Malas Costumbres

Capítulo 3

-¿Donde estuviste anoche? -preguntó Elizabeth mientras servía el jugo de naranja
-Fui con los muchachos al bar de Steve
-Al menos hubieses avisado, para no estar esperandote como tonta -dijo algo retraida.
-Lo siento, me quedé sin batería y supongo que también lo olvidé, espero no te sientas mal por eso. Ya estabas dormida cuando llegué
-Estuve hasta las 2:30 esperando por ti sentada en el mueble, sin saber nada, estaba preocupada.
Me levanté de la mesa, fui hacia Elizabeth, la abracé por la cintura desde su espalda y la besé en la mejilla. -Lo siento mucho, no volverá a ocurrir, lo prometo.
-Ya he escuchado eso antes
-Esta vez es la verdad
-Si claro, por supuesto -dijo con sarcasmo.
-Te lo digo en serio… es mas, lo compensaré.
Elizabeth sonrió, se llevó un mechón de cabello detrás de la oreja y dio un sorbo a su tasa de café.
-Cuando vuelvas, te daré un masaje y después, quizás, te deje ir arriba -dije con picardía, haciendo que Elizabeth se sonrojara.
-Se me hace tarde, ya me tengo que ir -dijo Elizabeth intentando evadir mi propuesta.
-Vamos… no te resistas, sé que lo quieres -insistí mientras hacia con mi rostro una imitación de cachorro abandonado a la que Elizabeth jamás había logrado desarrollar resistencia.
Estuvo pensativa por unos segundos antes de dar una respuesta.
-Si me das un buen masaje, tal vez, sólo tal vez… podrás ponerme las manos encima -contestó con una frivolidad fingida antes de darme un beso. Se dio la espalda y se despidió con un adiós.
Me sentí terrible por mentirle a Elizabeth, había jurado muchas veces antes que no volvería a engañarla, cada vez me convencía más de que merecía estar con un mejor hombre, pero me costaba dejarla ir, ella era lo único que tenía y en realidad la amo, la quería en mi vida, pero me resultaba tan difícil imaginar a Elizabeth, con su inmenso potencial, condenada a vivir de decepciones y engaños por mi culpa.
Supongo que he sido presa de mi hedonismo, nuestra relación está sometida a que ella esté siempre que la necesito y yo sólo aparezco de vez en cuando, cuando ella necesita de mi apoyo.
Me sentí peor cuando Elizabeth se fue al trabajo, es reportera local, trabaja en un periódico, en la sección de nacionales, toma fotografías, hace entrevistas y luego va directo a la mesa de cada habitante de la ciudad por la mañana, junto al café con leche y los huevos revueltos.  Yo me quedé pensando en ella, y en Amanda, no sé si deba ser sincero con Elizabeth, aunque seguro eso la destrozaría y Amanda… vaya, es tan hermosa y nos entendemos a la perfección, pero también le estoy mintiendo, no le mencioné nada sobre Elizabeth ni siquiera le dije que vivo con alguien. No sé que hacer, lo hablaré con Iván y Ricardo, ellos me entenderán y sabrán que debo hacer, o al menos eso espero.
En ciertos días, como hoy, espero que Elizabeth llegue del trabajo, de mal humor, decidida ha hacer un cambio y me diga que me vaya de su departamento y de su vida, que me diga que tiene a alguien más. Tal vez a uno de esos estúpidos reporteros con sus tontas corbatas y micrófonos cuadrados que tanto la persiguen, pidiéndole una cita para ir al cine o diciéndole absurdos cumplidos. Eso me destrozaría el alma y me dejaría en la calle, pero en definitiva sería lo mejor para ella.
A mi me falta valor para contarle acerca de esos pensamientos que me vienen de repente y sé que si se lo digo le haré daño, pensará que ya no la quiero, romperá en llanto y se encerrará en un capullo por semanas.
También puedo pensar en redimirme, en darme una ducha, ponerme un traje elegante y salir a la calle a buscar empleo, tomar mis hojas y arrugarlas, desistir de mi idea de ser poeta, dedicarme a cualquier otra cosa, algo que de resultados, con lo que pueda ayudar a Elizabeth a pagar las cuentas, pero ¿que pasaría con Amanda? No debería importarme tanto su futuro, estará bien, pero si me importa. No dejo de pensar en ella desde el día que nos volvimos a ver por primera vez, fue como encontrar en ella el desequilibrio que tanto deseaba tener desde que me mudé con Elizabeth.
Todo esto sólo me ha demostrado que al parecer estoy condenado siempre ha boicotear mi propia felicidad.

