Mi Exmarido Quiere a Nuestro Hijo

Capítulo 13: Confesiones al viento y un adiós con manitas

A pocos metros de allí, bajo la sombra de un roble centenario y aprovechando que Victoria se había alejado lo suficiente para charlar con Mateo junto a la heladería, Dante se quedó a solas con su hijo.

Sentado en el césped, con el pequeño Lucas explorando las pequeñas piedras y el pasto verde a su alrededor, el poderoso CEO suavizó por completo la postura rígida que solía mantener ante el mundo. Extendió los brazos para acomodar al niño sobre sus rodillas y, con una sonrisa nostálgica reflejada en la mirada, comenzó a hablarle en un susurro suave, casi como si le confiara el secreto mejor guardado de su alma.

—¿Sabes una cosa, pequeño travieso? —le dijo Dante a Lucas, acariciándole con ternura los rizos castaños mientras el niño jugaba distraído con el borde de su camisa—. Tu mamá me trae loquito desde siempre... Desde antes de que tú siquiera supieras que ibas a nacer. Me vuelve loco con ese carácter de hielo, con la forma en que me odia y me desafía sin miedo. Y ahora que la vida nos ha vuelto a reencontrar, te juro que eso no ha cambiado ni un poquito. Sigo cayendo redondito ante ella, por más que intente mantenerme firme.

Lucas, por supuesto, no entendía ni una sola palabra de aquella confesión de adultos. El niño se giró, parpadeó con sus grandes ojos oscuros y soltó un par de balbuceos ininteligibles, sacando una risa breve y genuina de los labios de Dante.

Viendo que tenía unos minutos libres y que Victoria seguía entretenida a lo lejos con el otro tipo, Dante sintió un impulso irrefrenable en el pecho. Quería escuchar algo específico. Quería ganar aunque sea una pequeña batalla en el corazón de su hijo.

Aprovechando la ausencia de la madre, Dante tomó las manitas del pequeño entre las suyas, lo giró para que lo mirara de frente y comenzó a enseñarle con paciencia infinita.

—A ver, campeón... Intenta decirlo conmigo —le pidió Dante, señalándose firmemente el pecho con un dedo y pronunciando la sílaba con claridad—. Pa-pá... Di papá.

Lucas inclinó la cabecita hacia un lado, analizando el rostro de su padre con curiosidad.

—Pa... —balbuceó el niño, soltando una risita traviesa sin llegar a completar la palabra exacta, mientras volvía a distraerse con un insecto en el pasto.

Dante soltó un suspiro enternecido, sintiendo que a pesar de que el pequeño aún llamaba "papá" por costumbre al abuelo Eduardo, ese pequeño intento suyo era el inicio de algo grande. Fue una escena sin duda tierna, un momento íntimo donde el hombre implacable de los negocios desaparecía por completo, dejando espacio únicamente al padre que intentaba ganarse el amor de su hijo.

El tiempo de la visita corrió con velocidad. Minutos después, a lo lejos, se vio la silueta de Victoria regresando con el paso apresurado y la distancia bien marcada.

Dante levantó al niño del césped con cuidado justo cuando Victoria llegaba a su lado. El contraste entre la ternura de hacía un segundo y la fría muralla que ella volvía a levantar fue inmediato.

—El tiempo se acabó —anunció Victoria de golpe, sin mirarlo a los ojos, evitando a toda costa cruzarse con su mirada oscura.

Comenzó a guardar con prisa los juguetes de Lucas dentro del bulto de lona que llevaba colgado al hombro, ignorando por completo la presencia de Dante.

—Lucas es un niño muy inteligente, ¿sabes? —intentó abrir conversación Dante, con un tono suave, buscando romper el hielo mientras le entregaba al pequeño con cuidado—. Estuvimos practicando hace un momento. Es increíble lo rápido que aprende.

Victoria ni siquiera se dignó a responderle. Con el rostro inexpresivo y los labios apretados, metió el último sonajero en el bulto, cerró el cierre con un movimiento seco y estiró los brazos para arrebatarle al niño de las manos.

—Ya nos tenemos que ir, Dante —fue lo único que dijo con voz cortante, dándose la media vuelta dispuesta a marchar hacia su edificio.

Dante se quedó de pie en medio del parque, viendo cómo ella se alejaba con esa armadura impenetrable. Sin embargo, antes de perderlos de vista entre los árboles, ocurrió algo inesperado.

El pequeño Lucas, sintiendo que se despedían del hombre que lo había estado entreteniendo, se giró sobre el hombro de su madre, miró fijamente a Dante y, imitando exactamente el gesto de despedida que su padre hacía con la mano, levantó su manita regordeta y la agitó en el aire con una sonrisa inocente.

Adiós.

Dante se quedó helado por un instante, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Le devolvió el gesto con una sonrisa lenta y silenciosa, sabiendo que, a pesar del odio de Victoria y de la tormenta que se avecinaba con su inminente matrimonio, ese pequeño lazo que acababa de tejer con su hijo ya nadie se lo iba a poder arrancar.




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