Mariana

41-Frente a frente

¿Cómo expresar la impotencia que sentí en ese momento?
Era imposible para mí llegar hasta la cueva por mis propios medios. Solo veía una salida. Avisar a mi tío y rezar para que llegásemos a tiempo.
Bajé los peldaños de la escalera a una lamentable velocidad, pero por más que trataba de ir más deprisa, no lo conseguía.
Al llegar al dormitorio de mi tío, aporreé la puerta sin contemplaciones. Él despertó sobresaltado y en escasos segundos le puse al tanto de todo.
—Vístete —me dijo —, yo pondré en marcha el coche.
Llegamos a la cueva en muy poco tiempo.
Yo todavía anhelaba haber llegado antes que Mariana, pero sus huellas recientes en el barro junto a la entrada de la cueva, me confirmaron que no era así.
La tormenta estaba sobre nuestras cabezas y la lluvia había empapado el suelo, convirtiéndolo en un lienzo en el que se dibujaban sus pisadas adentrándose en el interior de la cueva.
—Llegamos tarde —dije.
—Entremos —ordenó mi tío encendiendo la interna.
Acaté sus ordenes y le seguí tan rápido como podía. Él se dio cuenta de que no podía continuar a su ritmo y me obligó a esperarle mientras buscaba a su hija.
Desapareció en la oscuridad que poco a poco fue envolviéndome según se alejaba de mí. Mi tío, con las prisas solo había traído una linterna, pero yo recordé que junto a la entrada aún estaban las linternas de queroseno que usamos la primera vez que vinimos a la cueva y que nunca volvimos a recoger. Me acerqué a la entrada y a la luz de una luna creciente, traspasé el poco queroseno que quedaba en una de ellas a la otra. Después prendí la llama usando las cerillas que siempre llevaba conmigo. Una precaución muy útil en aquel momento.
Volví a entrar a la cueva y esta vez seguí los pasos de mi tío.
Al llegar junto a la sima comprobé que la escalera que Salva había dispuesto para descender a ella, aún seguía allí, esperando que la utilizase. Esta vez mi descenso fue mucho menos vertiginoso que la vez anterior cuando caí literalmente en el pozo sin ningún tipo de miramientos.
La sala de torturas, nunca mejor llamada, estaba vacía. Un escalofrío recorrió mi espalda al recordar a Mariana tumbada sobre esa mesa, dispuesta a ser sacrificada por un demente.
Continué mi exploración dejando a un lado mis tenebrosos pensamientos. Estaba seguro de que iba a encontrar a Mariana y estaría sana y salva.
Pensaba que, de nuevo, la culpa era mía. Nuestra conversación hacía unas horas era la causante de que mi prima hubiera tomado la decisión de venir ella sola a este lugar. Nunca podría perdonármelo si la sucedía algo. Tenía que encontrarla y llevarla de vuelta a casa y luego, olvidarnos de seguir jugando a detectives que terminaba por ser algo muy peligroso sin duda y muy inconsciente por nuestra parte.
Pensé, dónde habría podido ocultarse Fermín. Yo solo conocía una ínfima parte de aquella enorme cueva, pero él debía de conocerla muy a fondo. Podría estar en cualquier parte, incluso podría estar escuchando el ruido que producía desmañadamente o espiándome desde las sombras, siempre al acecho.
Llegue junto a la vieja vagoneta abandonada y me interné por el estrecho pasadizo que, ahora sí, sabía que conducía hasta la cueva del rio subterráneo. Fui con prudencia pensando en las emanaciones de gas y temiendo volar literalmente al llevar la linterna de queroseno, pero nada ocurrio, gracias a Dios. Allí, en aquel lugar, había encontrado a Fermín la vez anterior, pero no creía que esta vez fuese tan sencillo. Salí, arrastrándome como pude y cubierto de barro. El suelo de la caverna estaba anegado de agua. La lluvia que caía en el exterior debía de filtrarse por algún resquicio del techo, empapándolo todo.
Vi las huellas de mi tío junto a las de la Mariana en el barro fresco, pero no había huellas de Fermín. Claro que, él habría haber entrado mucho antes, cuando aún no llovía y por eso sus huellas no se reflejaban en el barro.
El ruido que producía el turbulento río, alimentado con el agua de la tormenta que descargaba en el exterior, era ensordecedor. Me acerqué hasta el borde, justo donde las aguas salpicaban la orilla y entonces vi el bulto en el suelo.
Se trataba de mi tío. Algo o alguien le había golpeado en la cabeza con bastante fuerza y yacía inconsciente.
Comprobé que aún respiraba y fue en ese instante cuando oí su voz. La voz de Fermín que me hablaba desde las sombras.
—¿Vienes a continuar con nuestra pelea? —Me dijo, sarcástico.
—Vengo a hablar contigo. Quiero que nos dejes en paz. Vete lejos de aquí, donde no puedan seguirte...
—Y si no lo hago, ¿Qué?
—Entonces no tendré más remedio que matarte —le dije muy serio —. Dime donde está Mariana.
—¡Oh! La pobre cayó al río tratando de ayudar a su papaito. En estos momentos su cuerpo estará destrozado por las rocas muy lejos de aquí. Una tumba subterránea. Nunca la encontraras...
—¡Mientes! —Le dije.
—¿Por qué iba a hacerlo? Te he dicho la verdad. Forcejeamos, perdió el equilibrio y cayó al agua. Una lastima, me hubiera gustado matarla con mis propias manos, pero no ha podido ser...Te mataré a ti y así lo compensaré...
Era imposible que me estuviera diciendo la verdad. Mariana no podía haber muerto...No, no podía dejarme así...
Me acerqué hasta la zona de la que parecía provenir la voz del muchacho y le vi, sentado sobre una enorme roca que presidía el centro exacto de aquella cueva, tal y como si estuviera sentado en un trono de piedra.
—Baja y acabemos con esto —le dije.
—Con mucho gusto, pero esta vez será a mi modo.
Saco un largo cuchillo y la luz de la linterna que había dejado en el suelo se reflejó en su acerado filo.
Me arrodillé un momento y cogí una piedra larga y afilada, ocultándola a mi espalda. Tenía que dejar que Fermín se confiara lo suficiente para acercarse a mí, entonces yo atacaría.
—Vamos a divertirnos un rato —clamó mi antiguo amigo mientras bajaba de la roca.
¿Qué le sucedía? Me pregunté. ¿Cómo un muchacho en apariencia normal y corriente, podía sentir esos impulsos homicidas? No creía poder averiguar en algún momento la respuesta a mis preguntas, porque cuando Fermín llegó hasta mí. No sentía ningún deseo de conversar con él. Tan solo ansiaba matarle...



Marcus Turkill

Editado: 12.07.2018

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