Mi Exmarido Quiere a Nuestro Hijo

Capítulo 10: Promesas en la sombra

Los treinta minutos que Dante pasó con Lucas en el corralito pasaron como un parpadeo. Ver al niño reír, sostener su dedo con una manita diminuta y balbucear palabras ininteligibles había desarmado al implacable CEO de una manera que jamás creyó posible. Sin embargo, cuando el reloj marcó el final del tiempo pactado, la realidad volvió a estrellarse contra ellos con la fuerza de una ola.

Victoria se acercó con paso firme, extendiendo los brazos para tomar al pequeño de vuelta. Su rostro recuperó de inmediato esa coraza de hielo y distancia que tan bien había ensayado.

—Se acabó el tiempo por hoy, Dante —dijo ella con voz tajante, acomodando a Lucas contra su pecho mientras el niño protestaba con un suave puchero porque quería seguir jugando con el hombre del reloj brillante.

Dante se puso de pie lentamente, sacudiéndose de forma inconsciente las rodillas del pantalón. Aunque su mente seguía cautivada por la sensación de haber tenido a su hijo en brazos, su instinto protector y posesivo se activó al notar cómo Victoria se apresuraba a poner distancia entre ellos.

—Lo hiciste bien... por ahora —concedió Dante con voz grave, cruzándose de brazos mientras la observaba con intensidad—. El próximo encuentro será la semana que viene, en las mismas condiciones. Y te aseguro que iré ampliando el tiempo poco a poco, Victoria. No te hagas ilusiones de que me conformaré con una hora a la semana para siempre.

Victoria apretó los labios con furia contenida. Quiso responderle con alguna frase cortante, pero prefirió callar por el bien de Lucas, que comenzaba a frotarse los ojos con sueño. Sin despedirse con ninguna cortesía, dio media vuelta y salió del café a paso firme, flanqueada por la seguridad de saber que, al menos por ese día, había ganado la primera batalla.

Dante se quedó un momento más dentro del establecimiento, viendo cómo la silueta de Victoria y el bulto del niño se alejaban por la acera hasta perderse entre el tráfico de la tarde. Un sentimiento extraño, una mezcla de triunfo y una punzada de culpa que se negaba a admitir, le recorrió el cuerpo.

Pero esa efímera calma duró poco.

Apenas subió a su vehículo corporativo para regresar a la torre De Luca, su teléfono celular vibró con insistencia sobre la consola central. Era una llamada desde un número desconocido. Con el ceño fruncido y un mal presentimiento taladrándole las sienes, deslizó el dedo para responder.

—¿Diga? —espetó Dante con voz áspera.

—Qué rápido te olvidas de las personas que te salvaron el pellejo, Dante... o mejor dicho, qué rápido crees que puedes deshacerte de mí —la voz al otro lado de la línea era un susurro cargado de veneno puro y desquicio.

Era Camila.

Dante sintió que la sangre se le helaba y la mandíbula se le tensaba hasta el punto de doler.

—Camila —dijo su nombre como un gruñido—. Te advertí que no volvieras a llamarme. Si te atreves a cruzar otra vez la línea, te juro que no me importará destruir lo poco que le queda a tu familia.

Al otro lado del teléfono se escuchó una risa tétrica, hueca y escalofriante.

—¿Destruirme a mí? Tarde, Dante. Ya es demasiado tarde para amenazas —respondió Camila con una calma aterradores, disfrutando cada palabra—. Creíste que podías botarme como a un cachorro molesto después de todo lo que hice por ti, y peor aún, creíste que te ibas a ir muy feliz a jugar a la feliz familia con tu amada Victoria y ese bastardo.

El corazón de Dante dio un vuelco violento en su pecho. La palabra "bastardo" dirigida a su hijo encendió una furia asesina en su interior, pero lo que Camila dijo a continuación le congeló el aliento.

—Si yo no voy a disfrutar del imperio De Luca, te aseguro que nadie lo hará —continuó Camila con voz cantarina, casi eufórica—. Ya puse en marcha algo muy divertido. Digamos que la prensa, tus socios y la preciosa de Victoria van a enterarse de unos cuantos secretos muy jugosos sobre cómo lograste salvar tu empresa hace dos años. Disfruta tu tarde con el niño, Dante... porque se te acaba el tiempo.

BIP.

La llamada se cortó de golpe.

Dante apartó el teléfono de su oreja, con los ojos oscuros dilatados por la furia y una descarga de adrenalina pura recorriendo sus venas. No era una simple rabieta de una mujer des Pechada; Camila estaba completamente acorralada, y una serpiente herida siempre lanzaba su estocada más venenosa justo donde más dolía.

Y el blanco perfecto, el lugar donde su armadura era más frágil ahora, tenía nombre y apellido: Victoria y el pequeño Lucas.




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