Mi Exmarido Quiere a Nuestro Hijo

Capítulo 12: Hielo y distancia

Había transcurrido una semana exacta desde el acuerdo inicial en el café. Los ecos de la noticia sobre el inminente matrimonio entre Dante De Luca y Camila Morales seguían resonando en las portadas de los diarios y en la mente de Victoria, convirtiendo cada segundo de esos días en una tortura silenciosa. A pesar de la profunda herida que aquello le había provocado, Victoria se había jurado no mostrar debilidad. No le daría el gusto a Dante de verla derrumbarse.

La cita de esa semana se programó en un parque arbolado de la zona norte, un espacio abierto y concurrido bajo la atenta y estricta supervisión de ella.

El sol de la tarde filtraba su luz entre las hojas de los árboles cuando Dante llegó puntual al punto de encuentro. Llevaba una camisa blanca de mangas largas con los primeros botones desabrochados y un pantalón casual, intentando proyectar una imagen accesible para el niño. Sin embargo, en cuanto Victoria lo vio aparecer a lo lejos, una coraza de hielo invadió cada célula de su cuerpo.

—Puntual —fue lo único que dijo Victoria con voz seca, sin saludarlo, sentada en un banco de madera desde donde vigilaba cada movimiento.

Dante se detuvo frente a ella, notando de inmediato el cambio radical en su actitud. La tregua frágil que habían alcanzado días atrás parecía haberse evaporado por completo, reemplazada por una hostilidad sorda. El magnate apretó ligeramente la mandíbula, pero decidió no confrontarla en ese momento, especialmente cuando sintió un pequeño tirón en la botamanga de su pantalón.

Abajo, el pequeño Lucas lo miraba con curiosidad, sosteniendo en la mano un autito de juguete y soltando un balbuceo alegre. Dante se agachó de inmediato, dibujando en su rostro una sonrisa genuina que rara vez mostraba al mundo exterior, y lo levantó en brazos con soltura. El niño, que ya comenzaba a familiarizarse con su presencia tras el encuentro anterior, le dio una palmada cariñosa en el hombro.

Durante los primeros veinte minutos, Dante se entretuvo caminando con Lucas por el césped, mostrándole las hojas de los árboles y riendo de las ocurrencias del pequeño. Victoria, por su parte, se mantuvo sentada en el banco. Apenas les dirigía la palabra; cada vez que Dante intentaba mirarla o hacer algún comentario, ella giraba la cabeza con deliberación, evadiendo por completo su contacto visual. El aire entre ellos era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo. La presencia constante de ese muro de desprecio empezaba a calar los nervios de Dante, recordándole además el peso insoportable de la noticia de su boda que, sin duda, ella ya conocía por la prensa.

De pronto, un destello de color brillante a lo lejos hizo que Victoria soltara un suspiro de alivio tan profundo que pareció sacarle un peso de diez toneladas del pecho.

Cruzando la calle, justo frente a una heladería artesanal con toldo a rayas, vio una silueta conocida. Era Mateo.

Sin pensarlo dos veces, viendo la oportunidad perfecta para escapar de la atmósfera asfixiante y de la mirada intensa de Dante, Victoria se puso de pie de un salto.

—Quédate con él. Vuelvo en un momento —le soltó a Dante con total frialdad, sin esperar a recibir su aprobación ni darle tiempo a responder.

Dante frunció el ceño con molestia, viendo cómo ella se alejaba casi a la carrera por el sendero de gravilla. Sus ojos oscuros se clavaron con recelo en la dirección a la que se dirigía Victoria, descubriendo a lo lejos a un hombre de aspecto amable que salía de la heladería con dos cucuruchos en la mano: Mateo.

Mientras tanto, Victoria caminaba con alivio hacia su amigo, dispuesta a refugiarse en su compañía y salvarse, aunque fuera por unos minutos, de la insoportable tensión que significaba estar a solas con el hombre que estaba a punto de casarse con otra.




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