Mi Dulce Doctor

*25*

Se puede fingir todo

 lo que uno quiera;

pero una mirada siempre

 lo confesará todo.

 

MELISSA

 

Todo mi cuerpo se estremeció; su piel era tan suave y tersa, jamás me cansaría de tocarla.

Sus manos unidas a las mías, me acariciaban con sus pulgares, mientras nuestros corazones latían al compás de nuestras emociones.

Su respiración poco a poco, se tornaba agitaba, semejante a esa sensación en la que te cuesta respirar.

En ese instante, me pregunté si él también sentiría lo mismo; si sentía qué flotaba en nubes de algodón, cada vez qué estábamos cerca.

Sí cada vez que me miraba a los ojos, no solo veía pupilas, sino estrellas lejanas e intocables.

Sí notaba que cada vez que estábamos juntos, era como si la vida comenzara a dibujar un nuevo horizonte, una nueva historia en la que abundaban hermosos colores, y ya no había más tristezas en las que pensar.

Permanecimos así unos minutos, sumidos en aquellas sensaciones, mientras las estrellas no observaban, mientras el viento —gélido y fuerte—, soplaba en nuestros rostros, y nos susurraba al oído, lo valioso que era la vida.

La vida que es tan corta y frágil, pero que nos regala tan hermosos momentos.

La vida que coloca en nuestro camino a personas increíbles, sin importar las circunstancias.

Sí, porque vale la pena vivir la vida, aunque te destroce y te duela.

Porque de eso se trata, de aprender mientras caes, de sonreír mientras descubres como enfrentarte ante la adversidad, de luchar, de jamás darte por vencido, y de disfrutar de las pequeñas cosas que nos obsequia.

Lentamente, me solté de su agarre y deslicé mis manos hasta su cuello, lo sentí relajarse y llevar sus manos hasta mi cintura.

Con sutileza me atrajo hacia él; aferrando firmemente mi cuerpo al suyo, mientras yo —tratando de controlar mis nervios—, enredaba mis dedos, entre sus oscuros cabellos.

Era imposible luchar con esa fuerza de atracción, muy semejante a la fuerza que ejerce la luna sobre el mar.

Delicadamente separé mi frente de la suya, y fue entonces, que nuestras miradas— cafés y avellana—, se mezclaron en un solo tono.

Tímidos, comenzamos a esbozar una sonrisa, y los pocos centímetros que nos separaban, se comenzaron a convertir en milímetros.

Contemplé su níveo rostro y me aventuré a delinearlo con mi dedo índice.

—¿Qué haces? —preguntó, divertido.

—Nada —contesté, mientras delineaba su frente—. Solo quiero que mis manos, jamás olviden tu rostro.

Él negó, divertido, mientras yo deslicé mi dedo por el puente de su nariz, y llegué al borde que lo separa de su boca.

Me detuve a pensar en lo perfectos que eran sus labios, y en lo mucho que deseaba besarlos.

Un beso tierno y dulce, de esos que te elevan hasta las estrellas.

«¿Besos?»

Me reí de mi misma, la verdad era que nunca había besado a nadie.

Seguí mi camino y rocé levemente, sus mullidos labios.

Acto seguido, tomé mis manos y acaricié su rostro, cerrando los ojos, para guardarlo en mi memoria.

—Mel... —jadeó, haciéndome abrir los ojos.

Deslicé mis manos otra vez a su cuello, acerqué mi rostro lo más que pude a él, sentí su aliento muy cerca del mío, y el palpitar de nuestros corazones en un solo latido.

Sin dar explicaciones, ni cabida a medias palabras, cerré nuevamente los ojos, y acerqué mis labios a los de él.

Creo que él también hizo lo mismo, porque podría jurar que sentí el leve roce de sus labios.

Y se suponía que ese era el instante en que la princesa se daba el beso con su príncipe azul, pero no.

Cuando abrí los ojos, lo vi apartarse de mí, e impulsivamente lo detuve tomándolo por la muñeca.

—¡No, por favor! —supliqué.

Su semblante era de confusión.

—Mel... esto no está bien —se limitó a contestar, un nudo se comenzó a formar en mi garganta.

«¿Qué, cómo que no está bien?»

«Yo creí que él... No lo entiendo»

Le solté de la mano.

—¿Por qué, porque estoy enferma? —cuestioné.

Le di la espalda, dejando correr libremente mis lágrimas.

Lo sentí acercarse, y colocar su mano en mi hombro.

—Por favor, Mel —musitó, volví la vista hacia él—. Eso no tiene nada que ver, hay otras cosas... Cosas que van en contra de mí, y de lo que soy.

Desconcertada, negué con la cabeza y me volví a poner de espaldas. Esta vez, él caminó hasta quedar frente a mí.

Levantó mi mentón que permanecía gacho, contempló mis mejillas bañadas en lágrimas, y las secó.

«Soy una tonta, como pude pensar que...»



NathaschaVzla

Editado: 10.01.2021

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