gritó Mariangel a todo pulmón, combinando las palabras con señas desesperadas y tomándose la panza con dolor.
El cerebro del magnate tardó dos segundos en procesar la información. Toda su compostura, su elegancia de CEO y su frialdad ante las crisis financieras saltaron por la ventana. El gran Marcos Vane entró en pánico absoluto.
—¡¿La fuente?! ¡¿Ahora?! ¡Pero si la doctora dijo que faltaban dos semanas! ¡No, no, no! ¡Espera, no nazcas todavía! —gritó Marcos, saltando de la cama como si el colchón estuviera en llamas.
Corrió torpemente hacia el vestidor. En su desespero por vestirse rápido, se puso los pantalones al revés, intentó metérsela camiseta por la cabeza sin encontrar el cuello y tropezó de forma vergonzosa con sus propios zapatos, yendo a parar al suelo con un estrépito de madera.
—¡Marcos, por el amor de Dios! —grito Mariangel entre un quejido de dolor—. ¡Ayúdame a levantarme!
Marcos se levantó del piso como pudo, corrió hacia el pasillo y agarró los dos bolsos que llevaban un mes preparados. En su prisa desenfrenada tomó a Mariangel de la mano y casi la saca a rastras de la suite.
—¡Tranquila, mi amor, mantén la calma! ¡El que sabe mantener la calma en este matrimonio soy yo! —gritaba Marcos hiperventilando, mientras era él quien temblaba como una hoja.
Descendieron las escaleras a una velocidad peligrosa. Los guardias de turno y la servidumbre salieron en pijama al vestíbulo al escuchar los gritos.
—¡Abran las puertas! ¡Llamen a la escolta! ¡Abran paso que mi hija viene saliendo! —rugió Marcos fuera de sí, llevando a Mariangel hacia el garaje.
Prácticamente metió a Mariangel en el asiento del copiloto del automóvil blindado y lanzó los al asiento trasero con tal fuerza que uno de ellos se abrió, desparramando pañales y mamelucos blancos por todo el coche. Marcos se encaramó al asiento del conductor, encendió el motor de ocho cilindros y salió de la mansión quemando llanta por la avenida.
El trayecto al hospital fue una escena digna de una película de acción y comedia.
Marcos conducía a toda velocidad, tocando la bocina a las cuatro de la mañana a los pocos autos que transitaban por la calle. Pero el verdadero drama ocurría dentro del vehículo. Cada vez que a Mariangel le daba una contracción, descargaba su dolor apretando la mano derecha de su esposo, la cual él le había ofrecido ingenuamente en el palanca de cambios.
—¡AAAHHH! ¡MARCOS! ¡ESTO DUELE MUCHÍSIMO! —gritaba Mariangel, enterrándole las uñas y apretando los huesos de la mano del magnate con una fuerza descomunal que ella misma ignoraba que poseía.
—¡Ayyy! ¡Mariangel, mi mano! ¡Me estás triturando los metacarpos! —chillaba Marcos con voz aguda, intentando mantener el volante recto únicamente con la mano izquierda mientras sentía que sus dedos crujían—. ¡Respira, mi reina, respira! ¡Inhala por la nariz, exhala por la boca!
—¡NO ME DIGAS CÓMO RESPIRAR, TÚ ME HICISTE ESTO! ¡AHHHH! —volvió a gritar ella, aplicando el doble de presión.
Marcos estuvo a punto de soltar lágrimas, sintiendo los huesos de sus dedos casi dislocados, pero no se atrevió a soltarla.
Llegaron a la rampa de urgencias del hospital maternidad en tiempo récord. Marcos frenó de golpe frente a las puertas automáticas, se bajó corriendo y comenzó a golpear los cristales de la entrada.
—¡Camilleros! ¡Necesito un equipo médico ahora mismo! ¡Es la Sra. Vane! —gritaba Marcos como un loco.
Dos enfermeros salieron a toda prisa con una silla de ruedas. Subieron a Mariangel, quien entre jadeos y gritos de dolor continuaba sin soltarle la mano a su esposo. Marcos tuvo que correr inclinado al lado de la silla para no romper los ligamentos de su brazo mientras los médicos los guiaban al área de quirófano y obstetricia.
Una hora después, la sala de espera del ala VIP del hospital era un caos de personas recién despiertas y medio vestidas.