Mis días con el señor Perfecto

Capítulo 8

Lo mismo me sucedió hace unos años atrás cuando pensaba que la medicina era para mí, empecé a estudiarla y cuando me tocó ver como un accidente pasaba frente a mis ojos, un camión atropellando a una nena de 5 años, fue mi trauma, desde entones temo de esto, siempre termino desmayada.

Soy hija única de una familia promedio, nunca nos faltó nada y nunca nos sobró, la vida era justa, ni tan mala que no me encaje ni tan buena para disfrutarla.

Todo lo que tengo lo administro de la forma correcta, en mi plan futuro no quiero novios ni parejas, no puedo pensar en eso, yo solo debo seguir así, como soy, soltera y todo, eso de enamorados no es para mí.

Decidí estudiar diseño y descubrí que esa era mi verdadera pasión.

El primer día de trabajo, tuve un accidente, cuando vi la sangre caer de mi cabeza, todo mi mundo se desplomó, sentí que la vida se marchaba con cada gota derramada, odio ver sangre.

¿Cómo me hago cuando tengo el período? Sencillo, termino en un hospital. No porque quiero, si no por múltiples razones de las cuales me gustaría omitir.

*

*

— ¿Cómo te encuentras?— Preguntó Egmont cuando abrí mis ojos.

¡Demonios...! ¿Por qué Egmont se ve tan sexy hoy?

— ¿Cómo crees tú que debería de sentirme?— Pregunté.

Me paré rápidamente y todo el peso se fue a mi cabeza, haciéndome tambalear, Egmont tuvo que sostenerme, ya que no podía estar en pie sola.

— Todo te pasa por salvaje. — Me recriminó. — Y por dejar cosas regadas en tu cuarto, encontré tu sostén en el frigorífico, ¡¿A caso estás loca?!— Gritó. Me sonrojé. — ¡Encontré tu ropa interior dentro en el lavador de platos!— Se exaltó, haciéndome sonrojar aun más.

— Sígueme fastidiando, te patearé por donde más te duela. — Amenacé.

— Aun cuando ni puedes mantenerte en pie amenazas. — Susurró él muy bajito.

— Además...— Empecé a decir con pucheros. — Juraba que esa era el electrodoméstico.

Largó un gran suspiro.

Me sentó en la camilla y colocó mis zapatos en mis pies, parece que me lo quitaron.

— ¿Te sientes mejor? ¿Puedes caminar?— Preguntó amargadamente, pero cuando miré sus ojos, sentí que iba a derretirme, no me había dado cuenta que los narcisistas de Ana eran tan lindos.

Negué y él se agachó.

— ¿Qué haces?— Pregunté.

— Te llevaré, estoy exhausto, vamos antes de que nieve más. — Antes se paró y me colocó su abrigo. — Sube. — Dijo cuando volvió a agacharse.

Subí sobre él.

— Mejor no, debo pesar mucho. — Le indiqué.

— No pesas, coloca tus brazos en mi cuello, no vaya a ser que te caigas. — Advirtió.

Hice lo que dijo y abracé mis brazos a su cuello.

Todo el camino a su casa la pasé embobada, no sé cómo no se dio cuenta que le tenía la ropa llena de babas.

Maldito señor perfecto... tenías razón al decirme que debía dejar todo ordenado...



Nicole DB

Editado: 26.10.2020

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