Libro 1. La princesa perdida

Capítulo 9

Chicos los he abandonado mucho, lo siento.

Esta semana no he podido escribir mucho porque sigo de vacaciones  así que he compensado el capitulo con muchas paginas.Espero les agrade.

Perdonen mis faltas de ortografía.

UnU

Hasta donde sabía, o era gente manipulada por el reino de Pieluck donde, los reyes eras unos despiadados y sin escrúpulos alterando las realidades de cada pueblo absuelto a la guerra pasada para obligarnos a ser sus esclavos o Jealwell donde la gente no tenía capacidad de razonar y, a decir verdad, eran unas personas sin cerebro labradas a partir de maleficios y hechicería. 

-Mónica- grité una segunda vez y comencé a correr pasando por los lugares donde había estado anteriormente.

El mundo era un completo frenesí y el grito de las personas era lodo sin terminar de salir.

En mi mente sonaba el llanto de Fannie.

Porque son mis hijas.

Sus dos hijas.

No de sangre pero si de amor.

La marea de gente se dispersaba y muchos se quedaban paralizados con los ojos desorbitantes perdiendo el sentido.

Los reyes utilizaban a las personas para ser sus juguetes como experimento o fiestas que realizaban pero… yo lo aborrecía.

Y lo había negado cuando Móni me había dicho que era mejor vivir en un palacio.

Eso no era cierto.

Te manipulaban y te dejaban en la miseria. No quería ser un espécimen para los reyes.

No podía permitir que a Mónica se la llevaran, ella igual que yo había sufrido en el orfanato y si se enteraba Fannie de lo que estaba pasando en estos momentos… simplemente, no podía permitirlo.

Mónica había desaparecido y no había dejado ningún rastro para localizarla.

Los soldados se arremolinaban y tocaban unos botecitos alargados.

Desde donde estaba parada no podía ver el contenido de estos, sin embargo, los soldados soltaban al aire su contenido.

De un color negro ébano se dispersaba como si tuviera vida propia, persuadiendo a las personas  y esto ponía sus ojos en blanco.

Sus ojos estaban aturdidos.

Y luego algunos soldados comenzaron a encaminar a las personas con las que habían hecho su maleficio. Se llevarían a esas personas.

Mónica.

Mi hermana.

No tenía opción, necesitaba encontrarla.

Algunas vendedores corrían y, cuando alzaban las manos, bloqueban a los soldados con enredaderas y serbal.

Esto era nuevo.

De pronto, comprendí que los vendedores hacían lo posible por salir de este maldito lugar.

Me había distraído por unos segundos cuando escuché el grito de Gastón

Luego otro.

Y silencio.

Volví la cabeza y solo vislumbre a Gastón.

O lo que quedaba de él: un corte de su pierna derecha y un brazo desmembrado. Sus ojos estaban abiertos dando bienvenida a la muerte que había caído en el.

Lo habían asesinado.

A su lado, su asesino estaba limpiando la sangre de su espada cuando otro de sus compañeros se acercó y gritó.

Oh dioses.

Un arco y cinco flechas en un carcaj estaban listas para mi.

Lo necesitaba.

Mi vía de escape.

Nunca había disparado a una persona, solo a los animales.

Pero no tenía alternativa. Si llegaría el momento, lo tenía que hacer para sobrevivir.

Un suave apretón tiró de mis piernas. Observé y plantas se arremolinaron a mis pies y subieron en mi. Las arranque de golpe y cuando el soldado se fue, corrí en busca de mis nuevas armas.

Rodeé en mi espalda y tomé estos preciosos tesoros.

 

Casi me rompo la nariz cuando doblé una esquina a hurtadillas y caí a trompicones.

El hielo en las palmas de mis manos me quemó tanto hasta que las sacudí para evitar el entumedecimiento y el viento aullaba pero la niebla no se había enfurecido en salir y tapar la vista de todos.

Tomé un respiro profundo.

Llenando de aire a mis pulmones adoloridos y comencé a observar el lugar.

Como lo hacía cuando dibujaba o cuando me detenía para ver cual era la baya venenosa y cual no.

Y sobretodo, cuando cazaba en el bosque proveniendo de carne a mi familia.

Mi familia.

Lejos de donde estaba, una batalla se libraba. Espadas desenfundadas y flechas volaban por muchos lados.

Desde mi escondite vi que un soldado era drenado con ese poder infinito.

Mierda.

Mónica.

Con sigilo, crucé hacia el otro extremo de la calle, donde había unos arbustos y para mi sorpresa, mi pie cayó en un agujero que desembocaba junto a un poste de luz.

Me senté en el hielo e intenté sacar mi pie del agujero y fallé.

Comencé a escarbar pero era muy profundo y una piedra llegó en mi dirección, golpeando unas latas de comida.

Volteé tan rápido que mi cabello se pegó a mis ojos.

Porque entre unos juncos y unas cajas, estaba una muchacha con el cabello como las mañanas de otoño y muy pálida.

Sus ojos estaban llorosos.

Aparté mi cabello, la ignoré y me concentré en mi pie sin bajar la guardia de los soldados.



michel rosas

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En el texto hay: sirenas, brujas, faes

Editado: 27.12.2019

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