Mi Dulce Doctor

*17*

MELISSA

 

Era inevitable no sentir cómo miles de mariposas revoloteaban en mi interior; su abrazo fue cálido, enternecedor y perfecto. Sonreí, como tonta, aferrándome a su cuerpo y disfrutando de su compañía. Sabía que era una locura creer que un hombre como él podría fijarse en una chica como yo, pero no quería soltarlo, así que me limité a disfrutar de ese mágico momento.

Tímidas, sus manos se deslizaron por mis cabellos, su tacto era sutil, como si sus dedos más bien flotaran. Quería quedarme así para siempre, porque cuando estaba con él me sentía segura, me sentía libre, me sentía sana.

Me aventuré a acariciar su espalda e inhalé el perfume de su piel, entonces escuché aquella voz chillona. Tomé una respiración profunda y me hice a un lado para saber de quién se trataba.

«¡Ay, no, ya le cayó la mosca a la sopa!»

La rubia frente a nosotros, tenía la mano apoyada en la cintura y no cesaba de chocar su pequeño tacón contra el suelo.

«¡Arruina momentos!»

—Pensé que habías regresado a tu casa —espetó, mientras me observaba con desfachatez de pies a cabeza—. ¿No fue eso lo que me dijiste que harías?

«¡No la soporto!»

—La verdad preferí quedarme —repuso él. «¡Claro, esta fue la que lo dejó plantado!»—. Te presento a Melissa, es una de mis pacientes —continuó, y deteniendo sus ojos en mí, añadió—: Ella es Anastasia, una amiga.

«¿Amiga?»

«¿O sea, no tienen nada?»

—Ah... —balbuceó, como si no se hubiese percatado de mi presencia. Extendió su largurucha mano para saludarme, y agregó—: ¡Es un placer!

—Igual —respondí, estrechando su mano.

—¡Vaya, no luces como alguien que tenga cáncer! —exclamó, mordaz, logrando que el semblante de Dawson se tornara frío—. Siempre me los imagino sin cabello.

«¡Busca tu muerte natural, no querrás terminar como la verdadera Anastasia Romanov!»

—Sí, bueno —respondí, como si aquella frase no me hubiese dolido—. Algunos aún tenemos la suerte de conservar el cabello.

—¿Y tú no estabas en una cirugía? —formuló Dawson, poniéndole fin a nuestra plática—. Me dijiste que tardarías toda la noche en el quirófano.

—Acabo de salir —se limitó a contestar, e ignorando mi presencia por completo, añadió—: ¿Me llevas a casa, guapo?

«¡Coqueta descarada, pero yo la mato!»

—Claro... —respondió el muy idiota. «Bueno, Mel y qué esperabas, no va a rechazar a la rubiecita para quedarse contigo»—. Descansa —añadió, obsequiándome una dulce mirada.

—Gracias por acompañarme a la fiesta, y por el globo —comenté, y con toda la mala intención, lo volví a abrazar. «¡Vaya Mel!, es increíble el nivel de maldad que algunas veces puedes tener, pero que consté que ella comenzó»—. De verdad disfruté mucho esta noche —él asintió, un poco tenso.

Ella cruzó sus brazos y abrió sus ojos en su máxima expresión, estaba furiosa.

—Descansa, linda —musitó ella, sonriendo. «¡Pero esta es más falsa que una muñeca Barbie!»—. ¡Vamos, guapo! —añadió, tomándolo por el brazo.

—¡Vamos guapo! —la remedé, mientras ambos se alejaban—. ¡Rubia descarada!

Giré la manilla de la puerta y entré a la habitación.

Suspiré.

—¡Hija, por fin llegas! —exclamó mamá, levantándose del sillón—. Me tenías preocupada, ¿cómo te fue? ¿Te divertiste?

—Ni te imaginas —mascullé, arrojándome de golpe sobre la cama donde solía dormir mi madre—. ¡Fue genial! —Me abracé al globo y cerré los ojos, recordando todo lo que había vivido esa noche.

«¡Un momento, Mel!»

Abrí los ojos súbitamente.

«No te estarás enamorando de ese antipático doctor ¿verdad?»

Terminé riendo de mis pensamientos.

—¿Qué tienes, hija? —inquirió mamá, extrañada por mi actitud—. ¿Y esa risa?

—No es nada, mami —respondí, jugueteando con el globo—. Sólo son cosas mías —añadí, incorporándome de la cama, hasta quedar sentada.

—De verdad no te entiendo, Mel. —continuó mamá, mientras yo comenzaba a quitarme los zapatos—. ¿Por qué no me cuentas?

«¿¡Qué!?»

«¡No!»

—No te preocupes, mamá —le aseguré—. No hay nada que entender. Aunque a decir verdad sí tengo algo que contarte.



NathaschaVzla

Editado: 10.01.2021

Añadir a la biblioteca


Reportar