Mi Dulce Doctor

*20*

DAWSON

 

—Buenas tardes —saludé, ingresando a la oficina del Dr. Díaz.

—Buenas tardes —contestó, alzando las cejas en señal de sorpresa—. Qué bueno verte por aquí, Dawson ¿cómo está todo con los pacientes? —formuló, ofreciéndome asiento.

—Todo bien —respondí, sentándome—. Verá, necesito que me ayude con el algo.

—Por supuesto, cuéntame de qué se trata.

—Es el paciente de la habitación treinta, el Sr. Taylor —le expliqué, mientras el recargaba su cuerpo en el espaldar de la silla.

Después de aquella conversación que había tenido con Melissa, se me había ocurrido que si hablaba con el Dr. Díaz, este me podría dar una autorización para llevar a Andrew a la playa, y así no vería en la necesidad de hablar con su familia.

—¿Cáncer de próstata metastásico? —inquirió, me limité a asentir— ¿Qué pasa con él? ¿Necesita alguna medicina?

—No, es que...verá, él quiere ir a la playa —le expuse con determinación—. Así que me gustaría llevarlo, pero necesito una autorización suya para poder sacarlo del hospital.

—En su estado es muy arriesgado sacarlo, es...

—Usted y yo sabemos que su estado ya no tiene vuelta atrás —protesté, sin dejarlo terminar la frase—. ¿Por qué no hacerle realidad lo que pide? —cuestioné, en un esfuerzo por hacerlo cambiar de opinión, él se limitó a escucharme de brazos cruzados—. Está en nuestras manos poder ayudarlo ¿no cree usted?

—Me gusta como hablas, Dawson, demuestra que estás cambiando, pero ambos sabemos que la autorización que necesitas no es la mía, sino la de su familia.

—Pero... —Desilusionado, desordené mi cabello. Lo último que esperaba escuchar, era una negativa de su parte, después de todo, era él mismo quien nos había incentivado a compartir nuestro tiempo con los pacientes—. Es que no creo que se la den —expuse.

—No estés tan seguro de eso, Dawson —intentó hacerme reflexionar—. Puede ser que hasta se animen a llevarlo ellos mismo, su...

—¡Por favor! —interrumpí, molesto y acto seguido, me levanté de la silla—. Ni siquiera se han tomado un minuto de su tiempo para venir a verlo. ¿Creé usted que se preocuparán por lo que quiera o no quiera el Sr. Taylor? —cuestioné, perdiendo la poca paciencia que me quedaba—. Conozco a esas clases de personas, son egoístas por naturaleza. No les importa nada, que no sean ellos mismos.

—Dr. Schindler —musitó, en un intento por tranquilizarme, así que volví a tomar asiento—. Puedo entender su preocupación, una vez entablamos una conexión con un paciente, se hace imposible no querer ayudarlo, pero existen reglas y hay que cumplirlas, aunque creamos que son injustas. Habla con sus familiares y si consigues la autorización, yo prometo que te proporcionaré una ambulancia para que lo lleves —añadió al final.

—Pero no lo comprendo, usted hace que nos involucremos con un paciente, que de cierta manera le tomemos cariño, y luego nos niega la oportunidad de poder ayudarlo.

—Yo no te estoy negando la oportunidad de ayudarlo —se defendió—. Sólo te estoy diciendo que hables primero con su familia. Imagina qué pasaría si al Sr. Taylor le sucede algo durante ese viaje ¿estás consiente de las consecuencias que eso acarrearía al hospital? —cuestionó.

—Y si no dan la autorización, ¿qué pasara? —formulé—. Tendré que quedarme con los brazos cruzados, y esperar que muera sin volver a ver la playa como tanto lo desea.

—Dawson, no somos magos para hacer que todos los sueños se hagan realidad.

—El que no cree en la magia, nunca la encontrara —respondí.

—Roald Dahl —afirmó, mencionando al escritor—. ¡Vamos, Dr. Schindler! —agregó, en un intento por subir mi ánimo—. Consiga esa autorización y búsqueme.

***

Cuando entré a mi oficina, busqué los datos del Sr. Taylor y tras revisar algunos documentos, conseguí el número telefónico de su hijo, Simón Taylor.

Detestaba tener que lidiar con esta clase de personas, pero no me quedaba de otra, así que marqué su número en diferentes oportunidades, y como era de imaginar, no contestó.

«¿Y si le hubiese pasado algo al Sr. Taylor?»

Negué con la cabeza, estaba seguro de que mi padre y él serían muy buenos amigos, ambos eran iguales.

Recordé que el día en que murió mamá, yo me sentía tan abrumado que no sé ni por qué razón, fui a buscarlo, pero él no estaba, como siempre. Lo llamé una decena de veces a su celular, pero no contestó, resulta que se había ido de vacaciones a Miami con sus nuevos hijos.

«¿Qué clase de hombre se va de vacaciones, mientras su hijo ve morir a su madre, en una cama de hospital?»



NathaschaVzla

Editado: 10.01.2021

Añadir a la biblioteca


Reportar