Mariana

11- El anciano ciego

15 de mayo de 1919

Muy temprano, cuando el cielo comenzaba a clarear por el este, pero el sol todavía no se atrevía a salir, salimos corriendo de casa para acercarnos hasta el sendero del bosque donde Fermín nos esperaba. En un momento dado tuvimos que hacer un alto al extraviarme y tomar otro sendero que no era el que nosotros buscábamos. Cuando lo encontré, echamos a correr de nuevo.
—Creía que ya no vendríais —nos dijo en cuanto nos vio aparecer al galope.
—Hemos venido lo más rápido que hemos podido —protesté yo.
—Acompañadme, mi abuelo ya estará despierto.
Muy pronto oímos el conocido aullido que, a pesar de saber ahora quien lo producía, siguió helándonos la sangre.
—Sí —afirmó, Fermín —, está muy despierto.
Llegamos enseguida a la vieja cabaña donde vivía el aullante y Fermín nos hizo esperar un momento afuera mientras él entraba dentro de la casa.
Miré a Mariana pensando si era buena idea conocer a esa persona, cuando la puerta se abrió y Fermín nos invitó a entrar.
—Abuelo —dijo el muchacho —, estos son los niños de los que te he hablado.
El viejo nos miró con sus ojos ciegos. Era muy mayor, calculé que debía de rondar por los ochenta y tantos años. Su pelo canoso y muy largo y su enorme narizota eran los dos elementos que más destacaban en su rostro. Un rostro por lo demás muy afable.
—Decidme vuestros nombres, niños —dijo él.
Ambos nos presentamos muy educadamente.
El anciano me tomó de la mano de improviso y me acercó a donde él se encontraba. Luego sus largos y afilados dedos recorrieron mi rostro tal como lo haría una araña paseándose por mi cara. Sentí repelús, pero no dije nada, ni hice ningún movimiento para apartarlo de mí.
—Es su forma de veros —nos explicó, Fermín.
Soporté el escrutinio y luego le tocó a Mariana pasar por la inspección. Al ver como los dedos del anciano, dotados de vida propia, recorrían los rasgos de mi amada, estuve a punto de hacer lo que no hice cuando me tocó a mí: apartar esa viscosa garra de un manotazo y salir de allí corriendo. Pero aguante el tipo respirando hondo.
—Prometo no morderos —dijo el anciano ciego —. Ahora que ya os conozco, dejad que me presente. Me llamo Eustaquio Romero, pero si queréis y para abreviar, podéis llamarme abuelo.
—¿Abuelo? —Pregunté yo.
—Tengo la edad suficiente para serlo, mozalbete, incluso podría ser tu bisabuelo sin exagerar mucho.
El anciano había tomado nuestras manos mientras hablaba y las manoseaba sin apenas darse cuenta.
—¿Qué tenemos aquí? —dijo de pronto, volviendo su rostro hacia mí —. Un artista. ¿Escribes o pintas, dime muchacho?
No sabía cómo pudo adivinarlo.
—Escribo. ¿Cómo lo sabe usted?
—Tienes manos de artista, Álvaro —me dijo —. Son tus manos las que me lo han dicho. Y al igual que las de tu prima, que tiene unas manos muy delicadas, son muy expresivas... Así que te gusta escribir.
—Sí, señor. Pero solo escribo para mí.
—¿Y qué crees que hacemos todos los escritores? ¿Piensas acaso que escribimos para los demás? El acto de escribir, como cualquier otra representación artística es un acto de onanismo.
Nunca hubiera imaginado utilizar esa expresión al referirme a la escritura.
—No pongas esa cara, muchacho —dijo y yo no pude menos de sorprenderme al oírle. Era ciertamente imposible que supiera la expresión que yo tenía, pero había acertado —. Escribir te da placer, ¿no? Pues eso, lo mismo que...
—Entiendo —le interrumpí. No me gustaba ese tipo de comparaciones, sobre todo al tener junto a mí a mi prima.
Rió durante un rato y me sorprendí de nuevo al ver su perfecta dentadura, algo que nunca hubiera imaginado en una persona de su edad.
—Todos los artistas crean para sí mismos en primer lugar, luego son los demás los que deciden si valen la pena o no. ¿Qué es lo que escribes, muchacho?
—Nada serio, solo ideas que se me ocurren.
—Eso está bien. Primero hay que educar la imaginación. No todo lo que imaginamos llega a escribirse, pero esas ideas que se forjan en tu cabeza, algún día se agruparán y tendrás la semilla de una futura novela. Lo primero que debes saber es que para crear hay que sudar. Sin esfuerzo nada se consigue. Si ves que algo te resulta muy fácil, seguro que no es suficientemente bueno. El dolor y el arte van unidos de la mano y hay que ser o muy fuerte o muy inconsciente para desear ser un artista.
Le escuchaba con una especial atención, con la sensación de estar escuchando el sermón de los domingos en la iglesia. Como si sus palabras fuesen sagradas.
—No me hagáis caso —continuó —, a veces puedo llegar a ser un plomo, ¿verdad, Fermín? De todas formas, lo primero que has de hacer si quieres llegar a ser un buen escritor es leer, leer mucho. Leerlo todo y después, si tienes talento suficiente, que lo tienes, lo sé; es necesario enfrentarse a uno mismo. Nosotros somos nuestros mayores enemigos, Álvaro. Conozco personas que, con tal de no someterse a su propia crítica, no hacen nada y es que ser crítico con uno mismo es bueno, pero serlo demasiado es aberrante. Hay que dejarse llevar, como si estuvieras en un columpio. Si te sigues moviendo, seguirás disfrutando, pero si te paras...se acabó la diversión.
No sabía que decir. Aquellas palabras de ánimo estaban calando muy hondo en mí, tanto que tenía muchísimas ganas de ponerme a escribir de inmediato.
—Espero haberte sido de ayuda. Son tan sólo pequeños consejos que pueden venirte bien. Consejos que yo no recibí de nadie cuando comencé mi andadura y que sin embargo me hubiera gustado oír.
Le di las gracias y le dije que debíamos marcharnos a casa pues nuestra institutriz llegaría en cualquier momento.
—No os preocupéis, los estudios siempre deben ser lo primero. Una cabeza vacía es una cabeza llena de ideas idiotas, es muy importante tener una cultura y saber hablar de todo. Id a casa, no quiero entreteneros más. Me ha gustado mucho charlar con vosotros, aunque apenas os haya dejado hablar.
Nos despedimos del abuelo, como le llamaríamos a partir de ese momento y de Fermín.
—Una cosa más —nos dijo cuando ya salíamos por la desvencijada puerta —. Prometedme que volveréis a visitarme.
—Lo prometo —dije y pensaba hacerlo. Creía haber encontrado a un maestro en aquel anciano ciego.



Marcus Turkill

Editado: 12.07.2018

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