Esa misma tarde, el ambiente en el despacho de Dante cambió por completo cuando la puerta se abrió y Franco entró con paso medido, depositando sobre el escritorio de caoba una pequeña nota escrita a mano.
—La dirección que solicitó, señor. La envió la señora Miller hace unos minutos —indicó su asistente, retirándose de inmediato con la discreción que lo caracterizaba.
Dante tomó el papel entre sus dedos. La dirección correspondía a un café familiar exclusivo, un lugar diseñado específicamente con áreas de juegos y estimulación temprana para bebés de entre nueve meses y tres años. Era un espacio seguro, vigilado y neutral, elegido con pinzas por Victoria para evitar cualquier escena o ventaja territorial de su parte.
A la hora acordada, Dante cruzó las puertas de cristal del establecimiento. El lugar estaba lleno de colores pasteles, risas infantiles y el murmullo constante de madres y niñeras. No tardó en ubicar a Victoria. Estaba sentada en una mesa alta junto a una zona de corralitos acolchados, bebiendo té con una postura tan rígida y distante que parecía esculpida en hielo. A pocos metros de allí, dentro del área de juegos, el pequeño Lucas se entretenía apilando bloques de gomaespuma junto a otros dos niños de su edad.
Dante caminó con paso firme y se detuvo frente a ella. Sin decir una sola palabra, tomó asiento en la silla opuesta, cruzando las manos sobre la mesa. Su sola presencia hizo que la temperatura alrededor de Victoria pareciera descender diez grados.
—Veo que elegiste un lugar muy seguro —rompió el hielo Dante, con su habitual tono imponente.
—No lo hice por ti, lo hice por mi hijo —respondió Victoria de inmediato, sin levantar la vista de su taza, manteniendo un tono gélido y cortante—. No pienso exponer a Lucas a un circo mediático ni a tus desplantes de CEO acostumbrado a pasar por encima de todo el mundo. Así que hablemos de una vez y pongamos las reglas claras.
Dante frunció el ceño, molestado por el tono defensivo de ella.
—Baja un poco la guardia, Victoria. No estoy aquí para pelear contigo hoy. Estoy aquí por mi hijo.
—¿Tu hijo? —soltó ella una risa amarga, clavando por fin sus ojos oscuros en él, brillando con un desprecio apenas contenido—. Qué fácil es decirlo ahora, ¿no? Después de haberme echado a la calle y haberme negado cualquier apoyo. Pero te lo advierto, Dante: si pretendes venir a imponer tus reglas, te equivocas de medio a medio.
Las palabras de Victoria encendieron una chispa de irritación en Dante, cuyo ego masculino y dominante raras veces toleraba que le hablaran de esa manera.
—No vine a negociar bajo tus caprichos, Victoria. Soy su padre por derecho y por sangre, y si quiero verlo todos los días, lo haré, con o sin tu permiso judicial —replicó él con voz grave y cortante, un comentario erróneo que solo logró avivar la furia de ella.
—¡Inténtalo y te juro que te convertiré la vida en un infierno legal! —siseó Victoria inclinándose sobre la mesa, con los nudillos blancos de tanto apretar la taza—. No te voy a permitir que aparezcas de la nada a perturbar la paz de Lucas.
El intercambio de reproches continuó durante largos minutos, con Dante soltando comentarios arrogantes que encendían aún más la ira de Victoria, y ella respondiéndole con un muro de hielo y hostilidad. Sin embargo, al ver que la discusión no conducía a ninguna parte y que el tiempo corría, Victoria contuvo el aire, cerró los ojos un instante para recomponerse y soltó el amargo acuerdo al que había tenido que ceder por miedo a perderlo todo.
—Bien... —masculló ella con resentimiento, cruzándose de brazos—. Habrá un día a la semana. Una sola visita de una hora en un lugar neutral. Y bajo mi supervisión estricta, te guste o no.
Dante la observó en silencio, evaluando la oferta. Sabía que presionar más en ese momento contra esa muralla de rencor solo retrasaría las cosas. Asintió lentamente con la cabeza.
—Acepto los términos. Por ahora —concedió él con voz baja.
Victoria lo miró con recelo antes de añadir un detalle que le dolía en lo más hondo del alma, pero que era una cruda realidad:
—Y una advertencia más... No te presentes de inmediato ante él como su padre. Lucas no sabe quién eres. Para él, el único referente masculino en casa es mi padre, y cada vez que ve a alguien con traje solo sabe llamarlo "papá" por costumbre. No quiero que lo confundas ni lo asustes.
El rostro de Dante se endureció, sintiendo una punzada invisible en el pecho al saber que otro hombre ocupaba el lugar que le correspondía, pero volvió a tragar saliva y asintió con rigidez.
De pronto, un silencio extraño se instaló entre ellos. Dante desvió la mirada hacia el corralito donde el niño seguía jugando con los cubos de colores. Verlo tan cerca, tan pequeño e indefenso, removió algo profundo en su interior. Giró lentamente el rostro hacia Victoria y, para sorpresa absoluta de ella, el hombre implacable de los negocios bajó la guardia de una manera que jamás habría imaginado.
—¿Me... me das permiso para acercarme y tocarlo? —preguntó Dante, con una vulnerabilidad inusual asomándose por primera vez en su voz.
Victoria se quedó petrificada. Miró los ojos oscuros de Dante, buscando algún rastro de manipulación, pero solo encontró una extraña súplica contenida. Tragó saliva, con el corazón latiéndole acelerado, y finalmente asintió de manera casi imperceptible.
Dejando atrás toda la frialdad acumulada en la charla, Victoria se puso de pie, caminó hacia el corralito y levantó a Lucas en brazos. Se acercó con paso lento hasta donde Dante se había levantado de la mesa.
—Lucas, mi amor... mira, él es un amigo de mamá —le presentó Victoria con una sonrisa forzada pero dulce, guiando las manitas del niño hacia el hombre que lo observaba con el aliento suspendido.
El pequeño Lucas, ajeno a toda la tensión de los adultos, inclinó la cabecita hacia un lado con curiosidad. Al ver a aquel hombre alto y elegante mirándolo con tanta fijeza, el niño no sintió miedo; en su lugar, una pequeña y genuina sonrisa se dibujó en sus labios infantiles.
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Editado: 01.08.2026