Los Cuentos sin Dueño

La Secuencia

Miró a aquel extraño hombre a los ojos y, sin muchas dudas, firmó el papel.

Despertó todo sudado, recordando la extraña pero familiar pesadilla. El cuarto oscuro iluminado únicamente por una tenue lámpara incandescente, la silla de madera desgastada y la mesa de hierro. Y también estaba su interlocutor, un hombre vestido con un tapado de gabardina gris y sombrero de copa, que ocultaba su rostro tras una bufanda. Le tendía ante él unos papeles que había de firmar, aunque nunca podía recordar con exactitud qué era lo que estaba firmando.

No pudo conciliar el sueño de vuelta, así que si limito a rondar por la casa vacía. Primero bajo a la sala de estar donde encendió la estufa, acto seguido entro a la cocina y puso la pava a hervir para tomarse un café. Una vez despierto se dirigió a la terraza donde sus pequeñas plantitas aguantaban los helados golpes del viento. Con suerte la resolana que se aproximaba por un costado del horizonte las ayudaría a mantenerse fuerte antes que el verdadero invierno llegase.

La calle estaba vacía aun, después de todo el reloj apenas pasaba las seis, recogido en sus abrigos camino con cansancio hacia la parada de colectivo donde ya había una o dos personas que al igual que él entraban a trabajar temprano. El vehículo iba abarrotado de gente cuando paso finalmente a la media hora de espera, sin embargo no tuvo otra opción que subir por más que le molestase estar apretado y andar aguantando el mal olor que general las multitudes, no podía esperar el colectivo que salía del mismo barrio seguro demoraría otros quince minutos y él no podía llegar tarde.

Como era costumbre la fila para las admisiones en el hospital era inmensa, ni hablar de la gente que estaría en la sala de espera de la guardia, le sorprendía que en un pueblo tan chico hubiera tantos pacientes pero la verdad era que aquel ya había dejado de ser un pueblo hacia al menos una década y ahora era más un proyecto de ciudad. Se colocó el guardapolvo verde que lo distinguía como empleado de la farmacia del lugar y se fue para el puesto donde con alguna suerte su compañero le estaría esperando con un mate caliente y una docena de facturas.

El primer cigarro del día le supo a maravilla a la hora del almuerzo mientras los tamales que había comprado en los puestos de la calle se enfriaban  a un costado dejando escapar un vaporcito que contrastaba con el clima invernal de aquella tarde. Una vez terminado el pucho comió sin mucha vergüenza y termino la gaseosa que había comprado de un solo trago, luego y sin mucho remordimiento se prendió un cigarro más.

Ya se había acostumbrado a la noche a las seis de la tarde, en esos momentos donde terminaba su turno y de a poco se iba perdiendo el rastro del sol débil. Cuando era verano acostumbraba a volver caminando a casa como para decir que alguna vez hacia ejercicio, pero ahora con la noche que se asomaba y el viento cortante que entraba por los huecos de la campera, no veía la hora de tomar el colectivo y llegar a casa donde lo esperaba su cafetera y un par de horas viendo los programas de concursos en la tv.

La parada de colectivo se encontraba a tres metros cruzando la calle pero el no llego. Un descuidado al volante y una calle mal señalizada, dos flashes de luz y luego oscuridad.

La imagen de un cuarto oscuro inundaba su retina mientras el hombre de la gabardina le hacia la pregunta y el asentía en parte aliviado en parte asustado. El pedazo de papel terminaba en la mesa y el con su pulcra caligrafía firmaba su nombre.

El tamal le quemo la boca y rápido hizo uso de la gaseosa para aliviar el infierno que iba saboreando. Aguardo unos segundos y arremetió de vuelta contra la bola de maíz y carne. La verdad que sabían muy bien y más si estaban en la correcta temperatura. Termino el último bocado satisfecho y tras beber lo que quedaba de gaseosa encendió el primer cigarro del día.

La tarde paso como si fuese una eternidad, era en cierta manera gracioso de que por más que fuesen cientos de pacientes los que pasaban por el hospital aquel día, eran realmente pocos los que pasaban por la farmacia a retirar sus medicamentos, ¿será que los doctores andaban demasiado ocupados como para recetar? En todo caso aquel inesperado tiempo libre le había dado tiempo de agarrar el celular y lograr quedar a comer con aquella chica que había conocido el fin de semana.

Terminado el turno se quitó el guardapolvo verde, retoco un poco la ropa y se perfumo el cuerpo, dejo la mochila en su casillero y salió fuera del hospital. Habían acordado a las siete y media por lo que tendría buen tiempo para caminar tranquilo hacia el lugar de encuentro. Apenas puso un pie en la vereda encendió un cigarrillo, quien sabe si ya el sexto o decimo del día. Dio diez pasos y dos secas que le aliviaron el alma, y de repente el cuerpo le dio un sacudón espasmo tras espasmo. Soltó el cigarro y trato de mantener la compostura pero la tos no se detenía, sentía una opresión fuerte en el pecho y la vista se iba difuminando.

Abrió los ojos ante el cuarto iluminado con una sola lámpara incandescente, la silla de madera y la mesa de hierro. El hombre de la gabardina gris lo miraba risueño.



Franco L Fernández

Editado: 05.09.2019

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