Lobo.

Eclipse (20) +16


Y es que si hubiera una forma más horrible de mirar con odio a alguien quiero saberla en ese mismo instante, para pulverizar a Eiden de la forma más dolorosa que existiese. Es el único medio que tengo para mostrarle que en cuanto llegue el momento de desatarme y quitar la cinta de la boca, lo mandaré al diablo, y muy, muy probablemente le terminaré por romper la misma lámpara que iba a utilizar con la ventana, en su cabeza.

—Eira, iré por comida. Son casi las cuatro, debes de tener hambre. —Pongo los ojos en blanco al ver como sale y cierra la puerta tras de él.

«Maldito seas Eiden, maldito seas».

Aparto mis ojos de la puerta y los pongo en la ventana. El eclipse está apunto de empezar.

De pronto un aullido solitario y melancólico se escucha a solo unos metros de la casa. Reaccionó moviéndome en la silla en un intento de aflojar las cuerdas, pero para mí desgracia, están tan bien atadas que me lastiman al más mínimo roce.

Intento por todos lo medios no llorar, no pienso darle el gusto a Elliot.

Llevando mi cabeza de golpe al escuchar como alguien abre la puerta y lanza una mochila a mi lado.

—No hagas ruido, vengo a desatarte y Ethan abrirá la ventana para que puedas salir por ahí —siento con la cabeza al escuchar a Ravenna.

La prometida de Eiden me saca la cinta de la boca con cuidado y luego se encarga de liberar mis piernas y manos. Segundos después entrada Ethan con la bandeja de comida que estoy segura es para mí, pero la deja en la cama y camina hacia la ventana para abrirla rompiendo el seguro.

—En la mochila hay mantas, agua y una linterna. No la enciendas hasta entrar en el bosque —aconseja Ethan mirando por la ventana con una sonrisa—. Me debes una, loca.

Le devuelvo la sonrisa al tiempo que me coloco la mochila con prisa.

—¿Por qué me ayudan? —pregunto con una pizca de desconfianza.

—Sé lo difícil que puede ser estar lejos de la persona que quieres, es más ambos los sabemos —Ethan me tiende una mano para ayudarme a subir al filo de la ventana—. Él está a los alrededores esperando olerte, en cuanto entres al bosque no pares de caminar. Alix va a encontrarte pase lo que pase.

Le abrazo llena de agradecimiento y le sonrió a Ravenna quien se encuentra en la puerta vigilando.

—No es por interrumpir, pero nos escucharon y ya vienen —avisa Ravenna cerrando la puerta con seguro—. Es hora de que te vayas y corras.

—Esta algo alto, pero te voy a sostener hasta donde mis brazos lleguen y luego​ voy a soltarte. No te preocupes abajo hay una colchoneta vieja para amortiguar el golpe —comunica Ethan con seriedad—. Solo procura no romperte un tobillo.

—Gracias, ahora eres mi favorito —le digo arrancándole una sonrisa.

—Eso siempre lo he sabido.

En cuanto estoy fuera de mi habitación, Ethan me toma de las manos y comienza a bajarme con cuidado, sin dejar que los gritos furiosos de su padre detrás de la puerta lo desconcentren.

—A la cuenta de tres voy a soltarte —habla apresuradamente—. Uno, dos y tres.

Ethan me suelta y yo caigo sobre la colchoneta de espaldas.

—¿Estás bien? —grita desde arriba.

Le hago una señal de que si lo estoy, por que lo menos que quiero es que los demás sepan que ya estoy afuera.

Miro la ventana aun abierta unos segundos antes de comenzar a correr en dirección al bosque lo más rápido posible.

—¡Eira! —Eiden grita mi nombre como si yo fuera a contestar.

Respiro de forma frenética con mis pulmones al límite. Los gritos para dar con mí paradero no terminan, pero por ningún motivo pienso detenerme.

En cuanto entró al bosque me permito descansar recargada a uno de los pinos. Todo ésta oscuro, sinónimo de que el eclipse ya a empezado. Más tranquila reposo la mochila en el sueldo y saco la linterna que Ravenna a puesto para mí, no estoy muy segura de dónde está Alix y ahora tampoco a dónde me dirijo yo. Todos los sonidos de animales nocturnos comienzan a escucharse más perturbadores que nunca al igual que lo es no sentir el calor ni la presencia de Alix por ninguna parte. No me gustaría arrepentirme de haber escapado, pero la verdad es que el bosque no ayuda en lo absoluto.

Camino llena de desconfianza entre los árboles, procurando no pisar una serpiente o algo mucho peor en el trayecto. Al final no se cuánto tiempo sigo avanzando, pero tampoco puedo solo voltear y regresar, por que para mí mala suerte mi siquiera tengo idea de donde me encuentro, solo hay tierra, árboles y nieve por todas partes.

Y una cueva.

Sí, la cueva frente a mí parece​ estar habitada, pero al alumbrar hacia el interior no hay nada. Solo se aprecia que algo ha estado cavando en la tierra por lo menos treinta centímetros y luego relleno hasta la mitad con nieve fresca.

Dejo caer la mochila al suelo y e inicio a girar sobre mí eje apuntado la luz de la linterna entre lo árboles. No hay nada, estoy sola, con una linterna y mantas. Muerdo el interior de mis mejillas nerviosa, no tengo idea de si Alix de verdad va a encontrarme o si yo debo de gritar su nombre para que sepa en donde estoy.

—No me hagas estoy, Alix —susurro aún observando a mi alrededor.

El sonido de una rama romper tras de mí, hace que me giré de inmediato con mi corazón apunto de salir por mi boca. Suelto un jadeó y aparto mis ojos de él lo más rápido que puedo.

«¿Cómo es que no lo sentí?».

Su calor me abraza opacando el frío y su respiración agitada me hace saber que muy probablemente a corrido hasta aquí. Aún que me pregunto, ¿A qué se debe que se encuentre desnudo?

Trato de hablar, pero las oraciones no se ordenan en mi mente y lo único que puedo hacer es mirar su rostro fijamente, evitando bajarla la mirada hacia cuerpo.

—Así que ya llegaste, espero que estés bien —digo tratando de sonar casual—. Oye sé por estoy aquí y también sé lo que quieras hacerme.

Alix me mira con la cabeza ladeada.

—Te agradecería que dijeras algo —suelto, sintiendo como el calor comienza a volverse más intenso que nunca.



M C Moreno

Editado: 02.12.2020

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