Los ratones de la cocina

Capítulo 20

-¿Pretendéis encerrarme otra vez?

La Duquesa miró a Herta, pensativa.

-No creo que pueda ¿verdad? Quiero decir que ahora no tendría mucho sentido.

La joven se sintió aliviada. Aunque existiera la posibilidad de que la sacaran pronto de allí, no era una certeza. Y la idea de pasar, siquiera una noche más, atrapada, ahora que había saboreado tan de cerca la libertad, le resultaba insoportable.

Por su parte, la aristócrata se sentía cada vez más a gusto con esta muchacha. Su presencia le resultaba cómoda, agradable. A pesar de que ésta rara vez le brindaba una sonrisa cortés, sentía que podía confiar en ella, incluso aun teniéndola cautiva.

-Entonces, ¿qué ocurrirá?

-Pues -con una mano le indicó que tomase asiento sobre la cama, mientras ella ocupaba su sillón-, se me ocurre que quizás te apetezca a ti quedarte con nosotros. He visto lo bien que os llevabais mi hijo y tú. Cualquiera diría que lo has atraído hacia ti sin necesidad de recurrir a estrategia alguna. O eres muy hábil o nos beneficiamos de una afortunada casualidad.

-Me temo que no sea ninguna de las dos cosas -respondió Herta con su seriedad y tranquilidad habituales-. Creo que vuestro hijo se ha anticipado a la jugada, si me permitís la expresión.

Las comisuras de los labios de la Duquesa se elevaron ligeramente. No podía evitar admirar su honesta inteligencia, que casi podía considerarse valentía.

-Y tú ¿qué sientes?

- ¿Yo? Ah, pero ¿se me permitía sentir algo?

Ahora sí Wilhelmina decidió que la chica estaba cruzando límites.

-Vigila tus palabras, muchacha.

-Tenéis razón. Os ruego aceptéis mis disculpas.

-No las acepto, desde luego -dijo la dama, recuperando la energía habitual en ella, con la que se sentía más cómoda-. Sin embargo, dejaré que intentes compensarlo haciendo algo por mí.

Desde que los ojos de la Duquesa se habían abierto tanto, tras pronunciar ella su pregunta insolente, el corazón de Herta había dejado de latir, esperando que, en cualquier momento, la hechicera hiciera uso de sus artes, de algún modo, sobre ella. Recuperó un poco los latidos al oír que pensaba hacerle una petición.

-Ahora quiero que enamores a su hermano Adalberht.

-¡¿Cómo?! -Sabía que había vuelto a reaccionar poniéndose en peligro (alterar a la Duquesa nunca podía ser una buena idea), pero la estaba ofendiendo de tal forma… Más, incluso, que el trato vejatorio que recibía en su propia casa-. No sé a qué clase de acuerdo habréis llegado con vuestra hermana acerca de mí; pero si pensáis que sólo soy una mercadería que se doblegará completamente a vuestra voluntad, estáis equivocada.

-Eso es exactamente lo que eres. O ¿acaso crees que puedes aspirar a alguna otra cosa? Incluso aunque hubiese dejado que te casaras con mi hijo, eso no te habría dado la libertad que te figuras con derecho a exigir. Aprende de una vez que, para conseguirla, hay que trabajar mucho, sufrir, luchar… Pero, sobre todo, hay que merecerla. Ya deberías saber que no todos podemos ser iguales. Y tú, desde luego, estás muy lejos de poder dirigirte a mí como lo estás haciendo. Me caías bien… pero me cansas demasiado.

De nuevo, extendió con elegancia, determinación y naturalidad sus poderosos dedos hacia ella; pero, en este segundo intento infructuoso, vio ya lo que no había sabido ver en el primero.

-¿Qué es lo que habéis hecho Flora y tú? ¿Cuánto tiempo hace que os conocéis?

Herta no sabía qué contestar. No le apetecía esforzarse siquiera por inventar mentiras para una persona a la que despreciaba tanto.

-¡Responde!

Herta se levantó, dispuesta a salir de allí en cuanto vislumbrara la menor ocasión.

-La conozco lo suficiente para saber lo que le habéis hecho a ella y a más personas. Y, ahora, podéis convertirme también en animal o hacer lo que os plazca, pero no voy a ayudaros o a serviros ni un minuto más; ni a vos ni a nadie de vuestra familia.

Herta elevó la barbilla, preparada para recibir con dignidad el golpe de magia que la hiriese, la matase o la transformase en quién sabía qué cosa. Lo que no esperaba era ver a la Duquesa abrir un cajón y sacar un cuchillo de plata.

Por alguna razón ─y Herta era consciente de que estaba pensando mucho más rápido de lo que hubiese imaginado, dadas las circunstancias─, la mujer no podía emplear sus sortilegios contra ella. El motivo no le preocupaba. Lo único importante era aprovechar la ventaja de aquella situación para escapar.



Monica Euen

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En el texto hay: magia, misterio, amor

Editado: 26.08.2019

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