Mi Exmarido Quiere a Nuestro Hijo

Capítulo 11: La trampa de los contratos y un golpe en la pantalla

La luz del sol apenas comenzaba a filtrarse por los imponentes ventanales del piso superior de la torre De Luca, proyectando sombras alargadas sobre el suelo de mármol. Dante estaba de pie frente al escritorio, revisando los informes financieros de la semana y con la mente todavía puesta en la escalofriante advertencia que Camila le había hecho por teléfono la tarde anterior. Sin embargo, no tuvo tiempo de profundizar en sus sospechas.

La puerta de su despacho se abrió de golpe con un estrépito que hizo temblar las bisagras.

Ernesto Morales, el padre de Camila y uno de los empresarios más influyentes del sector industrial, irrumpió en la sala con el rostro desencajado por la furia. A sus sesenta años, su figura seguía imponiendo respeto, pero en ese momento la elegancia de su traje de sastrería quedaba opacada por la vena que le latía con fuerza en la frente. Detrás de él, el asistente personal intentó disculparse con la mirada, pero Dante le hizo un gesto seco con la mano para que se retirara y cerrara la puerta.

—¿Se puede saber qué demonios te pasa, Dante? —estalló Ernesto sin guardar ninguna clase de protocolo, golpeando la superficie de caoba con la palma de la mano abierta—. Mi hija acaba de llamarme llorando, diciendo que rompiste el compromiso y que la echaste de tu vida como si no valiera nada.

Dante levantó la vista con una lentitud glacial. Su mandíbula se tensó hasta marcarse con rudeza, pero no se inmutó ante el arrebato del hombre mayor. Cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con una fría hostilidad.

—Lo que pasa, Ernesto, es que finalmente abrí los ojos —respondió Dante con voz baja, peligrosa y cortante—. Descubrí la hermosa red de mentiras que tu hija tejió junto con ella misma. Fue Camila quien inventó las pruebas falsas de infidelidad para destruir mi matrimonio con Victoria hace dos años. Y fue tu supuesto "rescate financiero" una maniobra calculada para acorralarme y obligarme a aceptar un compromiso que jamás habría querido de no haber estado en la ruina emocional y económica.

Ernesto parpadeó un par de veces, sorprendido por la crudeza de la acusación, pero lejos de mostrar arrepentimiento, su expresión se tornó aún más dura y cínica. Soltó una risa seca, negando con la cabeza.

—¿Y qué esperabas, muchacho? Los negocios son negocios —espetó Ernesto sin pizca de vergüenza, enderezándose con altivez—. ¿Acaso crees que te presté esa millonada solo por caridad cristiana? Salvé tu empresa de la bancarrota cuando estabas a punto de perderlo todo por tu propia incompetencia. El trato fue claro: el dinero a cambio del rescate corporativo... y la mano de mi hija para sellar la fusión de nuestras familias de por vida. El contrato firmado tiene validez legal, Dante. Y si decides romperlo unilateralmente, no solo te demandaré por incumplimiento y te quitaré hasta el último centavo que te presté, sino que haré que tus acciones se desplomen en la bolsa antes de que termine la semana.

El despacho se quedó sumido en un silencio sepulcral, cargado de una tensión irrespirable. Dante sintió que el aire se le quemaba en los pulmones y un sabor amargo le inundaba la boca. Se vio acorralado de la peor manera posible. Las palabras de Ernesto eran brutales, pero ciertas: el préstamo se había otorgado bajo cláusulas mercantiles y familiares muy específicas, y en el momento en que aceptó el dinero, había firmado un contrato que blindaba los intereses de los Morales. En su desesperación de hace dos años, cegado por el dolor y la rabia hacia Victoria, no se había detenido a leer las letras pequeñas que lo ataban de pies y manos a esa familia de buitres.

Si rompía el compromiso ahora por completo, Ernesto cumpliría su amenaza: destrucciones financieras, demandas masivas, juicios interminables que pondrían en riesgo todo lo que había construido... y lo peor de todo, un escándalo mediático monumental que interferiría directamente en su reciente y frágil intento por acercarse a su hijo Lucas.

Dante apretó los dientes con tanta fuerza que sintió crujir sus molares. Su orgullo masculino y su naturaleza dominante rugieron en su interior, odiando verse maniatado por un acuerdo de negocios. Pero era un hombre pragmático, y sabía cuándo una batalla estaba temporalmente perdida en el tablero.

—Eres un viejo zorro de los negocios, Ernesto... y tu hija sacó lo peor de ti —murmuró Dante con una voz helada, tan fría que helaría la sangre de cualquiera, mientras se ponía de pie y clavaba sus ojos oscuros en el patriarca—. Pero los contratos se cumplen, ¿no? Eso es lo que querías escuchar.

Ernesto ensanchó una sonrisa triunfante, creyendo haber ganado la partida. —Sabía que eras un hombre inteligente, Dante. Los negocios y el honor van de la mano.

—No hables de honor, porque no sabes lo que significa —lo cortó Dante con desprecio absoluto—. El compromiso sigue en pie. Nos casaremos. Pero te advierto una sola cosa, Ernesto: dile a tu hija que mantenga su lugar y que no vuelva a tantear mi paciencia, porque el día después de que ese maldito contrato pierda su validez legal con la boda, me encargaré de barrer el suelo con ustedes. Ahora... largo de mi oficina.

Sin atreverse a replicar la última amenaza debido a la oscura tormenta que brillaba en los ojos del CEO, Ernesto dio media vuelta y salió del despacho, dejando a Dante solo con su propia furia contenida.

Mientras tanto, a varios kilómetros de distancia, en la calidez del departamento luminoso de Palermo, Victoria disfrutaba de una tranquila tarde junto a su hijo. Lucas jugaba alegremente con sus bloques de madera en la alfombra de la sala, mientras de fondo la televisión transmitía las noticias del mediodía en un canal de farándula y economía. Victoria sostenía una taza de té tibio, respirando con una ligera sensación de paz tras haber conseguido controlar los términos de la visita de Dante para esa semana.

De pronto, la voz de la presentadora de noticias subió de tono, volviéndose más incisiva y capturando su atención de inmediato:




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