Memoria rota

Capítulo 23

Levantarme junto a él me alegró la mañana. Estaba aliviada, me sentí protegida cuando abrí mis ojos y lo vi abrazándome con fuerza. Los comentarios de las chicas por twitter se borraron de mi mente cuando me dio los buenos días con un dulce beso en mi cabello y entonces yo se lo devolví en los labios. Si esa es la única manera de callar los comentarios en mi cabeza, entonces permaneceré lo más cerca de él.

 Noto que mi actitud pegajosa le es extraña en mí, pero no me detiene cuando le abrazo por la espalda cuando cepilla sus dientes, y mucho menos cuando me siento a su lado en la encimera cuando normalmente lo hago del otro lado, frente a él.

 —¿Me dirás que es lo que está pasando?

 Su pregunta me toma por sorpresa. Suena curiosa, no irritada, lo cual me tranquilizó. Transformo mi nerviosismo en total confusión, fingiendo demencia.

 —No sé de qué hablas. –Meto una gran cucharada para darme tiempo a procesar lo siguiente.

 —¿No? –Sonríe con sorna, a pesar de ser un tema serio para mí. –Te muestras más afectuosa que nunca. Eres demasiado penosa como para tomarme de la mano en el desayuno, linda.

 Atrapo mis labios entre los dientes y trago mi bocado.

—¿Lo vez? Te llamé por un mote cariñoso y ya te sonrojaste. –Ladea la cabeza con una sonrisa victoriosa.

 Usé otro bocado de cereal como escudo para evadir la pregunta. Sé que si hablo lloraré.

 —¿Que pasa, Ana? Puedes decirme lo que sea. ¿Te sientes mal?

 Sin respuesta alguna a su preocupación, asiento.

 —Leiste los comentarios de twitter, ¿cierto?

 Aprieto mis ojos al sentirme descubierta. Ni siquiera me importa el cómo lo descubrió. De todos modos tenía la ventana abierta y usé su computadora. Asiento nuevamente.

 —Demonios, Ana. ¡Habla, mujer! –La subida de tono me sobresaltó. –Me importas demasiado. Debes decirme las cosas que...

 —¡No es solo los comentarios! –interrumpo su sermón. No quiero sermones.

 —¿Qué te hizo Emili esta vez? –suelta de segundo después.

 —Ella... ¿Cómo lo sabes? –Mi labio inferior comenzó a temblar.

 —Zack. –Contesta con obviedad. –Me dijo que Emili te ha molestado estos últimos días.

 Quedé en silencio, frotando mi brazo avergonzada. Apreté mis labios sin saber qué decir.

 —¿Porqué no me dijiste nada?

 —No puedo seguir yendo por ahí soltando lágrimas y pidiendo ayuda. Quiero ser lo suficientemente fuerte como para ignorar a todos y arreglármelas sola.

 —Eso lo se, bonita. Pero es absurdo. –Se sintió como un regaño a pesar de su cálida sonrisa. –Necesitas a alguien que te apoye. Para eso estoy aquí. Para escucharte y apoyarte. –Mi silencio volvió. –¿Qué te ha hecho?

 Parpadeé un par de veces antes de tomar todas las cosas que dijo y hablar.

 —Primero me acusó de haberte robado, luego fue lo de la piscina...

—ella te empujó, ¿cierto? –Interrumpe irritado.

 —Si. –Murmuro cabizbaja. –Luego fue... Fue... –Jugueteé con mis dedos nerviosa. Decir esto en voz alta es vergonzoso –Me dijo que nunca me verías como una mujer. Que me dejarías por no ser lo suficiente para ti...

 —y tu saliste del aula, te encerraste en el baño y no entraste a ninguna de las clases. Zack me dijo todo. –Me miró en desaprobación. –Ahora, ¿porqué le creíste?

 Ahora puedo ver que hablar se siente bien, aunque sus regaños me caigan gordos puedo soportar su mirada furibunda.

 —Lo siento. Fue en lo primero que pensé. Sé que fue cobarde de mi parte.

 —De acuerdo. –Suspiró pesadamente y frotó su rostro. –¿Quieres salir esta noche?

 —Debo terminar mi trabajo con Zack. Es para mañana.

 —¿De nuevo en su casa?

 Asentí a su cautelosa pregunta.

 —De acuerdo. –Resopla para sí mismo. Recoge los platos y se los lleva al fregadero. –Debemos irnos ya. Lávate el rostro.

 Uso mi pañuelo blanco y estrujo mi rostro, quitando rastro de lagrimas.

 Partimos a la universidad, en silencio. Sólo con nuestras miradas manteníamos una conversación silenciosa, su mano acariciando con dulzura la mía me consolaba hábilmente en el momento que mi mirada se perdía en la nada. ¿Sabrá lo que pasa por mi mente?

 Llegamos a mi edificio, despidiéndose de mí antes de ir por su lado. Subí rápidamente los escalones y en una vuelta me detuve en seco.

 —Anais –La irritante voz me provocó un bajón terrible. –Pensé que te marcharías después de lo de ayer.

 —No, Emili. –Suspiré obstinada pero decidida con voz temblorosa. –No voy a dejar que me...

 —Yo seguiré hundiéndote hasta que caigas como el tronco seco que eres. –Dio un paso peligroso hacia mí.

 Mi decisión resbaló por mi cuerpo al suelo y se fue al demonio

 —Emili, ya...

 —¡Rubia!

 Giré mi cuerpo completo bruscamente hacia aquella voz gruesa y dulce a la vez.



Diohannis Gabriela Alguaca Dayar

Editado: 05.09.2020

Añadir a la biblioteca


Reportar