Los sueños de mi jefe

Capítulo 3

Eimy

Llego con los pelos parados a mi casa, así que mi hermana, que está bastante cómoda en el sillón, se detiene y no mete la palomita en su boca.

—¿Qué te pasó? Parece que te hubiera aplastado un camión.

Camino como puedo, hasta que me tiro, sentándome a su lado. Tomo un almohadón y pongo la cara en este; luego grito como en las películas. Levanto la cabeza a mirar a mi hermana y suspiro.

—Reiny, me voy a morir —lloriqueo—. ¡No lo entiendo!

Enarca una ceja.

—¿A tu jefe? —deduce.

Asiento e inflo los cachetes.

—Ni siquiera sé si estoy trabajando.

—¡Cuéntamelo todo! —declara y me acomodo a su lado, agarrándome de su brazo—. ¿Qué ha pasado? ¿No me has dicho que es un trabajo fácil?

—¡Sí! —expreso, luego cambio de opinión—. ¡No!

—Explícate.

Le hago una trenza a su cabellera rubia.

—Bueno, verás, es muy cambiante. Primero dice que quiere una cosa, pero después es otra. No tengo manera de anticiparme o de hacer este trabajo bien.

—Síguele el rollo.

—¡Eso intento! —expreso, frustrada.

—Investiga más de él... no sé, busca en sus cajones.

—¡Eso es ilegal!

Me mira con una sonrisilla pícara.

—Por eso lo dije.

—¿Y si me despiden? —declaro con miedo.

—¿Has firmado algo?

—¡No! Y todo el tiempo declara que estoy contratada. No entiendo nada. ¿Será que me encuentro en fase de prueba de forma constante? ¿Eso también se firma?

—Creo que tres meses. —Se come una palomita.

—Nada me garantiza que me pague —digo en shock.

—Pues ya sabes lo que hay que hacer. —Forma una pausa y agarra el control remoto—. ¿Vemos la novela?

—¡No! Se supone que me tengo que concentrar.

—Pero Romualdo ya le pedirá matrimonio a Leticia.

—¡¿Qué?! ¡¿Ya?! —me sorprendo—. ¡Pon el capítulo!

•••

No he dormido y he roto mi juramento, pero al menos descubrí que la amante de Romualdo tenía un hijo y su tatarabuelo estaba vivo. Me impresionan las tramas de estas telenovelas; hay tanta intriga, necesito saber más. Noté el error de cámaras, pero la historia es tan buena que esas cosas las paso por alto. Mientras una obra tenga un argumento atrapante, yo la defenderé con mi vida.

Hablando de la vida...

¡Me desperté a las cuatro de la madrugada! ¿Estoy loca? Probablemente, pero mi existencia y mi trabajo dependen de ello. ¿Por qué? Ahora que conozco al guardia de seguridad, me las he arreglado para ir temprano a la empresa y descubrir todos los secretos del jefe.

¡Pongan música de espionaje!

Voy a hurtadillas por las instalaciones silenciosas e ingreso a la oficina de Henley. Utilizo la luz de mi celular para revisar a oscuras y que nadie me descubra. Dejaré todo impecable, entonces no generaré sospechas.

Me siento en la silla del escritorio y reviso varios cajones hasta que encuentro uno en particular. No es nada grave, pero es curioso: en una libreta hallo lo que parece ser una novela. ¡Madre de Dios, el jefe escribe! Y como no solo miro telenovelas hasta las tantas de la noche, también leo obras literarias; me pongo como una loca a leer cada párrafo y diálogo. Esta historia es increíble, mejor que la de Romualdo.

De repente, estoy en el clímax de la obra y la luz se enciende, entonces me cruzo con el jefe.

Estoy frita.

¡Por todos los cielos, se me fue la hora, son las dos de la tarde! ¡¿Cómo es posible este suceso?!

Rio, nerviosa, observando a Henley.

—Ho... Hola.

Nunca lo había visto enfadado, esta es mi primera vez.

—¿Qué estás haciendo? —Frunce el ceño—. ¿Qué pretendes con eso?

—¡¡Me emocioné leyendo!! —grito, sin pensarlo mucho—. ¡¡Es buenísimo!!

Se sonroja.

—¿Qué? —Queda en shock, luego reacciona, se acomoda la corbata y se pone serio—. Esto es un atrevimiento a mi privacidad. Si tan solo hubieras entrado a robarme, yo...

—¡Juro que no vengo a robar! —Me levanto del asiento.

—¡Solo dime que viniste a robar!

—¡No! —chillo, indignadísima—. ¡Soy buena gente! Un poco estúpida, pero ladrona jamás.

Entrecierra los ojos.

—Pero eres lectora... no me gustan las lectoras.

—¿Prefieres a una ladrona? —Quedo estupefacta.

—¡Guarda eso ahí! —señala el cajón.

—¿El libro?

—¡Los papeles!

—Sí, pero es un libro.

—Olvídalo, nunca lo viste.

—Pero está buenísimo.

Enarca una ceja.

—¿Quieres conservar tu trabajo? —cuestiona.

—Ni siquiera tengo firmado los meses de prueba, así que no estoy trabajando, ¿verdad?

Le titila el ojo.

—Estás despedida.

Cielos, no debí haber escuchado a mi hermana.

¡Todo es culpa de Romualdo y ni siquiera soy una de las amantes, es mi fin!




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