Lo Prohibido

Mujer Bonita

Emiliana nació en tiempos de espejos. Cuando el ser humano valoraba en sobremanera la apariencia física y superficial. Cuando lo bonito era cristal, falso. Cuando nada parecía más importante que ser hermoso.

El día de trabajo de Emiliana comenzaba así: Las mañanas, cargadas de ropa pesada, joyas, flashes de cámaras y entrevistas largas y nada acogedoras; las noches, eran de somnolencias en duros estudios donde protagonizaba diversas almas en desagracia en el escenario de un prestigioso teatro; las tardes intermedias, se las dedicaba a placer en su sauna privado, junto a una buena copa de leche fría y bombones de azúcar con menta.

Uno de esos días, tan calmados y frívolos como siempre, fue cuando Emiliana se encontró conmigo cara a cara. Recuerdo que paseaba distraída por la calle, contando mis huellas invisibles en la blanca nieve. Mi último dueño se había liberado de mí tras su muerte y yo paseaba sin rumbo buscando quien me aloje en su cálido hogar este diciembre.

Allí apareció, en plena nieve.

El espejo de la inmensa tienda reflejaba el rostro bondadoso y perfecto de una mujer que se sabía hermosa. Yo nunca había conocido antes a aquella mujer tan perfecta, y sin duda no sabía nada sobre ella. Quizás fuere por que no era tan famosa aquí, en el pueblo; quizás era debido a que la ciudad más cercana estaba alejada de las grandes ciudades ruidosas. No sé en realidad.

Ella chocó conmigo en una esquina. No me reconoció. Pero me llevó consigo a su inmensa mansión, solitaria. Bueno, debo admitir que fue muy noble de su parte el no dejarme tirada. Eso se lo aprecio mucho. Supongo que ella era bonita de muchas formas, muy, muy bonita.

Me subió al auto con extrema delicadeza, como si temiera que en cualquier momento la fuera a dejar sola. El viaje fue largo; la llegada, maravillosa. Imagina mis ojos brillantes ante la opulencia en la que me encontraba.

Pasee iracunda el lugar, de un lado a otro, hasta dejar marcada mi esencia de persona. El sitio era enorme y muy precioso. Me sentía satisfecha con mi nueva dueña.

Ella me permitió convivir día a día juntas, encerradas las dos en la solitaria mansión. Al parecer no le importaba los destrozos que causaba en la casa. Fueron muchos, sí, los jarrones rotos y ropa destruida que no le importaba darme para jugar.

La televisión y otros artefactos que nos conectaban con el mundo fueron llevados al ático nada más llegar yo. Creo que ella me estaba dando un espacio más amplio, así disfrutaríamos juntas mucho más tiempo de nuestra bella sociedad. Haríamos fiestas llenas de alcohol y comida deliciosa, alta en harina y azúcar. Con noches sin dormir por llorar ante el cielo. Con botellas de vino de la bodega y pastillas azucaradas que tanto nos gustaban.

Los días serían muy, muy divertidos.

Su apetito y vida se reducirían con las horas, mientras yo engordaba de a poquitos y me llenaba de bienestar. Ah, pero que bello era estar a su lado. Era tan fácil nuestra convivencia.

Los pasillos antes llenos de portadas de revistas, ediciones especiales y premios de belleza; todos fueron quemados. Yo le hacía cambiar, eso me gustaba. Le traía algo nuevo a su vida que perdía color.

Las fotos desaparecían de sus cuadros, dejando esqueletos de madera y cristal, blancos como fantasma. Ella decía que odiaba verse. Al parecer los años se llevaban toda energía y sonrisas de su cuerpo. Odiaba todo, creo.

Destruyó una noche todo espejo que había en la casa, hasta el más pequeño de ellos.

Locura ¿Quizás?

Y de esos yo no tuve la culpa lo juró, se salió de control nuestra alegría. Estaba, tan sola…

Bueno, al menos le quedaba yo; y no me iría de su lado hasta cumplir con mi misión.

Recuerdo que era la hora del té un día de verano, nuestro tiempo juntas ya llegaba a su fin. Un año era casi lo suficiente; la gente decía que no aguantaba mi compañía tanto tiempo; yo era desesperante, tal vez. Supongo que por eso ella estuvo así, ya debió de haberse cansado de mi existencia apagada.

Las galletas se colocaron de forma perfecta. La mesa fue cubierta por manteles blancos y servilletas perfumadas. Ella se puso ese vestido blanco tan bonito, aquel que se supone usaría hace dos años. Por fin había decidido usarlo, le quedaba perfecto con el anillo de diamantes en su mano derecha. Y las lágrimas en sus ojos que se mezclaban con el dulce té de arándanos, le daba un toque de belleza a la vida. Su maquillaje ligero se correría, por lo que no la deje llorar por mucho tiempo. Tenía que verse muy bonita en su última foto.

Nos abrazamos en silencio, despidiéndonos. La hora de irse había llegado y ella lo sabía.

Me hizo un ademan con las manos indicándome que me fuera, mientras se acercaba a la cámara que grababa el paisaje. La mesa bien colocada, al lado del barranco. Las playas rocosas que detenían a la marea. La toma era perfecta.

Encendió la cámara y la conectó a su celular, saludando en directo. Cincuenta, doscientos, ochocientos, diez mil, ¡Cien Mil!, la gente aparecía por montones cada minuto, curiosos al volver a saber de la mediática actriz y modelo que no había aparecido en un año. Su video vestida de novia, en lo que parecía ser una fiesta, le haría volver a ser recordada, sí. Recordada como la mujer más hermosa del mundo. No solo por un año. Ella era la más hermosa siempre, y estaba dispuesta a grabar el mejor momento de su vida en las mentes de todos los que la vieran.



La Duquesa Rainford

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En el texto hay: amor, drama, romance

Editado: 06.02.2019

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