No me odies #5

Capítulo 16

Presente

Después de muchos días sin ir a la consulta, casi semanas, iba. Se imaginaba que estaba recuperado por la nota que recibió, diciéndole que regresaría a la consulta al día siguiente. Aunque trató no mostrar lo ansiosa que estaba, sus gestos fueron apresurados cuando abrió la puerta (sí, con la llave). Parecía ser que  el hecho de haberle curado, había tenido una pequeña recompensa. Junto con la nota, le había dado una copia de la llave.  Al verla se alegró como una niña. La llave le hacía suponer que era un paso adelante hacia una relación cordial. Eso pensó hasta que una jarra de agua fría le cayó en la cabeza. No fue literal. No había ninguna jarra que le cayese encima. Delante de ella, había una mujer que besaba a Charles. Este no hacía nada para apartarla.

La imagen hizo que la vista se volviera roja y se encendiera de pura rabia como un volcán a punto de erupcionar. 

¡Era suficiente!

Retrocedió  y dio un portazo con todas las fuerzas que hizo temblar las paredes.

Sin preocuparse del fuerte golpe que había dado,  caminó. Podría irse a casa, pero no le apetecía estar en las cuatro paredes rumiando de rabia. En su cabeza, no paraba las pequeñas vocecitas distintas que había en su mente. 

Encima, la mujer iba ligera de ropa.

¡Él besándola!

Ojalá hubiese sido ella.

¡Lo quería ahogar con sus manos! 

¡Era tan ilusa!

Gritó de rabia y dio una patada contra el suelo. Ignoró a las personas de su alrededor que se apartaron creyendo que estaba loca. 

¿Cuándo iba darse cuenta de que él nunca se fijaría en ella?

La rabia dejó paso a la tristeza. No podía hacer nada. Había sido una tonta desde que sus ojos se posaron en él. Hubiera deseado estar ciega. Alzó la mirada apesadumbrada. 

¿Qué podía hacer?

Enfrente de ella había una taberna. Antes de decidir lo que iba a hacer, sus pies tomaron la decisión y se adelantaron. Entró en el local que estaba casi vacío. Nadie la iba a buscar, así que estaría un buen rato ahí mismo. Desahogaría sus penas, quizás, ¿con alcohol?

***

Charles no se había esperado que la respuesta de la prostituta que le había revisado a ver si estaba enferma, era besarlo,  así sin previo aviso. Aunque le agradó el beso, no era el lugar ni el momento adecuado para satisfacer sus deseos. 

Fue entonces cuando escuchó el portazo.

Con cuidado y tacto, se apartó. No quería herir los sentimientos de la mujer. Miró hacia el lugar, se extrañó al no ver a nadie. Solo podía ser Joyce o la señorita Dawson.

  — ¿No le ha gustado mi beso? — preguntó con un mohín la mujer.

— No es ese el problema, señorita — era joven, a pesar de lo que le había dicho, se encontraba de lo más saludable — . Es porque debo seguir trabajando y no es el buen momento.

— ¡Que bonachón es usted, doctor! Pero no veo a nadie por aquí.

Tenía razón, hoy era uno de esos días que no había muchos pacientes.  

  — Pronto llegarán, por favor — su padre le había enseñado ser educado con las damas, y con ella trataba de serlo aunque se le pegaba como una lapa.

Menos mal que la señora Joyce entró salvándole del aprieto que se encontraba.

— ¡Señor Caruso! — el grito de su enfermera no fue diferente —. No sabía que estaba con una amiga.

La prostituta sonrió y le dio un pellizco en la mejilla.

— Le dejaré. Pero ya sabe donde me puede buscar. ¡Gracias por todo! — le guiñó el ojo antes de irse afuera y mirando con altanería a la señora Joyce, que se quedó patidifusa con el descaro de la mujer.

— Señora Joyce ...

— No me diga nada, sir. Con su vida puede hacer lo que quiera — alzó las manos como si no quisiera escucharlo.

Se metió en la consulta.

Él movió la cabeza y se percató de la silla vacía que había detrás de la mesa. Se echó una mano al rostro al llegar la conclusión quién había abierto la puerta y visto el percal había sido la señorita Rawson. 

Quizás, al verlo ocupado, pensó en regresar más tarde. No pudo evitar que cierto sonrojo se tiñera en sus mejillas. La próxima vez tendría que ser más precavido. Sin embargo, dos horas después, ella no volvió a aparecer. 

  — Señora Joyce, puede marcharse — dijo al dejar la bata colgando en la percha —. No hay más pacientes que atender.

— Hasta mañana, sir — se fue corriendo como si aún la escena de esa mañana siguiera presente en su cabeza.  

  — Muy bien, Charles. Eres un experto en escandalizar a las damas — se dijo a sí mismo —. Veamos donde puede estar Rawson. 




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