*
-¿Y Elizabeth lo sabe? -preguntó Ricardo
-Por supuesto que no -respondí exaltado.
-Lamento decirlo, pero creo que ahora si estás en un gran problema, imagina lo que pasará si Elizabeth se entera de lo que pasó.
-No puede enterarse, ni siquiera puede saber que estoy viendo a Amanda
-Jamás subestimes el poder destructivo de una mujer celosa -advirtió Iván jugueteando con las botellas vacías de cerveza en la barra-. ¿cuantas veces se han visto?
-Tres -revelé agachando la mirada-, la vez que nos besamos y un par mas.
Los muchachos me miraron sorprendidos.
-¿cuando fue la última vez?
-Anoche…
Hicimos silencio por un par de minutos, había una extraña sensación, en tiempos anteriores, engañar a la pareja era para nosotros una muestra de virilidad, un motivo de orgullo. Pero ahora era distinto, en el presente habían responsabilidades, prioridades, madurez, pero parece ser que no fue suficiente. 
Sentí como recaía sobre mi el castigo de la culpa, sabía que debía hacer algo por redimirme, pero no sabía qué, o ha decir verdad lo sabía perfectamente, sólo que no tenía ningunas ganas de hacer las cosas correctamente.
-¿Han notado que siempre ocurre lo mismo? -pregunté mirando a través del cristal de las botellas vacías mientras los muchachos me veían con singulares expresiones de incógnita, quizás creyendo que ya había bebido lo suficiente-. Siempre es lo mismo, creemos que todo va de maravilla, ustedes consiguen nuevos empleos, yo les juro que esta vez si tendré suerte con mis libros ¿y que pasa luego? Cometemos algún error, llegamos tarde tres días seguidos, nos metemos en problemas absurdos, o como ahora… ponemos en riesgo una relación. Es como si el tiempo nos condenara a repetir ciclo tras ciclo un subir y bajar de momentos buenos y malos.
-Pero nos tenemos el uno al otro, eso siempre es seguro -dijo Ricardo.
-Bien dicho amigo -respondió Iván poniendo la mano sobre su hombro.
-Un día deberíamos tener buena suerte -dije retomando mi discurso anterior-, pero lamentablemente la buena suerte no es eterna -finalicé con pesimismo.
-Quizás no estamos preparados para ser adultos -dijo Iván.

*
Me quedé pensando el resto del día en esa última frase de Iván, que creo que jamás había alcanzado tanta lucidez.
Elizabeth llegó del trabajo, exhausta y con una leve migraña, dejó su abrigo sobre un mueble en la sala y segundos después se dejó caer en el sofá. Yo me acerqué a ella a dubitativo -¿estás bien? -le pregunto susurrandole al oído-, ¿todo bien en el trabajo?.
-Todo bien, sólo estoy algo cansada -respondió.
Recordé la promesa que le hice por la mañana, y dispuesto a cumplir, la levanté del sofá y la llevé en mis brazos hasta nuestra habitación, la tendí en la cama y empecé a desvestirla.
Comencé desabotonando la blusa anaranjada con el logotipo del periódico y su nombre bordado en el bolsillo con el distintivo de reportera debajo.
-es increíble que aún te obliguen a usar esta cosa horrible -dije haciendo que riera.
Cuando acabé con el último botón me detuve a observar su piel, su pecho descubierto y mojado por el sudor subía y bajaba al ritmo de su lenta respiración. Elizabeth tenía una talla grande, nunca supe con exactitud cual, pero sé que una mano no me bastaba para cubrir por completo uno de sus senos.
Seguí con mi misión, le desabroché los pantalones y le quité zapatos, hasta que solamente la cubría su ropa interior.
Ella se dio la vuelta, poniéndose boca abajo para reclamar su justo y merecido masaje de las cinco en punto.
Le quité el sujetador para comenzar a dibujar círculos en su espalda desnuda, buscando puntos de presión, nudos o centros de tensión, mientas que a su vez, frotaba mi entrepierna en su trasero, para hacerle sentir lo que me causaba verla prácticamente sin ropa.
-¿Te he dicho que soy fanático de tu espalda?
-Ummm, creo que no lo suficiente.
-Pues lo soy
-¿Debería creerte?
-Deberías dejarme demostrartelo
-Creo que tienes razón, dime, ¿de que más eres fanático?
-De todo tu cuerpo -le contesté apoyando con más fuerza mi entrepierna-, pero tu culo es mi favorito.
Ella soltó un pequeño gemido. Le di media vuelta, estuvimos frente a frente y comenzamos a besarnos desenfrenadamente mientras nos movíamos por la cama buscando un lugar perfecto.
Al cabo de dos piruetas ella estaba de frente sobre mi y mientras nos besabamos mis manos recorrian todo su cuerpo de aquí para allá. 
A penas tuve ocasión mordí las aureolas rosadas que adornaban sus grandes pechos y los tomé entre mis manos para jugar con ellos a mi antojo.
Luego Elizabeth me pidió que la follara, con el tono de voz más erótico que jamás había utilizado y yo la obedecí, no sin antes haber enviado al dedo anular y al medio a una exploración satisfactoria que duró varios minutos.
-Aah… Haz eso de nuevo... Si, justo así… Aaaah, vamos por favor no te detengas… si, aaah, vamos… te lo ruego… Aaaaah.
Hubiese querido estar allí para siempre, con Elizabeth buscando placer en mi y yo en ella como si ninguna otra cosa pudiese alejarnos el uno del otro.
Cuando ya no pude aguantar más, le pedí que abriera su boca y ella lo hizo con sumisión.
-¿te gusta tragartela entera?.
Ella afirmó con la cabeza.
Puse mi mano detrás de su cuello, sentí que era su amo, podía controlar la velocidad con la que lo hacía o que tan profundo quería llegar, hasta que por fin dejé de resistirme y me corrí por toda su cara.



Jonathan Arocha Cotes

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Editado: 25.12.2020

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