Los Inicios de Draxcan: Las Raices de la Unión

Capítulo III: Los Llanos de los Humanos

El viento no susurraba en los Llanos de Vareth. Aullaba. Era un viento que había nacido en las estepas del norte, donde la tierra se quebraba en grietas tan profundas que los pastores juraban poder escuchar el ronquido de la tierra misma en su interior. Viajaba cientos de leguas sin encontrar obstáculo —ningún bosque lo detenía, ninguna montaña lo desviaba— hasta que llegaba a las tierras bajas y se estrellaba contra la cara de quienes se atrevían a vivir allí. No era un viento de malicia, como los humanos tendían a personificar todo lo que les causaba sufrimiento. Era simplemente indiferente. Y en cierto modo, esa indiferencia lo hacía peor.

Los Llanos de Vareth se extendían por una extensión que ningún cartógrafo había logrado medir con precisión, principalmente porque los cartógrafos humanos raramente se ponían de acuerdo en dónde terminaba un territorio y comenzaba otro. No había fronteras trazadas, ni muros, ni ríos que sirvieran de líneas naturales entre clanes. Había solo la tierra, cada vez más pobre cuanto más al sur se avanzaba, y sobre ella, como manchas de tinta derramada en un pergamino arrugado, cientos de asentamientos que se hacían llamar clanes, tribus, familias, cofradías, o simplemente "los nuestros". Los humanos eran, con diferencia abrumadora, la raza más numerosa del territorio que un día sería Draxcan. Pero su número era también su debilidad. Divididos en facciones que cambiaban de nombre según la temporada, unidos por lealtades que duraban lo que una promesa hecha bajo la lluvia, los humanos habían logrado lo que ninguna otra raza había podido: convertir su propia abundancia en fragmentación.

Kaiza caminaba contra el viento, con la cabeza ligeramente inclinada y los hombros tensos, no por miedo, sino por costumbre. Tenía cuarenta y tres años, lo cual lo convertía en un hombre maduro para los estándares humanos, aunque en las torres de los magos habrían considerado que apenas comenzaba a vivir, y entre los elfos no habrían considerado nada, porque los elfos no consideraban a los humanos de la misma manera que un geólogo no considera individualmente cada grano de arena. Kaiza era alto, más alto que la mayoría de los hombres de su clan, con hombros anchos que el trabajo de la tierra y el entrenamiento con la lanza habían esculpido en una robustez que no era elegante pero sí funcional. Su cabello, de un castaño oscuro salpicado prematuramente de canas en las sienes, lo llevaba atado con una cuerda de cuero para que el viento no se lo arrebatara. Su rostro era un mapa de la vida en los llanos: la nariz rota de una pelea adolescente, una cicatriz que le atravesaba la ceja izquierda de un accidente con una hoz, y los ojos, de un marrón tan oscuro que parecían negros a menos que el sol los iluminara directamente, que miraban el mundo con una mezcla de cansancio y determinación que solo adquirían quienes habían visto morir a los suyos por causas que no lograban comprender.

Llevaba consigo una lanza que no era ceremonial. En los Llanos de Vareth, las armas ceremoniales eran un lujo que solo los clanes del norte, más prósperos, podían permitirse. La lanza de Kaiza tenía una asta de roble endurecido al fuego, una punta de hierro forjada por el herrero del clan Rokhara, y un equilibrio tal que Kaiza podía arrojarla a treinta metros con la precisión de un cuervo que encuentra su nido. No la llevaba por amenaza inminente, aunque las amenazas en los llanos nunca eran realmente inminentes: simplemente eran permanentes. La llevaba porque un hombre sin lanza en los llanos era un hombre que declaraba, sin palabras, que no tenía nada que defender. Y Kaiza tenía mucho que defender.

El asentamiento del clan Rokhara se extendía a lo largo de un kilómetro en la orilla este del río Morvain, un curso de agua que los cartógrafos elfos llamaban Syl en sus mapas secretos, pero que los humanos conocían por el nombre del guerrero legendario que, según la tradición, había muerto defendiendo el vado contra un clan vecino hacía doscientos años. El río no era caudaloso, ni siquiera limpio. Sus aguas traían sedimentos de las minas del norte, tintes rojizos de la arcilla de las estepas, y los desechos de docenas de clanes que vivían río arriba. Pero era agua. Y en los llanos, el agua era más valiosa que el oro, más valiosa que la tierra, más valiosa que la sangre. Los clanes que controlaban el agua controlaban la vida. Los que no, morían o se convertían en parias, en nómadas sin raíz, en los fantasmas que deambulaban por los bordes de los asentamientos establecidos, sobreviviendo de la caridad o del robo.

Kaiza descendió por la ladera polvorienta que llevaba al campamento principal. No era una ciudad, como Sylvaris de los elfos o las torres de los magos. Era un campamento que había decidido, década tras década, dejar de ser temporal. Las viviendas eran chozas de adobe y madera, con techos de paja que necesitaban ser reemplazados cada dos inviernos. Las calles, si es que se les podía llamar así, eran surcos formados por el paso constante de pies, carretas y animales. No había planificación, al menos no en el sentido que un elfo habría reconocido. Las chozas crecían donde sus habitantes las necesitaban, expandiéndose como manchas de aceite, a veces solapándose, a veces separándose por disputas que terminaban en cuchillos. El clan Rokhara contaba con aproximadamente ochocientas almas, lo cual lo convertía en uno de los más grandes de la región central de los llanos. Pero "grande" no significaba "poderoso". Significaba simplemente que tenían más bocas que alimentar, más disputas internas que resolver, y más objetivos para los clanes vecinos que envidiaban sus tierras ribereñas.

—¡Kaiza! —La voz llegó desde una de las chozas más grandes, la que servía como sala de consejo y como vivienda del líder del clan.

Kaiza se detuvo y giró la cabeza. El hombre que salía de la choza era bajo, casi rechoncho, con un rostro redondo que contrastaba con los rasgos angulosos predominantes en el clan. Se llamaba Borin, y era el hermano menor de Kaiza por parte de madre, aunque la diferencia de edad —Borin tenía apenas treinta y dos años— y la diferencia de temperamento hacían que muchos extranjeros no adivinaran el parentesco. Borin llevaba un delantal de cuero manchado de grasa y harina, porque su función en el clan era la de panadero, aunque en los llanos "panadero" implicaba también molinero, agricultor de trigo, negociador de cereales y, en tiempos de escasez, ladrón de reservas ajenas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.