Los Cuentos sin Dueño

Llanto

La noche fuera de la ventana parece más oscura que otras noches. Los nubarrones se agrupan en el cielo impidiendo el paso de los rayos lunares, y la cegadora luz del relámpago anuncia el detonante ruido de los truenos. Me recuerda una de las tantas noches que nos juntábamos con el grupo de la Iglesia y escuchábamos las historias del padre Jose. Los viejos cementerios, los cañaverales, el ingenio y el Familiar.

“El Familiar” nos decía “es el mismo Diablo que ha hecho un trato con los dueños de los ingenios. Dicen que vive en los almacenes, y los patrones le llevan peones para que se los coma. Hay muchos que dicen que toma la forma de una serpiente con cabeza de perro, otros que es un gran perro negro y también se dice que anda por ahí como un hombre viejo todo vestido de rojo”

Nosotros nos maravillábamos con cada una de esas historias, pero pese a todo nunca habíamos tenido oportunidad de comprobarlas. Lo cierto es que por aquella época estas historias eran bastante comunes entre los trabajadores del ingenio; había algunos que juraban que habían visto a la serpiente entre las cañas o por los pastizales mientras que otros habían sido llevados a los almacenes y escapado de milagro de las garras del Familiar; incluso había quien contaba que un perro de tres cabezas le había seguido desde el ingenio hasta las puertas de su casa. Todo esto, sumado a nuestra falta de pruebas al respecto nos hacía en cierta medida escépticos, aun así pasábamos nuestras tardes de sábados en la oficina del padre José escuchando sus cuentos.

Fue un sábado a la noche que llegamos a despacho del padre y le vimos todo atareado, apenas levanto la vista de un libro lleno de garabatos ilegibles para mirarnos con sorpresa.

-No sabía que venían hoy – dijo en un hilo de voz

-Siempre venimos a esta hora padre- le dijo Cristian que entraba a la oficina tras haber estado poniendo agua a hervir en la cocina – Yo no me perdería estas charlas que tenemos.

-Hoy no podrá ser chicos- dijo el padre y retomo la lectura de su libro con ojos desenfocados.

-¿Pasa algo?- le pregunte yo intrigado

-Hoy… tengo una tarea importante que hacer- se limitó a responder- se tienen que ir chicos.

Nosotros no nos movimos ni un centímetro del lugar. Totalmente intrigados por la actitud del padre, insistimos a vozarrones que nos contara la verdad. Finalmente viendo que ninguno estaba dispuesto a irse sin ninguna explicación, suspiro y empezó a hablar.

-Me ha llegado información de un grupo que hace rituales en el cementerio- dijo sonando esquivo- tengo que ir a ver de qué se trata.

Todos nos miramos sorprendidos y a la vez entusiasmados, casi como en coro preguntamos:

-¿Podemos acompañarlo?- pregunta a la que el respondió tan solo con una mirada de resignación.

 

(…)

 

En la tiniebla era muy difícil moverse y más aun con el terreno como obstáculo, el cementerio del pueblo era rodeado por un bosque (salvo la entrada principal) y los arboles crecían agolpados haciendo que nos produjeran pequeñas heridas en tanto brazos y piernas. El padre lideraba la avanzada, con un machete en una mano que usaba para apartar las ramas y un rosario en la otra, que según sus palabras era para mantener las fuerzas demoniacas alejadas.

Había pasado una hora desde que hubiésemos salido de la iglesia. El padre había aceptado a regañadientes que le acompañásemos pero nos había dejado bien en claro que no seriamos más que meros testigos y por ningún motivo nadie más que el debería intervenir en lo que sea que sucediese en el cementerio. Aun así a medida de precaución nos había dejado llevar otro de los machetes que usaban en la Iglesia para deshacerse de la maleza. Cristian que siempre se había caracterizado con ser el más responsable del grupo era quien lo tenía. Los demás por otro lado nos tuvimos que contentar con recoger palos del pequeño bosque que surcábamos en ese momento.

“La entrada seguramente estará vigilada” nos había dicho el padre, por lo que no tuvimos más remedio que rodear el lugar a través de los árboles y buscar agarrar de sorpresa al supuesto culto que estaría allí reunido. Otra de las razones por la que el padre nos había concedido el permiso para acompañarlo era que seguramente el rumor no sería más que eso. Posiblemente el grupo que se reunía no sería más que un par de adolescentes jugando a la rebeldía o bien un grupo de borrachos que sin miedo por lo santo se juntaban a compartir alguna bebida, habiendo sido corridos de otros lugares públicos por la policía.

A medida que los árboles se encontraban más separados y la luz de las estrellas se filtraba entre las ramas, un ruido que al principio era un leve susurro empezó a sentirse cada vez más cerca; se trataba de un coro de voces que repetían oraciones en una lengua extraña. Se veían también destellos anaranjados que indicaban que cerca se había encendido una fogata.



Franco L Fernández

Editado: 05.09.2019

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