LUCIEN VON MUNTEAN.
─── ∙ ~εïз~ ∙ ───
Mantener la concentración es imposible. El pincel pesa demasiado en mi mano. Quiero estar a su lado, pero Mihai tiene razón: nuestro primer encuentro no fue de lo mejor. Dejo la pintura a un lado. No lograré nada decente hoy.
Salgo al jardín. Me dirijo al pequeño bosque, propiedad de la mansión de mi familia por muchas generaciones. El aire de noviembre es húmedo y frío, me golpea la cara sin afectarme. Luego de un par de minutos caminando, llego a un riachuelo. Tomo asiento en una roca plana. Mi cabello se mece con la brisa invernal. A lo lejos, un gastado puente de madera cruza sobre el camino de agua cristalina.
—Te gustaba venir a este lugar —murmuro para mí mismo. Cierro los ojos un instante—, decías que era más acogedor que el castillo de mi familia. Para mí, este lugar nunca estuvo lo suficientemente lejos para que estuvieras segura.
Bajo la mirada. Me pregunto si es lo correcto. Mi tiempo pasó por no saber protegerla, la perdí y ahora que Amelie tiene otra oportunidad en esta época, bajo el nombre de Anny, una parte de mí piensa que lo mejor es dejarla tranquila. Pero otra parte, más egoísta y posesiva, quiere tenerla y no volver a soltarla nunca más, por toda la eternidad.
—Eres muy apuesto para ocultar tu rostro bajo el flequillo.
La voz femenina me hace alzar la mirada. Los escasos rayos de sol filtran entre las nubes, haciendo ver sus ojos más celestes, brillantes. No entiendo cómo pudo acercarse tanto y yo no logré darme cuenta. Eso no es normal. Soy un vampiro, mis sentidos no deberían fallar.
Ella me mira con una mezcla de intriga y reconocimiento. Veo cómo sus mejillas se tiñen de rosa. ¿Por qué está ocurriendo esto? —¿Está bien? —pregunta y su voz me trae de vuelta.
—¿Eh...? —respondo por inercia—. Sí, estoy bien.
—Usted no se ve muy convencido de lo que acaba de decir...
—Le acabo de decir que estoy bien, señorita...
—Anny Campbell —se adelanta a responder. Extiende su mano derecha—. Sé que tú y yo no tuvimos una buena primera impresión, pero mi padre me comentó que fue muy atento conmigo cuando tuve ese desmayo. Así que comencemos de nuevo.
Acepto la mano de la chica. Es pequeña, suave y cálida. Todo lo contrario a la mía. El contacto envía una descarga eléctrica por mi brazo muerto.
—Está bien. Lucien Von Muntean. Gusto en conocerla, señorita Campbell. Espero esté bien aquel desmayo, sí me preocupó mucho. ¿Cuál fue la causa de aquel desvanecimiento? ¿Acaso está enferma? —cuestiono, fingiendo inocencia. No estoy seguro, pero tengo la vaga idea de que una pequeña parte de Anny, en su vida cuando era mi amada Amelie, me recuerda. Aunque solo sea una pequeña fracción. Al menos eso es lo que quiero creer.
Sus mejillas se tiñen de rosa mas intenso producto de la vergüenza. Es una imagen que no me canso de admirar.
—Sí, no se preocupe. Quizás solo fue por el cansancio o un bajón de azúcar...
—¿Quizás? —cuestiono, arqueando una ceja. Hay cosas que definitivamente no cambian a pesar del tiempo. Anny es igual de terca que Amelie—. ¿Le han dicho que es usted una persona muy obstinada, señorita Campbell?
Hago hasta lo imposible para no soltar una carcajada al ver la tierna expresión de la chica frente a mí. Arruga la nariz y sus mejillas rosadas despiertan en mí esa ternura que no sabía siquiera que podía llegar a sentir de nuevo.
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Ella había insistido en ser mi modelo, pero del dicho al hecho era un largo recorrido. Tenía una hora en esa posición. Era poco lo que había logrado avanzar por lo inquieta que era mi lady.
—Amelie, así no puedo seguir con tu retrato.
—¿Por qué? —increpa, cruzándose de brazos.
—Eres como un pequeño colibrí, nunca estás quieta —espeto, frustrado—, creo que no será fácil. Mejor dicho, imposible —confieso un tanto cansado y divertido al verla actuar como una chiquilla.
—Lucien, debiste decirme que me quedara quieta —responde mi apenada musa, acercándose con timidez—, lo siento, ya me quedaré quieta, lo prometo —dice tomando mi mano con delicadeza. Yo no digo nada. pienso que no es necesario, pues es más que obvio que debe estar quieta mientras es retratada.
Ella tiene un deseo que ha guardado toda la mañana. Es algo atrevido, pero a comparación de todo lo que hemos hecho como marido y mujer, aquello no es más que una inocente caricia. Una pequeña muestra de afecto y cariño en su etapa de florecimiento.
Se acerca. Su rostro arde en vergüenza. Mis ojos la miran atentos a cada movimiento. Ella me toma cada vez más por sorpresa. Constantemente, Amelie tiene un debate entre su pudor y su deseo, y yo adoro cuando la lujuria gana esa batalla. Sin previo aviso, toma mi boca en un beso. Me sorprende no por el acto en sí, sino porque ella es tan tímida y recatada que no lo veo venir.
Tomo a Amelie del rostro. Ella me mira confundida, con sus tersos labios rosados entreabiertos. Su pecho sube y baja por su acelerado corazón.
—Te enseñaré cómo se hace, pequeña —ahora soy yo quien degusta de la dulce miel de los labios de mi promesa. Ese amor es el desconocido sentimiento que yo creía era solo portador de muerte y dolor. He sido sentenciado a querer a Amelie sin razón alguna. Y aunque al inicio solo la veía como una condena, ahora soy feliz por aquel castigo de amarla en muerte y en vida, por más que sea solo un lazo de sangre.
Suelto un suspiro y ella un quejido de dolor. He mordido su labio inferior, derramando un poco de sangre. Es mía por derecho, así como yo pertenezco a ella. Amelie intenta soltarse, pero se lo impido. Aferró más mi cuerpo, bajando mis manos a su cintura y espalda. Esa gota de sangre aumenta mi excitación a un punto donde ya no puedo volver atrás. Beber de Amelie es un hechizo del cual solo sería liberado con la muerte, y creo que ni aún así es posible. Ella termina envuelta en el juego de lujuria y pasión, guiada por mí. Amelie lleva sus brazos a mi cuello, aferrándose a mí, presa de la atmósfera de deseo a la cual la someto.
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Editado: 13.04.2026